Tío con sobrinos cambiados
Hace muchos años que Monte Carlo Canal 4 logra la exclusividad en canales abiertos para la retransmisión de la ceremonia de los Premios Oscar, los más populares dentro de la industria cinematográfica. En casi todo ese tiempo los esfuerzos quedaban en manos de la experiencia de Alvaro Sanjurjo Toucon, crítico desde siempre, y Arthur Martin, alguien vinculado a espectáculos pero sin mayores relieves para estas emisiones.
El 2007 fue año de cambios totales. El primero fue montar una especie de festichola con alfombra roja en la entrada a la sala de teatro del Movie Center del Montevideo Shopping. Muchos invitados. Casi todos desconocidos salvo algunos que tienen presencia televisiva. De los ignorados, algunos obtuvieron una especial referencia por mostrar ciertos vestidos diseñados por modistas uruguayas, como si fueran Armani, Versace o algún otro gigante de la moda. De los conocidos se veía pasear con insistencia frente a cámaras a algún crítico de otro canal, para probar que allí estaba. O periodistas del canal anfitrión eran el fuerte de interés.
El resto, reiteramos, sería gente de agencias de publicidad o amigos de amigos del canal.
Esa previa pudo ser muy divertida para los presentes, no para los televidentes.
Luego vino la otra sorpresa. A Arthur Martin le habían quitado la alfombra en 2006. Pero cuando llegó el momento de encontrarnos con el crítico Sanjurjo Toucon lo mostraron presentando no se sabe qué o explicando que no estaría, quizás, tal vez, podía ser. Lo cierto es que el operativo recambio dejó a Alvaro en medio de una de las alas del teatro recibiendo una especie de plato honorífico, como conductor y salvador de tantos años, tomándolo algo desprevenido porque llegaron desde atrás, no de frente sino de espaldas, y quiso decir algunas palabras, quizás de agradecimiento, que no se oyeron porque los productores, quizás, no querrían que dijera nada. Lo cierto es que parece que nunca supo cuál fue la razón de su desaparición ya que se enteró indirectamente de esa ausencia forzada y nadie le explicó si era por su veteranía y porque convenía que gente nueva diera otro color al show.
Cuando comenzó lo que importaba, o sea la emisión en directo del Oscar, aparecieron tres figuras nuevas. Gonzalo Sobral, que es un comunicador de larga data, siempre vinculado al cine y que es director del suplemento Sábado Show y tiene pasta y horas suficientes para ser periodista ya que también dirige un programa en CX14. El segundo crítico fue Wilmar Umpiérrez, un muchacho muy joven que tiene como sostén ser periodista en El Espectador y allí comentar cine y que dio la impresión de no estar muy a gusto en ese papel. Y como tercer debutante, un animador que ofició de conductor, Pablo Acuña. Ahí le conocimos. También muy joven, con buena voz. Eso no basta, por supuesto. Hay que tener nociones de los tiempos, no repetir preguntas a los críticos sobre «¿Cuál podía ser la razón por la que fulano y mengano habían recibido la estatuilla a la mejor edición?» o cuestiones por el estilo, como para dejar en blanco a sus compañeros de trabajo. Y además con un error que no debe dejar pasarse cuando se supone que estamos ante un programa bien armado, bien cuidado. Al referirse al anglicismo «performance», que suele usarse como tal pero que tiene sustítuto español, repitió con total desenfado la expresión «performán», así a secas, en un estilo que se compara al de los relatores futboleros que siempre incluyen «autbal», «ofsay», o el triste «fischur» en lugar de decir «calendario o programa de partidos».
Hubo mucha participación desde el escenario y ello llevó a que largos tramos de lo que decía la conductora Ellen DeGeneres, en el Teatro Kodak sobre lo que allá acontecía por acá ni se adivinaba, ya que no dejaban escuchar a una intérprete- traductora bastante aceptable.
Vale señalar que en el balance de la ceremonia siempre ocurre la falla y esto es de los propios estadounidenses de las omisiones de sobreimprimir los nombres o los títulos de las películas recordadas, en un olvido tremendo ya que la están viendo casi mil millones de televidentes. No hay razón para que no se aclare quién es quién en primeros planos y sólo algunos, los más baqueteados suelen reconocerse. Pero, sumando y restando, fue un espectáculo mejor que el del año pasado, con un destaque especial a ese coro que con sus voces animaba distintos sonidos o a los malabaristas jugando a contraluz.
Por acá, las malas lenguas contaron que el teatro se llenó con esos amantes del cine pero que apenas llegó el primer corte, de unos 500 o 600 quedaron en sala apenas unos 50. Todos los demás salieron corriendo hacia afuera, algún sarcástico diría famélicos o ya satisfechos de su yoísmo, para poder engullir saladitos, sandwichitos y tomarse algo. Y no volvieron ni siquiera al final, o sea terminaron con lo comestible y lo bebible y ellos también finalizaron su presencia. No se les extrañó. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad