Inaugura muestra de pintura, grabado y escultura recientes

Anhelo Hernández entre dos milenios

Este conjunto de obras es parte de la gran exposición que el artista realizó en enero y febrero de 1999 en el Museo Universitario de Ciencias y Arte de la Universidad Nacional Autónoma de México y luego en la radio UNAM dedicada a su obra gráfica. Ambas tuvieron singular éxito de crítica. Valga como ejemplo el título del artículo que le dedicó en la revista «Vuelta» la prestigiosa crítica de arte Raquel Tibol: «El buen regreso de Anhelo Hernández».

Ahora muestra una selección de aquellas obras, aunque agrega algunas otras de factura más reciente como la llamada Nadie se salva de casi cinco metros por más de uno y medio, que fue realizada con participación de los estudiantes del Taller que este pintor dirige en la Escuela Nacional de Bellas Artes, y que está destinada a decorar el Rectorado de la Universidad de la República, un candelabro de siete brazos que le fue encomendado para acompañar el Memorial del Holocausto del Pueblo Judío, y otras de menor porte.

«A esta muestra debía haberla llamado ‘Portal’, ‘Umbral’ o cosa así –declara Hernández– porque reúne obras realizadas en un momento de profundísimos cambios, en el que, como en el portal de esa construcción que sería el arte moderno, el pintor revisa la validez de los conceptos en boga y enfrenta nuevas perspectivas».

«Desde ese portal el pintor se lanza al camino. Lo recorre en un sentido diferente al que siguen los creyentes de la gran crítica que prolifera en los centros de poder y que es coreado por la pequeña crítica en otras latitudes», agrega.

«Hoy, como siempre, se está viviendo un momento inaugural; si de muerte del arte tal cual estaba dado, también de nacimiento, porque es de la permanente revisión de los principios en que se basa el arte en general y el moderno en particular. Vivimos una situación como la que se le presenta a quien por un momento se detiene en el portal de la casa en que ha vivido y mirando el ancho mundo porque se propone salir a lo desconocido, revisa lo que cree que debe llevar consigo», ilustra.

«Estas obras que ahora presenta el MAC se han hecho sin medir cuanto se conserva o se desecha de la cultura anterior en el hacer artístico contemporáneo. No incidió en ellas el deseo de lo nuevo, la adaptación al preconizado principio que reza que si es nuevo es bueno, ni tampoco, desde luego, la búsqueda del éxito en el mercado», explica.

No cree el autor que la validez de la obra «pueda fundarse en el abandono de todo, en la mutilación que significa devolverse a la inocencia, a la inconciencia, no cree que se deba borrar la historia y aceptar como justo que todo vale porque todo es vida, no acepta ese radicalismo ‘alegre’ que preconiza la confusión como si fuera libertad, vende la habilidad artesanal como si fuera idea, y recibe bobamente los desplantes y faroleos de los oportunistas como seguras señales de la innovación en el campo del arte». «Esta es una prédica cuyo valor es discutible y que coincide con la que divulgan los que no reconocen otros valores que los que imponen a dúo, por una parte el mercado y por otra el hedonismo de los pudientes –sostiene–. No todo lo que existe pide ser valorizado por el arte porque, no todo sirve para sustentar una ética».

«De estas convicciones surgen estas pinturas que no procuran remedar la realidad, que no son representaciones, que no son frutos de la capacidad de imitar. Lo que he pintado no son abstracciones de lo que se ve. Lo que la pintura muestra no son siquiera signos de cosas. Tampoco son símbolos, ni se proponen ser parafernalias propagandísticas reclutadoras de opinión», explica. «Aunque es cierto que de todo esto algo queda plasmado en estas obras, lo cual confirma que el arte es esencialmente impuro».

«Lo que en estas obras se ha perseguido es formalizar el espacio pictórico de distintas maneras. Es, para decirlo de manera más accesible, como preparar distintos caldos de cultivo en los que prosperen a su modo ‘esquemas’ factibles de ser asociados con imágenes o con signos de cosas, que pueden cargarse con una cierta dosis de significado o de simbología», explica Hernández.

«Lo que resulta de esta empresa puede ser visto, aun desde el punto de vista de aquellos que acceden a las pinturas, sólo para ejercitar su capacidad de reconocer la habilidad ilusionista desplegada por el artista en la representación de los objetos, como caprichosos ‘esquemas’ que si bien refieren a las cosas, no son ni resúmenes ni síntesis de las cosas, y en esto tienen razón. Es que los esquemas que presenta son sólo partes integrantes de las estructuras formales plasmadas en el espacio pictórico».

No por desinteresado de las cosas sino porque está persuadido de que «lo más importante que la pintura puede presentar reside en la capacidad que tienen las estructuras de decir lo que el lenguaje no consigue decir».

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