La vista en las estrellas
Serafín J. García bajo la cruz del sur habla sin miedo de conflictos. En este desgraciado Uruguay de hoy, donde se mide con aprensión, y desde el gobierno, la «conflictividad laboral», como si cada huelga, no importa cuán justificada esté, fuera un alarmante grado más en la temperatura social, provocada por una enfermedad infecciosa que amenazaría la vida de todo el país, que se nos muestren en las tablas «… el hambre, el abuso…el crimen, la opresión económica…» es, sencillamente refrescante. Es una ventana que se abrió al fresco de la realidad, ese oxígeno que el «teatro uruguayo» se esmera en no respirar. Como dijo Heiner Müller: «Creo en el conflicto. Es lo único en que creo. Eso intento con mi trabajo: fortalecer la conciencia para el conflicto, para las contradicciones y confrontaciones. No hay otro camino. No me interesan respuestas ni consignas. No puedo ofrecer ninguna. A mí me interesan los problemas y conflictos…Desconfío también de categorías como «negativo» y «positivo», porque implican ya una exclusión de la contradicción y de la realidad. La realidad no es negativa ni positiva, hay que analizarla.»
Luján, en un estilo un tanto barroco pero comunicativo, demuestra saber que teatro es conflicto. Cree también que en teatro debe haber una acción, un nudo y un desenlace; dialéctica, en otras palabras. Lo dice así: «…Dividido en tres jornadas que van de la NOCHE al BARRO y a la LUZ» (la obra) «va entretejiéndose paulatinamente hacia el final, donde todo se yuxtapone y confluye. Cada cuadro plantea un conflicto en sí mismo… algo evolutivo… sucede en la contigüidad hacia el desenlace«. Quizás elemental; pero en la pieza sucede como lo dice Luján: se vuelve, de una vez, a lo básico. Hay en «Serafín J. García bajo la cruz del sur» un desenlace, hay una progresión dramática; cada escena tiene un momento en que se arma, otro en que culmina y otro en que se resuelve.
Interpretación y dirección, esto último en lo que se refiere a las escenas individuales y al conjunto del drama, son buenas y hay un estilo único de actuación. Los actores muestran experiencia y transitan con soltura por el escenario. Hay sexo, bastante más allá de lo que se atreven nuestros conventuales escenarios, resuelto con tino, buena medida de tiempo, sobriedad. Es posible que algunos de los actores abusen del subrayado, aunque no les imputamos sobreactuación; sea como fuere, preferimos la temperatura de Serafín J. García bajo la cruz del sur a los frígidos matices que solemos ver.
Hasta aquí el Haber. El Debe es, casi siempre, el exceso, lo que está de más. Luján cree en su pieza; pero a veces parece dudar y resuelve vestirla y adornarla. Es prepóstero situar la acción, ubicada en el Uruguay rural, en un «circo criollo», que en la época, no tan lejana, de Serafín García, si existían eran imperceptibles. Paga tributo Luján a un mito que no es popular sino culto: tal vez sin saberlo, continúa los inverosímiles ditirambos de García Velloso para la pista, el tabladito y los Podestá; e indirectamente por «su negocio de toldo y candil» que denunció Florencio Sánchez. Con todo respeto, dudamos que Luján haya leído siquiera el «Juan Moreira» de Eduardo Gutiérrez, imposible novelón (y no drama) racista y bambollero, más inspirado en las novelas francesas del siglo XIX que en las soledades de nuestros campos.
Dice Luján que la función comienza «…en el momento mítico en que éste» (el circo) «aborda la representación teatral del drama «Juan Moreira» de Eduardo Gutiérrez». Pero el «Juan Moreira» de los Podestá no era, ni por pienso, el que adecentaron Sergio De Cecco, Elbio Pais y Peñarol Méndez, que ofreció entre nosotros el Teatro Circular. Aquel era una ocasión para mostrar caballos, jinetes y destrezas de equitación por toda la pista y la persecución del héroe inocente por las despóticas autoridades (¿no recuerdan aquí a Jean Valjean?) sin olvidar las salvas de fogueo con que terminaba la vida del héroe.
Todo el circo sobra. Sobran la hermosa muchacha envuelta en una malla blanca que, con envidiable estado atlético se arrastra, retuerce, gira, baila, se estira y contorsiona sobre unos zapatos imposibles, durante toda la obra; sobran los payasos, los cantores, el acordeonista; sobran los actores que se quedan en la escena, musitando los diálogos. Todos están bien en lo que hacen, pero están bien por separado: el pecado de Luján es el exceso.
Llegamos a lo peor. Lo peor es, ay, el mismo Serafín J. García. No podemos decidir si la pieza de Luján es un extracto de las obras del escritor o si es una glosa o imitación, escrita por el mismo director y autor de la obra: lo cierto es que el espíritu folletinesco y maniqueo de García aparece en escena y de la peor manera. El patrón, como es rico, es despótico y cruel: nadie le verá el más mínimo rasgo de humanidad. El peón y su compañera son buenos; pero son buenos porque son pobres. Ese es el mundo de García, blanco sobre negro. Es posible que el escritor tuviera noticias de que el mundo no es exactamente así; pero todo lo sacrificó a la eficacia narrativa, al efecto emocional, a las lágrimas que obtiene casi cualquier recitador con sus poemas; una emoción a la que las mentes más frías suelen sucumbir. Es verdad que ese espíritu melodramático, ese deseo de hacer impacto que lleva a García a incurrir en todos los golpes bajos posibles, es efectivo; es verdad también que, entre tanta simplificación, nos llega algo de realidad y, suprema felicidad, también algo de arte.
SERAFIN J. GARCIA BAJO LA CRUZ DEL SUR, de Sergio Enrique Luján, por la compañía de circo criollo «Gran Circo Semilla», con Victoria Pin, Cleoi Tissier, Sara García, Laura Quilez, Juan Asuaga, Darío Sellanes, Pablo Nogueira, Valentín Abitante, Federico Torado, María Laura García, Gerardo Rodríguez, Pablo Nogueira, Héctor Spinelli, Susana Anselmi, Nancy Salaberry, Carlos Mara y Matilde Nogueira. Música de Juan Asuaga, vidalita «Alborada» interpretada en vivo y en acordeón por el autor, Francisco Simaldoni y Valetín Abitante, modista Nilda Rodríguez, dramaturgia, puesta en escena y dirección general de Sergio Enrique Luján. En teatro Victoria. *
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