Escrito por: JORGE ARIAS

Esas obras cuyos chistes, bajados de Internet, no nos hacen reír. Chistes de larga prosapia, previamente castigados por Marrone, Roberto Barry, Olmedo, a los que un alarmante déficit de memoria en el público permite volver a circular. “Arlecchino”, pese a su éxito de crítica, está entre lo peor y más tonto de una serie que comprende “Humorus uruguayensis”, “Diosas y divas”, “Llorones”, “Bendito tú eres entre todas las mujeres”, “Cómo ser un marido infiel y no morir en el intento”, “Busco al hombre de mi vida (marido ya tuve)”, “Hormonas”, “Despedida de soltero”, “Uruguay… es”, “El motivo de la presente”, “Día libre”, “Presente señorita”. Pero en el otro extremo del espectro, los temas “serios”, que son tratados como para que los espectadores odien al teatro, padecen del mismo defecto, que es, en el fondo, menosprecio por el teatro y sus espectadores: la ausencia de todo trabajo artístico, de toda preparación, de todo repaso y corrección. Humoristas y dramaturgos escriben como Santa Teresa, como componía Mozart, como pintaba el artista plástico de las cuevas de Altamira: sin corregir. Se olvida que la soltura con que solistas como Claudio Arrau o bailarines como Julio Bocca muestran ante nuestros ojos admi- rados tiende a ocultarnos, con el pudor de los grandes artistas, los años de trabajo, de escalas, de gimnasio. Hace poco escuchamos a Guillermo Vilas en televisión. Respondía a la pregunta de cómo podría formar un gran tenista: contestó que comenzaría haciéndole pasar tres años peloteando contra una pared, sin pisar una cancha. Contó cómo Lance Armstrong se preparaba para la prueba contra reloj en un túnel de viento, hasta dar con una posición extraña, la mejor para él, sobre la bicicleta. A nuestros escritores de teatro, la anécdota de Leonardo, un día entero meditando ante la pared de un convento sin trazar una raya de “La última cena”, debe parecer una mala broma; pero sin esa reiteración, sin esa concentración forzada, sin esa búsqueda de dificultades como la rima y el metro, es posible que no lleguen nunca la inspiración y el arte. Quienes hayan visto el filme de Ed Harris comprenderán cuánta ciencia, preparación y corrección hay en la obra del gran Jackson Pollock, que parece guiada por el azar pero que logra imitar el milagro de la vida naciente.
No basta elegir temas serios. Esos temas deben ser tratados con seriedad; pero, además, con la devoción y el amor que exige el arte. “Paternoster”, “La muerte de un viajante”, “Una luna para el bastardo”, “Agamenón”, “Virginia”, “Titus Andronicus”, “Las traquinias”, “Malezas”, “Luna roja”, “Los restos de Ana”, “Cantando una triste canción”, “Petróleo”, “El disparo”, “La mejor historia de amor”, “La redención”, “Los inmortales”, “Pervertimento”, unos por mala puesta en escena, los más por malas obras y algunos por ambas carencias a la vez, exhiben el mismo defecto que los “frívolos”: están muy por debajo de lo que sus autores e intérpretes son capaces de hacer. Son productos fríos; en la comparación con el próximo teatro de Porto Alegre, con “La misión” de Müller por “Oi nois aquí travéis” y el “Hamlet” dirigido por Luciano Alabarse, ambos estrenos de este año, ambos pletóricos de calor, ritmo, transpiración y pasión, la mayor parte de nuestros espectáculos parece algo muerto. Y si es fácil disculpar un error cuando el autor no puede con el tema, o cuando es evidente que sus medios no son suficientes o que ha elegido mal su asunto, resulta irritante que personas capaces se crean tan hábiles (o crean al público tan tonto) como para lanzar sobre la escena producciones en las que han empleado el veinte por ciento, a lo más, de sus capacidades. Causa un profundo sentimiento de rechazo la evidencia de precipitación, falta de estudio, improvisación y descuido.
Hay honrosas excepciones. Muy pocas. Lo mejor del año fue un musical, “Víctor Victoria”, de Nacho Cardozo, que tiene todas las cualidades contrarias a los defectos que acabamos de señalar.
Nacho busca la perfección. Puede no lograrla, la consigue a menudo; pero la perfección siempre está a la vista, como un faro que guía. “Ivanov”, de Chejov, dirección de Sergio Pereira, fue de lo mejor; “4.48 Psicosis”, de Sara Kane, con puesta en escena de Juan Tocci y actuación de Alejandra Cortazzo, fue un espectáculo serio, bien desarrollado, con una intérprete en ascenso que fue justamente nominada para el premio “Florencio”. “Mal de amores”, de Angeles Mastretta, también interpretada por Alejandra Cortazzo, tuvo verdaderos méritos. “¡Dense prisa, vamos a cerrar!”, creación colectiva, mostró verdadero teatro, pese a que la trama, o el argumento, o como quiera llamársele, nos fue un tanto ajeno. “Líber Falco, cien años”, de Julio Calcagno, fue un hermoso y emotivo homenaje al poeta. “Un número”, de Caryl Churchill, dirección de Marisa Bentancur, permitió adentrarnos en la obra de una escritora mayor, de la que ya se conocían “El séptimo cielo” y “Anhelo de corazón”. “El tapadito”, de Patricia Suárez, dirección de Fernando Rodríguez Compare, planteó con nuevas ideas el tema de la discriminación racial. “Locos de amor”, de Sam Sheppard, dirección de Sergio Lazzo, fue lo mejor que se vio en “El Galpón”. “Rescatate”, de Gustavo Bouzas, con verdadera fuerza dramática y autenticidad, reiteró los méritos del joven autor. “Taxi”, de Ray Cooney, triunfó en el género comedia: fue un espectáculo ágil, ingenioso, bien tramado y mejor actuado y dirigido. “Siga el baile, siga el baile”, de Omar Varela obtuvo, merecidamente y con “Víctor Victoria”, el Florencio al mejor musical. “Montevideo oculto”, de Zarzaj y otros, reproduce el teatro en ómnibus de “Barro negro” pero con novedad, documentación y buen arte interpretativo (Noelia Campo, Till Silva).”El método Grönholm”, de Jordi Galcerán, dirección de Mario Ferreira, reeditó el éxito mundial de la pieza; la puesta en escena local fue correcta, pero creemos, permítasenos la paradoja y hasta una aparente contradicción con nosotros mismos, que tomó demasiado en serio una obra que hace agua por todas partes. “El polizón”, de Mary Vázquez, un drama complejo que alude al romance del infante Arnaldos y una anécdota marítima y local, fue una grata velada de teatro. “Almohada para tres”, de Santiago Moncada, cumplió con su propósito de diversión. Querríamos que “Basura”, de Carlos Rehermann, estuviera entre lo mejor del año: Rehermann es capaz, trabaja con tesón de artesano, sabe, es sensible; pero, a pesar de la evidente dedicación, no logró presentar su idea, un tanto solemne, en forma clara y bien definida. “Anatomía”, de Gustavo Molina, es teatro en serio, quizás con demasiada ambición, pero debe destacarse por estar a años luz de la rampante frivolidad.
Fueron auténtico teatro, por más descuentos que puedan formularse, “El león ciego”, de Ernesto Herrera, y “Serafín J. García bajo la Cruz del Sur”, de Sergio Luján. “Quemadura china”, de Verónica Perrotta, por supuesto que en el inconmovible espíritu hermético y enigmático de la autora de “¿Qué pasó con b.n.?”, fue de las obras más originales y auténticas del año. “Una isla”, de Campalans e Irigoyen, también misteriosa y un tanto críptica, fue de lo mejor entre las obras nacionales, y la mejor entre los estrenos de nuevos autores. *
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