"NUESTRA VIDA EN FAMILIA", DE ODUVALDO VIANA FILHO, EN EL GALPON

El teatro social vuelve por sus fueros

Tenemos desde el año 2004 un Código de la Niñez y de la Adolescencia que dice que es un principio básico el fortalecimiento de la integración y permanencia de los niños en la familia. En los hechos, no hay casi familia de la que se pueda hablar, salvo para quienes tengan los ingresos de la «canasta familiar», a la que accede una ínfima minoría.

Oduvaldo Vianna, o Viana (1936-1974), lo demuestra como si demostrara un teorema matemático. La acción puede suceder en Río de Janeiro o en San Pablo, pero en esta obra de 1972 tenemos por delante al Uruguay de hoy, con sus víctimas inocentes, los más jóvenes y los viejos. Pero los jóvenes pueden sobrevivir alimentándose con esperanzas y, sobre todo, a partir de un organismo probablemente sano; los viejos enfrentan a la vez la desvalorización social, la idea de que se convierten en parásitos, la soledad sentimental, la forzosa separación de los seres queridos, sin más recursos que un cuerpo deteriorado.

En tanto describe la realidad, con el registro detallado y lúcido de las situaciones familiares que poco a poco empujan a los mayores a la derelicción y a la muerte, Viana, en la huella de la mejor literatura de denuncia (tiene más de John Dos Passos que de Bertolt Brecht), es sobrio, objetivo y agudo; es implacable y compasivo; su escritura es cuidada y sabe prescindir de los insoportables parlamentos de relleno que ahogan a la mayor parte de las obras de nuestra cartelera. Por una vez, al fin, oímos en un teatro la palabra «sindicato»; por una vez escuchamos en qué lujos se gasta el dinero que se niega a la pobreza. Sin embargo, hay un momento en que el espectador piensa que ya es suficiente, que Viana ya no necesita demostrar una vez más cuán severamente castiga la sociedad el crimen de ser viejo. Casi se diría que hay algo de crueldad en la acumulación de desgracias, inevitables en verdad, sobre los mayores. Pero llega el desenlace.

Hay una cuarta hija que vive en Brasilia que puede albergar sólo a uno de los dos viejos. Uno ve venir que la obra empieza de nuevo, con los problemas que a la hija de Brasilia le causará el padre; y siente el episodio como una postergación de un viaje cuyo único fin posible es la muerte. El autor resolvió, quizás como compensación por tantas amarguras, que así no podía terminar la pieza: quizás pensó que la obra era ya demasiado amarga. Encendió una llamita de esperanza, y hasta de poesía. El momento en la terminal de ómnibus en que Souza (Dardo Delgado) y Lucia (Stella Texeira) se despiden, cada uno con sus maletas, sabiendo que es el último adiós, una hermosa escena iluminada en blanco sobre negro, como conviene a seres grises que se apagan y refulgen a la vez, y dicen que no se arrepienten de nada de lo hecho en sus vidas, refresca la atmósfera, alivia al espectador, dispone al aplauso, pero niega a todo el resto de la pieza.

La puesta en escena (Héctor Guido) tiene varios méritos. El primero, pese a algunas supresiones, es haber acometido la presentación de una obra tan plural como la vida, con nueve personajes; el segundo, lograr que las escenas se sucedan con energía y con agilidad, manteniendo viva la atención del espectador, de comienzo a fin.

Lo secunda una buena interpretación general, donde se lucen Dardo Delgado y Stella Texeira en los papeles protagónicos. *

NUESTRA VIDA EN FAMILIA, de Oduvaldo Viana Filho, traducción de Mercedes Rein y versión de Héctor Guido, por El Galpón. Con Stella Texeira, Dardo Delgado, Arturo Fleitas, Silvia García, Gustavo Alonso, Pierino Zorzini, Claudia Trecu, Estefanía Acosta y Soledad Frugone. Escenografía de Inés Iglesias y Grises Piguillem, vestuario de Soledad Capurro, ambientación sonora de Fernando Condon, dirección de Héctor Guido. En Teatro El Galpón, sala Atahualpa.

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