Mitos, historia y leyenda en "Puertoluna"
Aparte de los antecedentes notorios del ‘happening’, la puesta en escena de «Macbeth» por Alvaro Ahunchain en 1986, por ejemplo, sería, sin saberlo y con mejores títulos que Minotauros, «teatro instalación»; y no digamos nada de las experiencias de Mariana Percovich (Juegos de damas crueles, Alicia underground y Cenizas en mi corazón) o de Ruben Coletto (Apocalipsis: Jesucristo, el hijo bastardo de Dios). Sin salir de Puertoluna, la obra anterior de Rehermann, Congreso de sexología (1999), que no recordamos se haya autodefinido como «teatro instalación» también forzaba a atravesar un pasadizo para ingresar a la sala.
El laberinto o la instalación es en Minotauros, un conjunto de redes que envuelven y desorientan los accesos; la relación del laberinto con la historia del Minotauro es muy clara, pero no creemos que la elemental construcción que vimos sea suficiente para implicar una obra autónoma de arte plástico ni, menos aún, los inicios de un nuevo género artístico.
El autor realiza un entrelazamiento de dos historias muy conocidas que se cuentan mediante la fragmentación y mezcla de sus episodios. Se cuentan la historia de Abelardo y Eloísa y el mito griego del Minotauro, desde la seducción del toro sagrado por Pasifaé, auxiliada por el ingenioso Dédalo, con el nacimiento del Minotauro y su muerte final a manos de Teseo con el auxilio del hilo de Ariadna. Esta segunda historia se cuenta en dos planos: uno es el escenario visible, generalmente en su parte posterior, otro un escenario del que sólo se nos ofrecen sombras proyectadas en una pantalla. Un tercer plano aparece en la primera escena: hay varios jóvenes que el programa define como «prisioneros atenienses», futuras víctimas del Minotauro, arrastrándose contra una pared que intentan trepar, y que entendemos como un episodio más del mismo mito.
Escapan a nuestra comprensión tanto el vínculo de las dos historias, unidas formalmente por el plural de Minotauros como la necesidad de tanta complicación. Abelardo y Eloísa discuten el tema del Minotauro, su nacimiento y muerte; más tarde, entre dos episodios de sus amores, dos figuras misteriosas dibujan un laberinto en el piso.
Estas referencias no nos permiten descifrar el enigma, ni salir –faltos de la ayuda de Ariadna– del laberinto que propone el autor. No hay hilo conductor que nos devuelva al mundo comprensible, analogías o metáforas. Tal como fueron contadas, las historias no concurren a una única emoción estética y sí un efecto de desconcierto, como si propusieran un gigantesco signo de interrogación.
Si la idea general es oscura, las historias, en cambio, son muy claras. Es verdad que no aportan elementos originales: hay una notable erudición, no un reexamen de la leyenda o el mito; no hay nuevas interpretaciones o variantes. La obra está generalmente muy bien escrita, raro mérito en una época donde el texto frangollado parece de rigor, con un libreto excesivo, aunque siempre con interés y nunca redundante, retórico o verboso. No incurriremos en el lugar común de decir que es «demasiado largo», porque a pesar de su extensión no aburre ni abruma, ni hay nada que evidencie sobrar.
Las historias son generalmente narradas por los agonistas y no vividas en escena, lo que produce un efecto estático; ello con la notable excepción de la escena de las correcciones, entre disciplinarias y eróticas, que propina Abelardo a Eloísa, escena reminiscente de la célebre escena de Paolo y Francesca y que debiendo tener una gran carga emotiva, fue de las más deslucidas del espectáculo.
El texto suele ser bello y hasta dotado de un sentido dramático en la narración, como, por ejemplo, en el relato, hecho como quien cuenta un sueño desde un sueño, que hace Eloísa en la primera escena de las expediciones nocturnas de Abelardo hacia sus brazos. En cambio, las glosas de los amantes sobre la historia del Minotauro y su posterior discusión, que tiene finas y hasta eruditas observaciones, así como el repaso final de Abelardo sobre la persona de Eloísa, su propia vida y varias cosas más, no inciden en la acción y, sin llegar a constituirse en tiempos muertos, se diluyen rápidamente.
El estilo de Rehermann es enérgico y conciso; casi siempre elegante y nunca vulgar; el autor tiene una afinidad especial por la imaginación y por los climas, atmósferas y ambientes, que evoca en virtuoso.
La puesta en escena (Sandra Massera) ha tratado de seguir de cerca el complejo libreto. Posiblemente por limitaciones de la sala de Puertoluna, la división del escenario para las dos secuencias narrativas tuvo como consecuencia que la iluminación del segundo tramo (destinado a la historia del Minotauro) quedó en una semipenumbra que no creemos sea requerida por el libreto.
A diversos personajes (como a Ariadna) se les asignaron movimientos y posiciones forzadas, que al principio atraen como novedad pero que cansan a la larga. En la interpretación debe destacarse, en un primer plano, a Lila García (Eloísa), toda gracia, convicción y fuerza; luego a la directora, Sandra Massera, y a Roberto Foliatti. Marcel García, como Abelardo, no pareció dentro de su personaje, como si no pudiera manifestarlo, aunque estuvo acertado en dicción y gestos.
Minotauros, teatro instalación, de Carlos Rehermann. Con Lila García, Marcel García, Sandra Massera, Roberto Foliatti, Glinca Belbey, Sandra Galeano y Fernando Aguiar. Vestuario de Larisa Erganián, iluminación de María Garrido, laberinto de María Inés González y Federico Hoeninghaus, puesta en escena y dirección general de Sandra Massera. En Puertoluna, Julio Herrera y Obes 1372.
Compartí tu opinión con toda la comunidad