La dulce y empalagosa melodía del amor
En la anécdota, un veterano cantante pop venido a menos (Hugh Grant) debe entregar una canción contra reloj para el último corte de una estrella -una especie de Britney Spears o Madonna teenager ecologista- y así revitalizar su alicaída carrera. Sin mayor inspiración y bastante desesperado, aprovecha la chispa de una joven algo despistada (Drew Barrymore) para elaborar un tema y salir adelante.
Obviamente, el romance también va a estar a la orden del día, entre canción y canción, en un juego previsible que, sin embargo, no logra mayor efecto en una platea sometida al riesgo crítico del aburrimiento.
Es que, descontando algún chiste verbal o retruécano, el largometraje no ofrece auténticas oportunidades para la sonrisa. No hay situaciones jocosas ni personajes (secundarios o centrales) que otorguen un soplo de comicidad en medio de la narración. El caso de Hugh Grant puede ser el ejemplo más notorio de esa falta de fibra a la hora de componer su rol mientras Drew Barrymore ensaya un perfil algo más alocado que tampoco logra despegarse de una chatura generalizada.
Lo peor, a pesar de todo, puede estar en la música edulcorada que contamina la pantalla; ese típico sonido de plástico de las sentimental songs que pasaban en Impactos por las décadas del 70/80 y que, en este caso, se repiten desde el comienzo hasta el fin de la película. (Si por esas casualidades la idea era marcar una guiñada cómplice con respecto a este tipo de tonadas simplonas, lo que se logra es un verdadero hartazgo por parte del espectador).
Sin lugar a dudas, hacer reír debe ser uno de los propósitos más difíciles de llevar a cabo y se necesita algo más que una idea aislada para llegar a buen puerto. También se hace necesario, a juicio de quien suscribe, alguna novedad, «incorrección política», transgresión y/o imaginería. Se necesita un afilado sentido del humor y la capacidad de transmitir gracia en cualquier hecho cotidiano, algo que el cineasta Marc Lawrence, guionista y director del filme, no parece poseer en grandes cantidades.
No alcanza con refritar clisés y apostar a la inercia. Probablemente el mayor pecado de «Letra y música» es que se conforma, desde el vamos, con un rendimiento más o menos aceptable del producto. Una meta bastante pobre que condena al largometraje a una mediocridad plomiza y somnolienta. Y no hablemos de Hugh Grant cantante en play back. Vade retro. P.D: En el pressbook de la producción se informa que «la banda original de la película está disponible a través de Warner Sunset/Atlantic Records». Tengan cuidado, no vaya a ser que también se claven con el CD. *
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