La Misión: hasta la victoria, siempre
Esta pluralidad no es contradicción o incoherencia, sino riqueza; y la obra de Müller gana con ser apreciada en sus distintas facetas y desde distintos ángulos. Vimos en el «Terreiro da Tribo» al Müller poeta, al creador imaginativo, fantástico, de la «Descripción de un cuadro». Se dio relevancia por los «Aguadores» a «Primer amor», al ángel de la desesperación y a la escena del ascensor, tan difícil de encastrar con el resto de la pieza, escenas todas donde el autor reivindica los fueros del sueño, de la fantasía libre, en suma, de la libertad humana; libertad de la imaginación que lleva al autor a nuestro mundo de hoy, a Asia, Africa y Latinoamérica como los únicos lugares desde donde la civilización occidental puede ser desafiada. En la escena del ascensor, como demostración de independencia y de inventiva, «Oi nois…» colocó al hombre en un vano, prácticamente en un pozo. Como consecuencia, la visión europea viró a otra óptica en parte más local, que nos compromete, y en parte más universal, en tanto esa lámpara que enciende el autor ilumina nuestros territorios, nuestro pasado, en particular nuestro pasado montevideano, deshonrado por la esclavitud y la sujeción. Pero del mismo modo que se consideró la esclavitud como inherente a la humanidad, ni el primer Cónsul, ni la monarquía ni el capitalismo lo son. Tampoco es patrimonio de la humanidad la transmisión patrilineal del poder; y a ello alude finamente la puesta en escena, como nos señaló Tánia Farías, cuando representa a los esclavos exclusivamente por mujeres, con lo que alude a una segunda esclavitud, al «proletariado doméstico» de Engels, sujeción de la que aún no nos hemos liberado por completo.
La puesta en escena tiene una riqueza de detalles que en una primera visión no hemos podido apreciar en su totalidad. Por ejemplo, en la primera escena, en la casa de Antoine, las pilas de libros (que todos rozan y nadie llega a derribar) y su fantástica aparición ulterior, saliendo de los anaqueles como una avalancha, sugiere la fuerza física de las ideas, el impacto del intelecto sobre la vida, la obra de quienes se atrevieron a enunciar las ideas de libertad que modificarían al mundo con la Revolución Francesa. Nos señaló también Tánia que la música que se oye en tanto los espectadores se alinean ante una mesa puesta para un banquete es un concierto de Paganini; pero esta elección no fue hecha al azar, sino porque Paganini trabajó durante años como músico para la princesa Ana Bonaparte; de donde una referencia al peso de Napoleón en varios episodios de la pieza. Pero toda esta inventiva infinita de detalles y sugerencias se ha hecho, no a expensas del texto de Müller, sino sobre él, siguiéndolo casi línea por línea, como si los límites, los obstáculos y las dificultades fueran la materia del verdadero artista.
Cuando termina la obra, donde hemos visto dolor, muerte, fracaso y desolación, el estado de ánimo es del entusiasmo. La puesta en escena ha logrado hacer realidad estas palabras de Müller a propósito de lo que ofrece el teatro: «Lo trágico es a menudo muy vital: veo morir a un hombre y eso me fortifica. No obstante, la regla, la respuesta más compartida, es que resulta deprimente que alguien muera.» Como dice el mismo Müller, sin duda un estoico, que no por casualidad escribió un poema o performance sobre la muerte de Séneca, hemos de vivir «sin expectativas ni desesperación».
Como sucede con los espectáculos de «Oi nois…» todo es claro y preciso, todo funciona a la perfección, el ritmo no se quiebra nunca, pese a la pluralidad de escenarios, todo tiene medida e intensidad, audacia y buen gusto, trascendencia y gracia; y en todas los ámbitos se oyen los roncos gruñidos de Dionisos. La interpretación está totalmente amalgamada; Tánia Farías cumple a satisfacción el difícil papel de hacer de un hombre negro (Sasportas) y Paulo Flores (Debuisson), nos deleitó con una de las mejores interpretaciones que le conocemos. *
A MISSAO («La misión») de Heiner Müller, en traducción de Fernando Peixoto, por Oi Nois Aquí Traveiz. Con Paulo Flores (Debuisson), Sandro Marques (Galloudec), Tánia Farías (Sasportas/Mujer latinoamericana), Clélio Cardoso (Antoine/hombre del ascensor, Marta Haas (Primer amor/mujer de Antoine), Renan Leandro (Marinero/funcionario/ entidad/ manipulación de muñeco Padre), Pedro Kinast de Camillis (Angel de la desesperación/ funcionario/ manipulación de muñeca Madre), Carla Moura (esclavo/ Freira) y Luana Fernández (esclava/Libertad). Música original de Johan Alex de Souza, Equipo técnico (operador de luz, sonoplastia, contrareglaje y boletería) Edgar Alves, Sandra Steil y Dense Souza, costurera Heloisa Pacheco, puesta en escena, coreografía, iluminación, vestuario y aderezos, creación colectiva de «Oi Nois Aquí Traveiz». En Terreiro da Tribo, Dr. Joao Inácio 981, Navegantes, Porto Alegre.
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