Un museo mejorado
En años recientes, si bien introdujo algunas mejoras en su entorno, otras menos aceptables (Jardín Japonés), y la incorporación del Espacio Barradas, el Museo Blanes padeció en el edificio principal un lento deterioro, con lugares indignos de una institución cultural, como el patio interior que ahora, despojado de la vulgar cafetería, volvió a lucir su talante neoclásico. Además, las reformas de mantenimiento y conservación edilicias han sido fundamentales para el mejor cumplimiento de su actividad. Para la reapertura (estuvo cerca de un mes clausurado) se habilitó una exhibición de algunas piezas del acervo de singular atractivo. La sala mayor a la derecha (la izquierda mantiene, inalterada, obras de Blanes): en estratégico lugar, el impacto visual de Las manolas de Pedro Blanes Viale, una de las más seductoras telas del pintor, en su explosivo cromatismo y soberbio manejo de la materia, ejecutada alrededor de 1915, rivaliza con la suntuosidad de Carlos A. Castellanos, en la misma época, representado con Narciso, y ambos emparentados con Nocturno de Montoñedo de Humberto Causa y cuadros de Etchebarne Bidart y Milo Beretta. Aunque no hay un guión curatorial explícito y es, en sentido estricto, una «colgada» feliz, el diálogo entre diversidad de autores y estilos conduce a relacionar el constructivismo de Torres García (junto con Barradas no abruma con su magisterio, así como se elimina a Figari, en sus salas propias) con Costigliolo (Composición, 1969), María Freire, obra fechada en 1956, el Interior de De Simone, de equilibrada composición, sin excesos de color y materia, así como la rítmica lineal de Américo Sposito, obra de 1956, mientras el informalismo se extiende por Jorge Damiani (Imagen I, 1964), Juan Ventayol de 1961, de intensa caligrafía, en contraste con la espesura matérica de Agustín Alaman y cierra con dos excelentes lunas de José Cuneo. Una idea feliz.
Con los antecedentes del Primer Festival del Papel en 1992, de amplísimo registro de posibilidades expresivas, Papeles, proyecto curatorial de Gabriela Martínez Barbosa en otras salas del Blanes, es muy modesto. Reúne ocho artistas (Gladys Afamado, Washington Barcala, Ernesto Vila, Marco Maggi, Ricardo Lanzarini, Juan Burgos, Nelson Ramos, Michael Bahr) con el pretexto (demasiado débil) de utilizar el papel como soporte o estructura formal. Los elegidos podían ser otros y el planteo, independiente de los nombres, sería el mismo, sin ninguna necesidad o idea vinculante más allá del común elemento empleado. Un sector funciona mejor, con el acierto en la ubicación de la obra de Burgos que atrae a la distancia, la disposición espacial de Vila y la acumulación geométrica de Maggi, aunque en descuidada y torcida hilera. A la entrada, las instalaciones de Bahr convocan el viejo clima espectral del museo (debieron estar en otro lugar, a una altura más accesible y con iluminación ambiental más envolvente). El catálogo impone un original diseño. *
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