"CARTAS DESDE IWO JIMA": UN ALEGATO ANTIBELICISTA QUE DISCURRE ENTRE LA POETICA DE LA TRAGEDIA Y LA REFLEXION

Memorias de una hecatombe anunciada

Esa auténtica epidemia planetaria que conoció numerosos episodios de tragedia durante el pasado siglo XX, adquirió contemporáneamente un renovado dramatismo.

Las invasiones perpetradas contra Afganistán e Irak que arrasaron soberanías nacionales y quebrantaron las normas de convivencia de la comunidad internacional, constituyen contundentes pruebas del espíritu que anima al gendarme unipolar.

Ambas experiencias bélicas resultaron en sendos baños de sangre inocente, flagrantes violaciones de los derechos humanos y paisajes de agobiante desolación.

La violencia global instalada en el presente no es un mero efecto residual de las contiendas hegemónicas del pasado, sino una nueva dimensión de la prepotencia.

En la primera mitad del siglo pasado, la Segunda Guerra Mundial se transformó en una suerte de hecatombe, con millones de víctimas fatales, desaparecidos, mutilados y refugiados.

El cine ha recreado numerosos episodios de esta histórica conflagración, aunque ­en la mayoría de los casos- los abordajes fueron sesgados, complacientes y epidérmicos.

En efecto, el discurso dominante y exacerbadamente triunfalista que inspiró a la gran industria cinematográfica, casi siempre ignoró el trasfondo humano de la tragedia, asumiendo una visión deliberadamente maniqueísta y divorciada de la verdad.

Obviamente, las grandes compañías siempre priorizaron el ángulo más comercial del tema, soslayando deliberadamente los entretelones del conflicto y sus graves consecuencias.

De la reciente producción del género bélico, cabe destacar La delgada línea roja, del realizador Terence Malick, un título referente que demuele con los convencionalismos y aporta una mirada profundamente reflexiva sobre el drama de la guerra.

En Cartas desde Iwo Jima, el aclamado realizador norteamericano Clint Eastwood ensaya una visión absolutamente cruda y desencantada sobre un episodio crucial de la guerra entre Estados Unidos y Japón, en el cual perdieron la vida 7.000 norteamericanos y más de 20.000 japoneses.

El filme, que integra un extenso díptico con La conquista del honor, apunta a humanizar a los combatientes nipones que lucharon hasta la muerte para detener la ofensiva aliada.

Mientras La conquista del honor narra la historia de los tres soldados norteamericanos que izaron la bandera de su país en el monte Saribuchi, esta película ­que es quizás más intimista- le otorga voz y rostro a algunos de los japoneses que desde sus trincheras padecieron el terrible asedio.

La virtud de la obra es su extrema sobriedad, que desestima los aspectos más escabrosos del genocidio, sin minimizar la intensidad y los decibeles dramáticos de lo sucedido.

Trabajando sobre un texto de la guionista nipo – norteamericana Iris Yamashita, Eastwood exhibe su indudable sabiduría cinematográfica, al construir un paisaje que mixtura las insulares bellezas naturales con una agobiante desolación.

Mediante un tenso pulso narrativo, el realizador va pautando las emociones humanas sometidas a una situación límite, así como los dilemas morales de los combatientes que aguardan el momento de la muerte.

Si bien buena parte del relato reposa en la figura del general Tadamichi Kuribayashi (Wen Watanabe), que tuvo a su cargo la organización de la defensa de la isla, hay otros personajes que también aportan una superlativa cuota de humanidad a la historia.

Sin emitir inconvenientes juicios de valor, Eastwood reflexiona sobre el patriotismo, recurrente fuente de exacerbación y paranoias colectivas.

El filme interpela a la historia, logrando transmitir todo el miedo experimentado por un grupo de hombres que jamás renunciaron a la esperanza de vivir y emerger de la apocalíptica pesadilla de una guerra no deseada.

Apuntando a la recreación de la verdad histórica, la obra corrobora que los conflictos bélicos que casi siempre se engendran en los despachos de gobernantes o diplomáticos, se transforman, en el campo de batalla, en tragedias colectivas de devastadoras consecuencias.

Al igual que en La conquista del honor, tampoco en Cartas desde Iwo Jima hay héroes de estatura mitológica, como solía suceder en el cine bélico comercial de la mejor tradición hollywoodense.

En este caso, todos los personajes de la historia son víctimas de una despiadada ecuación de causalidad y el único acto de heroísmo es sobrevivir.

Las misivas a las que refiere el título del filme asumen una dimensión simbólica, que aborda la reconstrucción de la memoria y otorga identidad a los protagonistas de una guerra ciega y sorda al dolor colectivo.

Cartas desde Iwo Yima, que insólitamente fue virtualmente ignorado en la ceremonia de entrega de los premios Oscar, es un removedor alegato antibelicista que ensaya una aguda y sensible mirada sobre la condición humana.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje