Madurez de un auténtico trovador
Ante un Teatro de Verano atestado y luminoso, el compositor andaluz Joaquín Sabina otorgó su concierto acústico con un repertorio que incluyó –entre una treintena de canciones– varios inéditos y por supuesto algún tango y sus caballitos de batalla, dentro de una espléndida puesta en escena.
Joaquín Sabina dejó para sus cincuenta años, la idea de producir un concierto en formato acústico o unplugged. No hubo presiones de ninguna parte, aún cuando se intuía –y fue algo que finalmente pudo comprobarse en su show de antenoche– que esta mezcla de trovador y rocker, de sátiro de empaque barrial y de intelectual de frontera que compone canciones de (des)amor a las que les coloca entrelíneas su «veneno» (como el cantautor lo ha admitido) personalísimo, podía obtener un rendimiento superlativo.
Acaso porque una estructura, como la de un acusticazo, que permite por la articulación arreglística o las tramas sonoras reelaboradas que se potencie notablemente el decir del trovador.
Voz y textos al frente y un solventísimo staff de instrumentistas en la que participó su compadre de todas las horas y guitarrista Pancho Varona (quien además interpretó correctamente dos temas suyos, «Palabras» y «Olga, ya no es suficiente»), García De Diego (teclados y guitarras), Olga Román Rivas (percusión) y Pedro Barceló (percusión) que rodearon al compositor e intérprete para gestar en el escenario intensidades y emotividades varias.
Con una puesta en escena de estirpe teatral, todo un guiño a aquellos elencos ambulantes, que incluyó candelabros, un farolito, un marco de cuadro con telarañas, caballo de calesita y otros objetos forrados en papel generosamente distribuidos, Sabina y los suyos sorprendieron en el arranque del espectáculo con dos temas de su nueva cosecha: la atractiva «Peces de ciudad» y «Cuando aprieta el frío» como para ingresar en un correo comunicacional que alcanzó su jaque mate con una afinadísima versión de su ya clásica «Medias negras».
Hubo otros estrenos, como «Rosa de Lima» y «A la vuelta del camino» confirmando las dotes del trovador en este viejo asunto del apalabrar. Acaso porque por sobre todas las versiones que cualquier auditor o receptor pueda hacerse del andaluz, no cabe duda que su relación más entrañable y calurosa es con las palabras –donde posee momentos formidables y también sus textos menores, vale admitirlo– y con esa permanente idea de documentalista, de narrador donde se encuentran historias de insoslayable impacto, sobre todo si se trata de amores desgarrantes o relatos con esa pátina de desamparo y perfil melancólico a la manera de los mejores constructores de baladas rotas al decir norteamericano.
A Sabina se le vio enchufadísimo desde el vamos y el público, que colmó el Teatro de Verano, se ligó de inmediato a ese tono gratificante y muy desenvuelto que propuso el cantautor. Hizo diversas referencias a Montevideo y al lugar (en particular al momento de efectuar una estupenda versión de «Dieguitos y Mafaldas») y fue encantando progresivamente al público cuando fue abordando canciones tan festejadas como «Calle Melancolía» o «Con la frente marchita».
Joaquín Sabina obtuvo, por lo tanto, un resultado más que saliente. El auditorio no se movía de sus sitios, y este individuo que ya cruzó los cincuenta administró el concierto a piacere con amplitud de oficio y madurez, redondeó un concierto sin decaimientos, más bien de impecable factura en el acting escénico, en su puesta, en la comunicatividad, en ese trazo netamente emocional que Sabina sabe colocarle a cada uno de sus matices de su decir áspero, ya lunar, ya de aguardiente.
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