Audacia innovadora en el Centro Cultural de España
La exposición Espejito… ¿Quién es la más bella?, inaugurada el jueves pasado, es un proyecto curatorial de Soledad Capurro que adquiere, por la inteligencia de su planteo y la sensibilidad de su resolución, un carácter museístico. Permanecerá apenas dos meses pero debería incorporarse al Museo Nacional de Arte Decorativo del Palacio Taranco de manera permanente. Pocas veces el espectador tiene ocasión, en cualquier país sea del primer o tercer mundo, de encontrar una demostración tan rotunda sobre los ideales de belleza de la mujer en cuatro períodos de cambios decisivos de su imagen social.
Dos muestras recientes en Buenos Aires, sobre la moda antropológica (Malba) y cuerpos diseñados (Centro Cultural Recoleta) incursionaron por la moda femenina con felices resultados pero el guión curatorial de Soledad Capurro y el montaje de elementos de excepcional calidad histórica, infrecuente por estas latitudes, sitúan a Espejito… ¿Quién es la más bella? como uno de los acontecimientos de la temporada que quedará registrado en la memoria colectiva por muchos años. Salir de la rutina, esquivar las convenciones, remover los hábitos canónicos de galerías y espacios culturales montevideanos no es fácil. Menos aún recibir el apoyo institucional del prestigioso CCE que afirma así, su voluntad de marcar caminos propios e inéditos.
Los antecedentes y la experiencia de Soledad Capurro suscitaron, desde el anuncio de la inauguración, legítimas expectativas que fueron no sólo cumplidas sino superadas por una imaginación poco frecuente. Es como ver un minimuseo de la moda en impecable presentación. Pero además, al sintetizar con agudeza la formación cultural del ideal de belleza femenina al localizarla en cuatro períodos: 1850-1900, 1920, 1950 y la época actual, la curadora revela conocimientos muy sólidos del tema y además, y aquí está el criterio más audaz, proyecta una mirada masculina sobre la mujer representada en los espejos. Todavía, hay una tercera idea que desenvuelve la muestra al poner en evidencia el pasaje de las constricciones externas del cuerpo (corsé, crinolinas, polizones y miriñaques) a las constricciones internas más recientes (prótesis, cirurgía, inyecciones, tratamientos diversos).
Siempre la violencia sobre el cuerpo, proveniente del exterior (la inolvidable Scarlet O´ Hara -Vivien Leigh tiene una escena memorable en Lo que el viento se llevó) por imposición de un canon de belleza para satisfacer la mirada masculina. Hay un doble juego de imposición buscada y aceptada contra el propio cuerpo para halagar y conquistar al Otro. Que no es privativo de la mujer, por supuesto. El varón también lo practica aunque con menos repercusión mediática.
Para elaborar un recorrido de más de un siglo, centrado en puntos de inflexión importantes, Soledad Capurro hurgó en territorios poco explorados, en cajas guardadas en el Cabildo de Montevideo y en colecciones de familias montevideanas. Descubrió trajes que, convenientemente restaurados, evocan el tiempo que fue en tres hermosos trajes epocales donde el cuerpo es modelado como una escultura móvil a la manera de la Carlota Ferreira de Blanes, registrada en un panel por la versión fotográfica del retrato de Manolita Rosas por Prilidiano Pueyrredón, ambos referentes inevitables de la pintura rioplatense.
Los años veinte, luego de la Primera Guerra Mundial, encuentran a la mujer liberada de las tradicionales ataduras y asumiendo nuevas costumbres en la incipiente sociedad de consumo, aplastando, inmisericorde, el pecho hasta convertir el cuerpo en una tabla (anticipo de Twiggy), adoptando el corte de pelo a la garçon, acortando las polleras, usando pantalones en la vida al aire libre y deportiva, osando fumar y beber en público. En los años cincuenta se impone Christian Dior y la cintura avispa (memorablemente caricaturizada por Divito) y amplias faldas de hasta 14 metros y zapatos de tacos aguja que hoy vuelven a usar (en parte representada por Marilyn Monroe en otra memorable escena de Bus Stop). Remata el recorrido con el nuevo milenio y el cuerpo a pedido o la prótesis interior.
El acierto de la exposición está en la formidable síntesis, no exenta de sentido crítico, que consigue entre elementos disímiles (trajes, objetos, espejos, fotografías, leyendas breves y concisas) y el clima reflexivo y evocador de cuerpos y vestuarios mutantes de la mujer en el último siglo y medio.
Dos colectivas de artistas mujeres
El Día de la Mujer (en Uruguay, como el Carnaval o el Patrimonio siempre se alargan) pretextó dos exposiciones colectivas. En el Atrio Municipal, la Secretaría de la Mujer estructuró una densísima actividad por diferentes lugares (un poco estropeadas por las medidas de seguridad de la visita de Bush que alteró el ritmo normal de la ciudad) que se incluyen en el catálogo Del Taller al Atrio, con curadoría de Alicia Haber. Si, como se afirma, la idea inicial fue presentar tres talleres y permitir un recorrido por ellos, en vez de extender hacia una muestra colectiva de once artistas mujeres, sin duda de interés, mucho se perdió en ese tránsito hacia algo más convencional. Ya el Atrio del Palacio Municipal, zona de pasaje, no es el más adecuado para exhibiciones, como lo demuestra los magros resultados obtenidos a lo largo de muchos años. El montaje no supo valorizar algunas obras (la instalación parietal de Patricia Bentancur debió estar cercana a Analía Sandleris para establecer contrapunto y no ser devorada por la instalación de Beatriz Battione), tres creadoras de gran nivel junto a la mejor y más potente en su renovada tendencia conceptual, de Raquel Bessio que, con sencillos elementos (cajas con escudos de diferentes países), alude al aislamiento y la incomunicación entre los pueblos. Las demás participantes, irregulares en sus envíos aunque manteniendo el sello que las singulariza (menos la escultora María Minetti en una instalación no siempre bien elaborada) complementan el envío.
Ocho mujeres en el Espacio Cultural Banco República carece de sentido en su confusa selección de ineptitudes varias, donde se pueden rescatar los sensibles dibujos de Raquel Barboza, la nobleza de la orfebrería de Rosa Barragán y la sutileza de los minitapices de Olga Dominzaín, mientras Sara Pacheco, que tiene mejor, demuestra escasa convicción en su obra.
Acumulaciones de Cuca Richero
La trayectoria de Cuca Richero indica una consolidación de sus inquietudes expresivas. Acumulaciones, en el Instituto Goethe, demuestra el afinado despojamiento a que la condujo la paciente investigación con materiales frágiles y perecederos, obediente a una estética del taller de Nelson Ramos, al que concurrió en los últimos años. A la manera de Daniel Gallo, vinculado al mismo maestro fallecido, que también habitó la sala el año pasado, Cuca Richero apela a dos vertientes expresivas unidas por una misma intensidad operativa: pequeñas torres de papel impreso o cartón guillotinado de 11×11 cm. que establecen una relación visual y conceptual con los cuadros pintados, superficies recorridas por líneas sucesivas como si fueran lados de las torres. Composiciones que imponen la horizontalidad de la lectura, aprisionando contenidos ocultos, sumergidos, restos de un naufragio cultural y social que como escribe con lucidez la artista (una virtud que debiera ser imitada por sus colegas sin depender de textos ajenos) en el catálogo: «Las obras no terminan en sí mismas, en su expresión visual y tangible, pues cada resto lleva implícito un recuerdo o un registro. Noticias del país y del mundo, información local e internacional.» Un clima de sosiego tenso, de apacible acechanza ante algo inminente y desconocido campea por Acumulaciones, de inquietantes alusiones e interpretaciones en su aséptica, pulcra presentación.
Revelación de un pintor
Sin comunicados a la prensa y el único registro en el boletín mensual de Cinemateca Urug
uaya, Alejandro Muguerza (Montevideo, 1969) expone en la sala de Carnelli pinturas agrupadas bajo el título Hechos cotidianos. Es la primera unipersonal que realiza después de recorrer contactos con Diego Píriz, Facultad de Arquitectura, el diseño industrial y la artesanía (lámparas) que sigue practicando como medio de subsistencia. Su pintura, fechada entre 2005 y 2007, evidencia a un creador alejado de los antecedentes mencionados por su dominio del óleo pastel, íntimamente elaborado con pincel, espátula o la mano, de rica expresividad en planos de colores de tonalidades variadas, intensas, de límites irregulares (a la manera de Rothko) en pequeñas dimensiones, o el encuentro de tres planos que se interceptan, sobreponiendo, en varios casos, la sutileza de un dibujo que puede transformarse en delicados signos figurativos (bicicletas, bancos, árboles, hombres, barcas, aviones diminutos) que agregan elementos referenciales de la realidad exterior del propio artista, nacido y crecido en Shangrilá, donde el transporte habitual es la bicicleta. En algún caso aislado introduce el collage con virtuosismo integrador pero son las secuencias pictóricas (una serie de cuatro muy pequeñas) demostrativas de un talento revelado y a tener en cuenta.
Pintor italiano menor
En un país que generó en el siglo pasado una generación importante de creadores (Alberto Burri, Morandi, Vedova, Santomaso, Piero Dorazio, Fontana, Scanavino, para citar algunos notables independientes de los futuristas y metafísicos que los antecedieron, exportar a Mino Maccari (1898-1989), un artista secundario y menor, de estricto consumo interno (y aún así de dudosa aceptación peninsular) con una retrospectiva de 170 obras, parece descolocado de la realidad estética actual.
De formación sólida y convencional, Maccari transita por la pintura figurativa académica, con dibujos escolares de los años veinte, para seguir por una veta de fácil aceptación popular, con sus dosis de picardía. La retrospectiva, denominada Sátira y ternura, es una desmesura en cuadros de pequeño formato que induce al aburrimiento o a una contemplación distraída.
En momentos aislados emerge, en una veintena de trabajos, que resumirían su moderado interés, se advierte una personalidad convincente con talante crítico de aspectos de la sociedad, de suave impostación expresionista.
En el catálogo, un texto fechado en 1970 de Italo Cremona, arremete contra «la actual epidemia no figurativa» y «la plaga geométrica», en una posición cercana a los reaccionarios criterios totalitarios dominantes en Italia, Alemania y la URSS, durante varios decenios. En el Centro Municipal de Exposiciones. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad