A diez años de la muerte de Osvaldo Soriano
El lunes próximo se cumplirán diez años de la muerte del escritor argentino Osvaldo Soriano, quien nació en Mar del Plata en enero de 1943 y murió el 29 de enero de 1997 en la Ciudad de Buenos Aires. En 1973 publicó Triste, solitario y final, tal vez su obra mayor. En 1976, después del golpe de Estado, se trasladó a Bélgica y luego vivió en París hasta 1984, año en que regresó a Buenos Aires. En 1983 se conoció en Buenos Aires No habrá más penas ni olvido, llevada al cine por Héctor Olivera; en 1983 Cuarteles de invierno, llevada dos veces al cine; en 1984 Artistas, locos y criminales; y en 1988, Rebeldes, soñadores y fugitivos, colecciones de textos e historias de vidas. Ese mismo año se publicó A sus plantas rendido un león. Entre 1989 y 1990 escribió Una sombra ya pronto serás, llevada al cine en 1994 una vez más por Héctor Olivera. En 1993 publicó Cuentos de los años felices, historias cortas, la mayoría de las cuales aparecieron en el diario argentino Página/12, del cual Soriano era asiduo colaborador.
Las novelas Triste, solitario y final, No habrá más penas ni olvido, Cuarteles de invierno y A sus plantas rendido un león han sido publicadas en veinte idiomas.
A modo de homenaje, vale recordar lo que su colega, el escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió sobre su deceso. En la oportunidad y bajo el título «Adiós al amigo» Galeano escribió:
«Lo vi en el ataúd, con esa cara plácida y jodona, y pensé: Es un chiste. No hay duda. El Gordo se está haciendo el muerto para hacer sufrir a los amigos. Nos está tomando el pelo, pensé. Pero Manuel Soriano, el hijo del Gordo, que es idéntico al Gordo aunque mucho más chiquito y que andaba por ahí con su camiseta de San Lorenzo, nos dio la justa. El le había dado una carta al padre, para que se la entregara a Filipi. Filipi, gran amigo de Manuel, había muerto también, un poco antes, y él lo había enterrado, con cruz y todo, en un pocito del fondo de su casa. Filipi tenía forma de lagartija y costumbres de camaleón, porque cambiaba de color cuando quería. En la carta, Manuel le decía que lo extrañaba mucho y le enseñaba un jueguito, para que Filipi pudiera entretenerse en la muerte, que es muy aburrida. En el jueguito había que escribir las letras que faltaban: ‘Usá las uñas, Filipi’, le decía Manuel. Entonces lo vi claro. El Gordo se nos fue por un ratito nomás. Está trabajando de cartero de su hijo. Ahora nomás vuelve. A mí ya me parecía, porque es evidentísimo que este mundo no puede ser tan espantosamente triste, solitario y final; y un tipo tan buenazo como el Gordo no podía hacernos la cochinada de dejarnos sin él». *
Compartí tu opinión con toda la comunidad