La Margarita
En «La Margarita», el escritor y dramaturgo Mauricio Rosencof y el cantante y compositor Jaime Roos desarrollan una experiencia artística compartida, que registra -en un libro y un disco- un entrañable itinerario poético que respira afectos y geografía cotidiana.
En esta obra lujosamente presentada en tapas duras, el autor suma su lirismo a la reconocida calidad interpretativa del cantautor compatriota, logrando una perfecta mixtura entre la palabra escrita, el recitado y la poesía musicalizada.
Los veinticinco sonetos que integran este libro, trasuntan la fina sensibilidad de Mauricio Rosencof, que en pleno confinamiento durante la dictadura, transformó la creación artística en una estrategia para mantener enhiesta la lucidez y la cordura.
Estos versos nacieron de la tenebrosa penumbra del calabozo y del ominoso vientre del encierro al cual fue sometido el autor, que padeció las más aberrantes humillaciones por parte de sus carceleros.
En medio del incalificable infierno de la tortura y la incomunicación, afloró igualmente la veta poética del célebre escritor, quien asumió el martirio con inquebrantable y rebelde estoicismo.
Ese espíritu indomeñable, que fue patrimonio de un grupo de combatientes, lo mantuvo con vida hasta el momento de la ansiada liberación y el reencuentro con sus seres queridos.
Esta historia de amor cargada de reminiscencias, es un auténtico himno a la vida y a la resurrección de la esperanza en un futuro que, en condiciones particularmente adversas, era pura incertidumbre.
Según lo confiesa el propio autor, «La Margarita» nació de un sueño. Esa experiencia onírica fue trasladada a la escritura en situación de rigurosa reclusión, en apenas 72 horas.
Los textos, registrados en hojillas de cigarrillos, salieron clandestinamente al exterior.
La obra, que fue engendrada a partir de la inapreciable materia prima de la nostalgia, es un retrato juvenil atesorado en la memoria del escritor, esa memoria que nutrió la voluntad del autor y resistió la tortura y el maltrato.
La Margarita de los poemas es la fusión de múltiples recuerdos de un pasado en libertad y la construcción simbólica de la imaginación, indispensable para sobrevivir enterrado en las catacumbas del autoritarismo fratricida.
Desde los primeros registros, aflora una multitud de imágenes condesadas en el tiempo, en otro tiempo bastante más venturoso, que contrastaba con el opresivo encierro al cual fue sometido el inquebrantable preso político.
Como es habitual en la producción literaria de Mauricio Rosencof, el mayor protagonismo lo asume el barrio, como representación de una cultura de convivencia que ha ido feneciendo.
El paisaje capturado en estos sonetos, poco se parece a la geografía urbana de hoy. Es «otro» Montevideo que, sin embargo, aún pervive en el imaginario colectivo.
Este itinerario retrospectivo nos traslada al barrio sur afrouruguayo de la infancia del autor y al no menos entrañable barrio La Blanqueada, donde el joven escritor comenzó a tejer sus primeros sueños y romances.
Más allá de las historias que narran o reconstruyen estos poemas, el dramaturgo imprime a su obra un trazo eminentemente costumbrista, que da cuenta de una cultura de convivencia que quedó congelada en el pasado.
Ese Uruguay, de señas identitarias intransferibles, comenzaba a mutar, en forma lenta pero dramáticamente inexorable, rumbo a un estadio existencial diferente.
La apelación a la memoria, que en estos poemas es permanente, opera aquí como una estrategia de reencuentro con entrañables sentimientos y afectos
En la poesía del «Ruso» hay compromiso y pertenencia, inocentes miradas y guiñadas cómplices, tranvías, verduleros, quinieleros, heladerías y tablados.
También hay fantasía, mucha fantasía atesorada en ficticios héroes de radioteatros o domingueras matinés de cines de barrio, donde el fascinante arte del celuloide nos hipnotizaba hasta trasladarnos a un universo paralelo.
En esos variopintos paisajes de antaño se desarrolla la épica amorosa del protagonista -alter ego del creador- y la soñada Margarita de las primeras miradas y tímidos suspiros.
El intenso lirismo del autor captura la frescura de ese amor juvenil que es, a la sazón, la síntesis de todos los amores.
Esa entrañable aventura de aprendizaje de la vida, que recorre el tránsito de la ansiosa adolescencia al amor adulto, es el eje mismo de todo el itinerario existencial del ser humano.
Hay una revalorización de la inocencia y una poética del reencuentro con todo lo distante en el tiempo y el espacio.
La intransferible magia del enamoramiento recorre toda la obra, como si el autor quisiera eternizar cada momento, cada sublime instante de esa felicidad tan añorada y decapitada por el drama de la libertad conculcada.
Aunque esta no sea aparentemente poesía política, el compromiso del escritor está en ese obsesivo aferrarse a un Uruguay soñado, la Suiza de América que comenzó a desmoronarse en la segunda mitad de la década del cincuenta del siglo pasado.
La voz poética de Rosencof fluye caudalosa de vivencias, juventudes restauradas y de utopías irrenunciables atesoradas en el alma.
Esa adorada Margarita que emerge del fondo de la memoria, es bastante más que una imagen sensorial condensada en la matriz emotiva del escritor.
La soñada figura femenina es protagonista de un himno ciudadano conjugado en el lenguaje del barrio, que recrea no sólo un amor, sino también una identidad propia e intransferible.
Dos artistas de primer nivel suman sus talentos para construir una obra impregnada de profundo humanismo.
Los personajes de esa historia nacida tras las rejas de la intolerancia, son todos arquetipos de una cultura urbana de antaño, que la aguda fragmentación social de un tiempo de incertidumbres ha borrado quizás definitivamente de los paisajes cotidianos.
No es casualidad que Mauricio Rosencof y Jaime Roos hayan asumido la necesidad de emprender este camino de recuperación de invalorables fragmentos de nuestra cultura.
Ambos siempre fueron receptivos a las voces del asfalto y los ancestrales empedrados montevideanos, los bulliciosos tablados que cada febrero visten sus mejores galas y la liturgia de la emoción colectiva.
A través de estos vibrantes sonetos musicalizados, el lector podrá asomarse a un Uruguay de abigarradas nostalgias para los adultos y a un inexplorado territorio para los jóvenes, recurrentemente agobiados por los alaridos de las alarmas y los teléfonos celulares y la frivolidad de la aldea global.
La letra y la música son conjugadas con sorprendente armonía, para reconstruir la rediviva magia del amor que todo lo redime y potencia nuestras vidas.
La obra incluye una entrevista realizada por el periodista y escritor Fernando Butazzoni, quien indaga en el origen de este proyecto conjunto, parido al calor de la estrecha amistad entre Jaime Roos y Mauricio Rosencof y su compartida comunión creativa.
«El barrio y el mundo» es el desenfadado diálogo entre ambos autores, que se desliza a través de los senderos de la nostalgia, ese continente siempre impregnado de afecto y fuerte sentido de pertenencia a una común genealogía.
El lenguaje coloquial de Rosencof y Roos, que es respetado por Butazzoni en cada una de sus expresiones, trasunta una fuerte carga emotiva que penetra el alma.
En el curso de la lectura, es imposible no experimentar la íntima sensación de haber estado en el barrio evocado, que, en cierta medida, representan todos los paisajes de nuestra Montevideo.
Más allá de la mera nostalgia que puede devenir en tristeza, la sensibilidad de Rosencof logra el milagro de restaurar la alegría en condiciones infrahumanas de supervivencia.
El decir del autor está articulado en un lenguaje espontáneamente ciudadano, que rescata el romanticismo de la cultura popular, rasgo que define nuestra propia idiosincrasia y naturaleza humana.
Al margen de la mera estructura poética de los textos, el discurso del escritor sintetiza un abigarrado abanico de sentimientos que trascienden al tiempo y el espacio.
Aunque se trata de vivencias individuales registradas en el envase literario, esta Margarita abre sus pétalos a la emoción compartida, en una suerte de visión universal y totalizadora del amor, en tanto fuerza motriz partera de la felicidad.
La música y vocalización de Jaime Roos aportan la sustancia y calidad artística indispensables, lo que permite redondear un trabajo de fuerte impronta testimonial. *
(Editorial Alfaguara)
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