Claudio Silveira Silva, artista fronterizo (1939-2007)

Lunes 05 de febrero de 2007 | 3:28
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Claudio Silveira Silva.

Con la muerte de Claudio Silveira Silva desaparece uno de los artistas uruguayos más singulares. Nacido en Rio Branco en 1939, hijo de hacendado brasileño y madre uruguaya, estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes junto a dos maestros que lo introdujeron en los secretos de la pintura (Vicente Martín) y del grabado (Adolfo Pastor). Obtuvo una beca para estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes de París y allí amplió y consolidó la técnica de la estampa con Johnny Frieddländer. Radicado en España desde 1974, mantuvo un contacto con su tierra natal en visitas periódicas y la exhibición de sus obras en varias exposiciones (Cabildo de Montevideo, Museo de Arte Contemporáneo, Galería Latina).

Hombre de campo y de ciudad, de dos países (Uruguay y España), mantuvo una vida y un lenguaje artístico fronterizos. No sólo porque nació y creció en Rio Branco, en la frontera brasileña, sino porque su producción se desplazó en áreas cercanas que van de la escultura a la xilografía, de la pintura al dibujo. Luego de adquirir un oficio indudable, su vida se desplazó entre Uruguay y Europa, hasta que en 1974 se fijo en Barcelona. Volvió en 1986 a Montevideo con una muestra de grabados presentada por María Luisa Torrens en el Museo de Arte Contemporáneo y precisamente el MAC realizará una excelente muestra en el Cabildo y otra retrospectiva en el Centro Municipal de Exposiciones. Sorprendió por la vitalidad de sus formas. Era un artesano formidable que conocía todos los aspectos de la talla en madera (volúmenes plenos o bajorrelieves) de acuerdo a una imaginería que se nutría del entorno propio, incanjeablemente popular. Siempre hubo una anécdota o una representación. Siempre una referencia a cuentos y leyendas lugareños. Utilizó diferentes soportes, maderas duras (lapacho, peral) o más manejables como el naranjo o el cedro, aunque también se sirvió de una puerta, una ventana, una rueca de hilar o un respaldo de cama. Labor de gran esfuerzo físico que en sus manos se transformó en una acto disfrutable, dejando, en los sucesivos cortes del cuchillo o los golpes de la gubia, trazos indicadores de su personalidad. Ese paciente accionar de una vieja tradición artesanal y popular se vio enriquecido por la policromía parcial de la superficie que agregó una nota festiva a la imagen. “Mi obra registra mi aventura cotidiana, mi pequeña verdad”, afirmó. De esa manera, desde el terruño nativo alcanzó una dimensión más amplia. Pues su lenguaje, al contrario de muchos de sus colegas alineados en corrientes internacionales, adquirió un sabor inconfundible, de clara y rotunda comunicación, ajeno a los vaivenes de la moda pero sin descuidar el proceso de la cambiante actualidad.

Fue un hombre de cálida afectividad, querido y querible, que tuvo que luchar en sus propios pagos contra la incomprensión y la ignorancia. Realizó una escultura de Cristo para la iglesia de Durazno que el conservadurismo local y el beneplácito presidencial lograron retirar del altar. Aunque tarde, sería una reparación y un reconocimiento a su talento volver a colocarla en el lugar a que fue destinada en su momento por Claudio Silveira Silva.

Las generaciones jóvenes no conocen esa obra dual de grabado y escultura (también en dibujo y pintura), heredera del legado del grabador Carlos González y del escultor Salustiano Pintos, de esa tradición de artesanos creadores, a la manera de Wilfredo Díaz Valdez, entre otros. Carlos Silveira Silva quedó opacado en los últimos años por nuevos curadores que, soslayando o desconociendo el pasado, apuestan con demasiado énfasis al efímero hoy.

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