El hombre y el mundo deben ser transformados
–¿Querría Vd. contarnos algo de su infancia?
—Mi padre era dueño de una escuela de comercio. Era muy lector y aficionado al cine: tenía y usaba una cámara filmadora y un proyector. El fue el único miembro alfabetizado de una familia que provenía del campo; su padre era portugués y su madre una india tupí. Este abuelo mío era un hombre rico, de vida muy libre y sin prejuicios, semejante a la que después preconizaron los hippies: mantenía una amante en su casa, frecuentaba prostíbulos, alardeaba de sus habilidades para la equitación cabalgando parado sobre la montura. Mi madre, de ascendencia española e italiana, era muy católica y, naturalmente, sentía horror por la vida licenciosa de mi abuelo, con quien se trataban lo menos posible. Mi madre quería que yo fuera sacerdote, pero yo nunca sentí la religión. Me agradaba ir a misa muy bien vestido, tomé la comunión; pero me parecían feas las ceremonias.
–¿Cuáles eran sus diversiones?
—Me gustaba mucho el circo. No tardé en imitar sus números y con una hamaca y la música de un piano hacía números de acrobacia; en una oportunidad me caí, me golpeé el pecho y no pude hablar en varios días. También hacía para mis amigos proyecciones con una lámpara. Recuerdo en particular mi afición por los filmes de terror, los de Frankenstein y Drácula. Yo era muy tímido y hablaba muy poco, me gustaba agradar y ofrecía juguetes a mis amigos. No creía que hubiera muerte, o que la muerte fuera el fin de la vida: tenía la certeza de que luego de morir sería otra persona y viviría siempre. Declaro que esta certeza la he conservado hasta hoy.
–¿Cómo se formó el «Teatro Oficina»?
—En 1958, cuando yo tenía 22 años y culminaba mis estudios de Derecho, formé con algunos compañeros un grupo político cultural cuyo propósito era transformar el mundo simultáneamente con una transformación personal y a través de ella. Este grupo contó de inmediato con un departamento de teatro, que fue lo que más me interesó. Escribí para ese grupo, en veinte minutos, una pieza, Vento forte para que un papagaio subir (Viento fuerte para remontar una cometa) y al hacerlo se me reveló que eso sería mi vida. La escribí en Araraquara, cuya vida pintaba; fue mi despedida de Araraquara y de mis años juveniles.
Traté de luchar contra los valores establecidos y consagrados por la sociedad a través del escándalo, del mismo modo que hice luego Los pequeños burgueses, para que las personas de esta clase social en el Brasil resolvieran dejar de serlo, diríamos que quería que se suicidaran como clase. Antes de esta obra puse en escena, en Araraquara, Misterios gozosos, de Oswald de Andrade, a quien considero el más grande de los dramaturgos brasileños. Misterios gozosos tiene la forma de los «misterios» medievales, pero con un contenido erótico y no religioso. Más aún, la pieza muestra con crudeza el erotismo de la religión y sus aspectos libidinosos. Es la historia de un vendedor de objetos de culto, santos e imágenes, que en sus giras los coloca también en un prostíbulo. En cierto momento el santero trae una imagen enorme del Cristo del Corcovado con un gran pene dorado; el Cristo baja del cerro y practica un cunilingus con una prostituta; en otro momento la Eucaristía es representda por un convite de bananas y un brindis de champagne. La obra motivó una denuncia penal por el cargo de «Vilipendio de la Eucaristía», por parte del cura local y los cristianos carismáticos; fuimos procesados y se nos ofreció conmutarnos la posible pena de cárcel por trabajos comunitarios, a lo que no accedimos. Hace muy poco tiempo se dictó la sentencia definitiva y fuimos absueltos. Hay que tener en cuenta que Araraquara es una ciudad de fuerte influencia conservadora, donde aún hoy no soy bien recibido. Como ejemplo, le diré que en cierta oportunidad un gran señor de Araraquara linchó y luego cortó en pedazos a dos periodistas que lo habían criticado.
–¿Cuáles fueron sus influencias en su formación personal y como director teatral?
—Los escritores que más influyeron en mi vida son Nietzsche y Oswald de Andrade. Oswald, autor del Manifiesto Antropofágico fue un escritor muy valioso que no fue comprendido por la generación siguiente. Tenía una consciencia muy aguda de pertenecer al Hemisferio Sur: él absorbió toda la cultura europea, conoció a los dadaístas y surrealistas, a la vanguardia de la cultura occidental, pero estaba también muy ligado a los indios tupí. Decía a menudo que para nosotros los brasileños el dilema era «Tupí or not Tupí».
–¿Cómo definiría los propósitos del «Teatro Oficina»?
—Una transformación de la sociedad, para la que nuestro punto de apoyo fue el teatro; pero a través de una transformacion de nosotros mismos.
–¿Cuál fue el efecto de la dictadura militar sobre el teatro?
—La dictadura fue un golpe muy grande para el teatro y para la música. La música se recuperó pero el teatro, que era muy poderoso, fue abatido. En particular, la televisión literalmente compró al teatro y ahora tenemos un teatro electrónico, con sus folletines donde nunca se tocan los temas «tabú». Los actores se van a la televisión, y hacen teatro como un subproducto, que ya no compromete al que lo hace.
–¿Qué dio el teatro a su vida?
—Todo… y nada. No me dio dinero, confort, estabilidad, cosas que apreciaría tener. He vivido en un estrés constante, en parte porque en cada pieza trato de tocar un punto tabú, doloroso. Cada pieza es una lucha y un sacrificio.
–¿Qué sentido tiene que usted esté presente en la escena, o bien sentado en la platea y a la vista? ¿Qué significa el recurso a los desnudos, particularmente en «Boca de Ouro»?
—Con mi presencia busco radicalizar el carácter actual, presente, del teatro, que tiene ese sello insustituible de algo que sucede aquí y ahora. Por eso traté de que el Teatro San Pedro, en mi puesta en escena de Boca de Ouro, integrara un ambiente único y fuera un todo que incluyera el escenario, el público, los actores, el director. En cuanto al desnudo, en la pieza se justifica especialmente porque Boca de Ouro, nace en escena, desnudo como todos nosotros. También el desnudo significa inocencia: todos nosotros también nacemos tan desnudos como inocentes, sin preconceptos ni agregados.
–¿Querría enviar un mensaje a los artistas y directores uruguayos?
—Mi voluntad y mi deseo de estar allí con ustedes, en el Uruguay, de cuerpo presente.
Zé Celso nos cuenta aún, en voz baja y casi en secreto, que próximamente pondrá en escena Os Sertoes de Euclides Da Cunha, y las tres partes que aún faltan de su Cacilda!
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