Escrito por: A.XIMENEZ
Ocurrió en un 546 con destino a Belvedere. Decir ocurrió, tal vez sea exagerar la nota, porque en verdad el pasajero despreocupado sólo se limitó a constatar que ese dÃa, en su viaje cotidiano al trabajo en un ómnibus del transporte urbano de pasajeros, notó que una suerte de velo surrealista envolvÃa la unidad que lo llevarÃa a destino.
El primero en llamarle la atención fue el flaco con pantalón nevado que se habÃa colocado unos walkman del tiempo del miriñaque; abstraÃdo por completo de la realidad circundante, realizaba otro viaje paralelo al del 546. La música no se oÃa, pero era notorio que a él le llegaba muy profundo. El otro, con un peinado punk de reciente creación, miraba sin ver ventanilla afuera; también su viaje era muy otro. Pasaban autos, ómnibus, gentes, árboles, veredas… y él continuaba imperturbable con su llamativo corte de pelo, como si el mundo no existiera. A esta altura, nuestro pasajero despreocupado ya estaba convencido de que le habÃan tocado en suerte los compañeros de viaje más extraños de las calles montevideanas. Por otra parte, se habÃa dado cuenta que era el único que reparaba en los demás. Claro, también era “su” viaje. Cuando la joven que habÃa ascendido antes que él, comenzó a balancearse por el pasillo, sin control y a los tumbos, comprendió que el dÃa estaba completo… ¡Bingo! ¡Lo que faltaba! Los pasajeros que viajaban de pie le franqueaban el paso en vez de contenerla. La muchacha, de pollera muy corta y piel demasiado blanca, tomó velocidad y sólo se detuvo cuando golpeó la cabeza contra uno de los pasamanos del fondo.
Allà quedó tratando de comprender en su desconcierto -y con un foribundo golpe-, en dónde estaba y para qué habÃa tomado el ómnibus. Cuando nuestro pasajero despreocupado ya caminaba por la acera, volteó la mirada para ver el 546 una vez más, mientras se alejaba, pensando tal vez que habÃa echo un viaje digno de los tiempos que corren. *
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