Escrito por: JORGE ARIAS

Dejemos de lado la santidad de las prostitutas, esas vÃctimas de la sociedad, ese proletariado de mil y una tareas, porque al final Domingo le dirá a Filomena: “Has luchado tanto, mil veces caÃste y te volviste a levantar”. Más de mil veces, Domingo. Seguramente, más veces estuvo Filomena de espaldas: tenemos la certeza de que siempre pudo salir de las camas. Debemos creer que una prostituta tiene tres hijos, a los que crÃa y mantiene por manos ajenas; pero ninguno sabe quién es su madre. Esos hijos nacieron en un lapso de veinticinco o más años, en que Filomena fue la mantenida semi oficial de Domingo, a quien engañó, por lo menos, con dos hombres. ¡Todo sea por los hijos! La admirable mujer vuelve a engañar a su hombre: se finge moribunda para casarse con él, ahora viudo, in extremis. ¿Se preguntan los lectores por qué Domingo, que la tiene como “ama de casa con servicio completo” y que no ha querido nunca casarse con ella, accederá al matrimonio? No hay respuesta válida, salvo que sin ese episodio no hay “Filomena Marturano”. Quizás se pregunte el lector cómo los médicos y las enfermeras de Nápoles no distinguen una moribunda de una persona sana, y cómo la legislación italiana no requiere, como el Código Civil uruguayo, un certificado médico que acredite el peligro de muerte. ¡Tan atrasados estaban en Italia el derecho y la ciencia médica en 1946!
Casados y sanos es algo que no puede soportarse, porque de lo contrario no hay drama. Domingo, todavÃa con una sombra de lógica, repudia el acto, se separa de la embustera y hace anular el matrimonio, aunque. no hubo violencia, ni error en la persona; pero ya sabemos del atraso del derecho italiano. Pero, ¡para algo están los hijos, para ser utilizados! Domingo, enterado de la progenie de Filomena, cree, bajo la palabra de la embustera ex moribunda, que uno de los hijos fue engendrado por él. Quiere conocerlo, en el mejor estilo de la TV, cuando lo único natural serÃa la más absoluta indiferencia hacia un extraño. Aparecen los tres, jóvenes, hermosos, retozones; no se conocen entre sÃ. A los tres, a través del dinero que le sonsacó la heroica Filomena, los crió, educó y mantuvo, pero sin saberlo, Domingo. Ella se niega a revelar cuál de ellos es su hijo. Pero ¡ay!, conmovido (nunca sabremos por qué), este magnÃfico cornudo acepta a los tres, que le dicen “¡Papá!”; sube un peldaño más en su magnificencia y se casa con la otoñal, o invernal, prostituta o ex prostituta. Lágrimas de alegrÃa. Lágrimas en la platea. Fin de la obra.
La pieza parece insumergible. Hoy se exhibe en España, y creemos que hasta en el festival de Cádiz, por Concha Velasco, que ya hizo de Filomena Marturano hace veintisiete años. En la Argentina ha redundado en elogios y nominaciones para Betiana Blum. Hemos oÃdo decir que hay aquà una gran actuación, que justificarÃa la obra. Declaramos nuestra más viva admiración por el arte de intérprete de Blum, tanto como por el de Hugo Arana; pero no encontramos a Betiana Blum en esta Filomena Marturano. Hacer llorar no es actuar. Hábiles declarantes engañan a los polÃgrafos con respuestas que confunden los estÃmulos, como saben + los lectores de Erle Stanley Gardner. Los actores, los oradores y las plañideras supieron siempre conmover, convencer, hacer llorar. Es un arte, quizás; pero no es el arte teatral. El llanto, como la risa, es contagioso; no hay teatro en el llanto, sino sugestión, a veces histeria, a veces espÃritu de cuerpo o de rebaño. Blum  Marturano llora en escena; lo hace realmente; el público aplaude, porque es un pequeño tour de force. Somos público, y se nos desliza una lágrima, a pesar de todo. *
FILOMENA MARTURANO, de Eduardo De Filippo, en adaptación de Manuel González Gil, con Bettiana Blum, Hugo Arana, Marcelo Méndez, Diego Pando, JoaquÃn Varela, Ney Quesada, Walter Balzarini, Ignacio Bresso y MarÃa Gióvine. Iluminación de AgustÃn Cáceres, sonido de Ramiro Pinto, dirección de Manuel González Gil. Teatro Stella.
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