El talentoso Sr. Bateman
El filme venía precedido de una fama escandalosa: la polvareda que había levantado el polémico libro American Psycho de Bret Easton Ellis, un autor que también ha generado otros textos de interés como Menos que cero y Glamourama. El propio rodaje tuvo su cuota de expectativa con ofrecimientos a Leonardo Di Caprio y otros actores conocidos que rechazaron la propuesta por los riesgos implícitos en la temática de un sádico yuppie de los ochenta que alternaba su vida empresarial con los asesinatos en serie.
Quien haya leído la novela podrá haber intuido el carácter alegórico sobre una sociedad embriagada por «la belleza y el poder» que buscaba emociones fuertes más allá de las drogas convencionales y el sexo desenfrenado. Easton Ellis lograba una cruel radiografía sobre el grado de amoralidad e hipocresía que experimentaba ese mundo envuelto en el fetichismo de marcas prestigiosas y apariencias.
Aquí, el elegante Patrick Bateman representa en cuerpo y alma esa esencia de vacío y crueldad que ha perdido todo tipo de referencia. La novela ofrecía, entonces, un registro implacable de sus atrocidades mientras mezclaba gustos musicales y marcas de autos en un cóctel tenebroso que causó rechazo por buena parte de una comunidad que sólo pudo advertir el árbol de una selva infernal o, quizás, no quiso verse reflejada en esa despiadada sátira del mundo contemporáneo.
Al igual que el impune Ripley de Patricia Highsmith (A pleno sol, El amigo americano), Bateman no experimenta castigo (ni remordimiento) y su periplo resulta convencionalmente exitoso para escándalo de puritanos y justicieros.
Plasmar esa bomba narrativa era un auténtico desafío y la directora Mary Harron (Yo le disparé a Andy Warhol) lo abordó con las precauciones del caso. Para eso unió fuerzas con la guionista Guinevere Turner, podó algunas crueldades de alto impacto e intensificó el carácter delirante del apuesto protagonista hasta generar una posible lectura sobre un universo alucinado e irreal.
Hay logros, por cierto, en la obra de Harron: esa pasarela frívola de seres trepadores aparece en toda su desnudez aunque tiende a la propuesta literaria, el largometraje impresiona como una versión descafeinada y demasiado light a juicio de quien suscribe.
De poco y nada sirve la presencia de Willem Dafoe en el papel de un investigador privado para levantar un filme que, si bien tiene sus momentos (como la escena del sexo grupal donde Bateman acusa su insoportable narcisismo), se queda en un sofisticado muestrario que ya aparecía, por ejemplo, en Ojos bien cerrados u otras «bellezas americanas».
De todas maneras, la realización de Harron no cierra en rojo.
Hay una suspicaz mirada (¿femenina?) que capta, con estricto rigor, esos estados de conducta alterados que detonan por todas las rendijas de una comunidad que ha extraviado principios y salud mental. Puede verse, aunque corre el riesgo de decepcionar: a) a los que sólo pretendan una escalada de horror, explícito y b) a los que busquen un reflejo fiel de la novela original. Vale.
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