No confundir el aserrín con el pan rallado

Dave Holland: esto sí es Jazz

También se confirmó, por comparación, que las ramificaciones fusionistas que transitan alegremente por el posmodernismo de la «world music» y el mestizaje planetario, son globalizaciones que hacen perder identidad al poderoso lenguaje del jazz y terminan diluyéndose en el anodino «vale todo» que ofende por su simpleza y superficialidad.

Fue fácil comprobar que los criterios estéticos que siguen el Quinteto de Holland y el Syndicate de Joe Zawinul (por citar a otro de los actores de este Jazz Tour) son opuestos: uno se alimenta de la savia jazzística y el otro se desliza por la tangente, envolviéndose con un ropaje eléctrico tan tecnificado que el jazz parece extinguirse sin remedio.

Holland no necesitó de despliegues electrónicos ni sofisticados equipos de alta tecnología para deslumbrar al entusiasta público. Su música se basa en el lenguaje que arranca de los años del «bop» y está puesta al día con legítimos recursos acústicos de composición, ritmo, armonía e improvisación.

Atrapa desde la primera nota por la musicalidad de los temas, la calidad armónica de los arreglos, el equilibrado juego de las dinámicas, el contraste entre sutiles baladas y pasajes vigorosos con progresivos «crescendos», los contrapuntos polifónicos, el variado timbre de los instrumentos y la inagotable inventiva de las improvisaciones. En más de una ocasión sobrevoló el recuerdo del genial Charles Mingus. Al igual que este maestro, Holland compone sus obras («The Balance», «Jugglers Parade», «Make Believe», «Prime Directive» y «Shifting Sands») pensando en sus músicos y en potenciar las posibilidades de cada uno. Con ello arma una estructura muy lógica, muy coherente, en la que todos se mueven como peces en el agua, intercambiando ideas, haciendo comentarios, combinando diferentes líneas melódicas, colocando acordes adecuados y acentuaciones rítmicas estimulantes. De Steve Nelson es «Candlelight Vigil», una tierna composición que permitió el lucimiento del vibrafonista, y Chris Potter es autor de «Lost And Found», un desbordante ejercicio del swing.

Claro que el director cuenta con un combo que funciona de maravillas. Sería inútil detallar las excelencias personales de cada uno, digamos apenas que el contrabajo llegó a límites de increíble virtuosismo, que el recio Robin Eubanks pareció compendiar la historia del trombón en el jazz, que Chris Potter se movió bien en el saxo alto, intenso en el tenor y muy inspirado con el soprano, que Steve Nelson sigue con sus cuatro baquetas el luminoso estilo de Gary Burton y que Billy Kilson fue ovacionado por sus solos de batería pero lo que importó es que supo acompañar a sus colegas con eficiencia. Todos estuvieron volando alto y no recuerdo algún momento en que se haya producido algo de escaso interés. «We’ll be back!», dijo Holland, agradeciendo los aplausos. Ojalá.

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