Luna Seductora

Bella reflexión china

La pasión y el poder son como agua y aceite, parece decir el cineasta chino Chen Kaige (Adiós mi concubina) en Luna Secuctora, película ambientada bellísimamente en el cambiante Shanghai de la segunda y tercera décadas de este siglo.

La noticia de la caída de la dinastía Manchú es recibida con llantos, cuando comienza la película, en una aislada propiedad feudal a la que sólo se accede a través de unos bañados. Allí, el mundo no cambiará mucho y consejos de ancianos servidores seguirán manipulando la sucesión de la cabeza de familia.

Shanghai es otra cosa. Mientras partes de China evolucionan a la democracia con Sun Yatsen, otras provincias caen en poder de los «señores de la guerra» y Shanghai está dividida en barrios administrados por potencias coloniales. La ciudad puerto vive sus «años locos» occidentalizada; con gángsters incluidos.

Al comenzar, un niño entra al feudo. Es hermano de la esposa del primogénito y vivirá a la vez como protegido y como sirviente de su cuñado: le prepara opio y es abusado sexualmente. Juega con otros dos niños, una traviesa concuñada y un pariente lejano de la familia noble.

Una década después, el joven (Leslie Cheung) integra una mafia en Shanghai y su trabajo es seducir mujeres ricas que luego serán asaltadas y extorsionadas. Se le encomienda volver a la hacienda para seducir a su concuñada (Gong Li), que ha tomado el mando del feudo ya que su hermano ha quedado paralizado mentalmente. A ella se le impuso como asesor a aquel primo lejano. Su primera medida fue deshacerse de las concubinas de su padre y de su hermano, pero sigue inocente en la medida en que es ignorante de lo que afuera ha cambiado el «mundo real».

Lo que siguen son episodios en la relación de estos dos concuñados. Y de cómo la pasión interviene para perturbar los planes de poder.

Entre las relaciones de poder se entrevé la situación política, pero más tangible es el poder dentro del feudo, dentro de la banda de gángsters, entre el muchacho y las mujeres que seduce.

Entre las perturbadoras apariciones de la pasión, la adicción al opio del heredero, el enamorarse de una futura víctima (o de dos), el resentimiento y deseo de venganza, incluso la debilidad del jefe mafioso con su gigoló preferido cuando éste traiciona. Al revés, el primo lejano comienza a afianzar su posición cuando deja su servilismo y aprende de Shanghai, donde «hay una guerra de hombres contra mujeres», guerra que, por lo que a él respecta, quiere ganar.

La dualidad de objetivos del personaje de Leslie Cheung, entonces, terminará provocando una catástrofe general.

Pero al espectador, al menos mientra está en la sala, lo que atrapará de la película no serán estas simetrías de fondo sino la tersa, permanente y hasta avasalladora belleza de la fotografía. Belleza realzada por la música, el ritmo, las actuaciones y todo lo que ayude a que esta dura lección moral sea un placer.

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