Creadores portugueses
Nelson Di Maggio
Con un territorio casi la mitad de Uruguay, una sociedad eminentemente rural y una aristocracia urbana, con poca población, los intrépidos portugueses del siglo XV se internaron por «mares nunca antes navegados» y agregaron «mundos al mundo conocido», como cantó el poeta Camoes.
Crearon un imperio vastísimo desde Oriente a Occidente, dejaron una baza en Colonia del Sacramento, erigieron monumentos y crearon un estilo (manuelino) y ese breve período de esplendor se fue lentamente apagando a lo largo de cinco siglos. El sistema republicano se instauró recién en 1910 y luego se impuso el dictador Salazar, en 1926, que gobernó con mano férrea e implacable, con una breve transición, hasta la Revolución de los Claveles en 1976. La reconquistada libertad no fue, empero, bien aprovechada por los radicales de izquierda ni de derecha. Errores de la inexperiencia y voluntarismo que en determinado momento hicieron zozobrar la estabilidad democrática alcanzada.
El ingreso a la Comunidad Económica Europea y el de los grandes inversores multinacionales (preferentemente españoles) permitió que Portugal se instalara con comodidad, luego de sacudones de toda índole, entre las economías más prósperas del viejo continente. Atrás quedó la «saudade», el envío de las remesas de los emigrantes (París tiene un millón), el ansiado viaje a Brasil, el terror permanente guerra en las colonias de Africa y Asia, llamadas, eufemísticamente, colonias ultramarinas.
No fue fácil la integración étnica y cultural. Tampoco recuperar una economía desordenada. Con esa tenacidad idiosincrática del pueblo lusitano, que muchos interpretan como mansedumbre, consiguió ocupar un lugar de privilegio en el mundo actual. No fue casual que Lisboa fuera Ciudad Cultural de Europa y que el año que viene lo sea Oporto. Que la Expo 98 haya sido un éxito que catapultó a Lisboa y a Portugal otra vez a la consideración internacional. Curiosa paradoja. El país que se dio a conocer «urbi et orbi» por sus descubrimientos marítimos pasó inadvertido casi cinco siglos. Llegó la hora y la vez de Portugal.
El país cambió. Las ciudades también. Se perdió el aire recoleto y provinciano, el urbanismo salvaje destrozó buena parte de los barrios característicos pero se crearon otros aceptables. Lo que permaneció fue la encantadora amabilidad de sus habitantes, uno de los más hospitalarios que se conocen.
El arte es todavía menos difundido. Oprimido por el fuerte temperamento de los españoles, desde Zurbaran y Velázquez (que al fin y al cabo tuvo ancestros portugueses) a Picasso y Tapies, pasando por Goya, el arte lusitano parece poco significativo. Tuvo una época renancentista-barroca de fuerte personalidad, que no se mantuvo, para reaparecer en el siglo XX con una mujer y pintora emblemática, Maria Helena Vieira da Silva, una de las mayores sensibilidades de su tiempo. Hoy tiene, con justicia, un museo monográfico junto a Arpad Szenes, su marido y pintor de singulares dotes.
Un país encerrado («orgullosamente solo» como decía la propaganda salazarista) en el terreno de la cultura y las relaciones internacionales, quedó postergando en la adquisición de una sensibilidad actual. Tuvo personalidades dispersas y pioneras (Amadeu de Souza Cardoso, Santa Rita, Almada Negreiros) que, por diversos motivos (murieron jóvenes, la dictadura les cortó los ímpetus), abrieron el camino de las vanguardias históricas.
Fue en la década del sesenta cuando empezó a surgir una generación más coherente y significativa. Tanto en Oporto como en Lisboa, los dos grandes centros culturales y artísticos del país. Joaquim Rodrigo, António Areal, Helena Almeida, Artur Rosa, Alvaro Lapa, Jorge Martins, Joao Viera, Mario Cesariny, Cruzeiro Seijas, Eduardo Nery, Angelo de Sousa, Alberto Carneiro, Antonio Palolo, Eurico Gonçalves, António Sena, Costa Pinheiro, Ana Vieira, Lourdes Castro, René Bertholo,Vasco Costa, Fernando Lanhas, Nadir Afonso, Fernando Lemos, Paula Rego, Noronha da Costa, pintores y escultores abstractos, surrealistas, geométricos y neofigurativos que constituyeron la columna vertebral de la modernidad.
Algunos de ellos tienen una vigencia hoy mayor que antes (Lourdes Castro estuvo en la última Bienal de San Pablo), Helena Almeida (Bienal de Estambul, unipersonales en España este año), Paula Rego (incorporada a la escuela figurativa inglesa, por su larga residencia en Londres), la vitalidad inquebrantable de los portuenses Angelo de Sousa y Alberto Carneiro.
Pero son los últimos diez años que vieron surgir una generación inquieta e investigadora de los nuevos soportes y posibilidades expresivas. La fotografía tiene a Jorge Molder, André Gomes y Daniel Blaufuks, individualidades significativas, entre otras muchas que emplean el mismo lengauje. La pintura continúa, claro, y hay buenos representantes (Antonio Viana, Pedro Portugal, Pedro Casqueiro, Juliao Sarmento) pero son los que recorren el campo de las instalaciones o la nueva escultura que reclaman una mayor atención (Leonel Moura, Francisco Rocha, Michel Angelo Rocha, Rui Sánchez, Rui Chafes, Pedro Croft, Pedro Cabrita Reis, Pedro Calapez, Xana, Miguel Palma, Luis Palma, Joao Tabarra, Ana Jotta, Joao Bastos, Pedro Proença, entre otros). Cabrita Reis ya tiene un circuito internacional asegurado (estuvo en Documenta, en Venecia) y es una de esas figuras, como Helena Almeida, de referencia obligada en el arte portugués actual. Vale la pena conocerlos con mayor detención y profundidad.
Compartí tu opinión con toda la comunidad