La voz eterna de Violeta Parra
Nadie esperaba que el 5 de febrero de 1967, Violeta Parra decidiera decirle basta a la vida, a ese gracias a la vida que le había dado tanto, pegándose un balazo.
Algunos confesaron que ese incidente terminal fue por cuestiones amorosas. Habrá que creerlo. Lo cierto es que Violeta Parra seguramente no pudo más: la voz y el cuerpo y la mente se quebraron y se mató.
Lo que no pudo matar fue su brillante, fecundadora obra con la que despertó mentes, abrió caminos a la proyección folclórica e influyó con sus coplas a más de una generación de músicos.
Ahora la antología denominada Violeta Parra reunida en cinco compactos que desglosan estéticamente su obra, la devuelven vigente e intacta: esa voz de los huesos, letánica, eje popular vuelve a habitarnos y a sobrecogernos, apenas si uno escucha sus décimas o canciones ya entranables y emblemáticas como «Volver a los 17″, la ya citada «Gracias a la vida» o la impresionante «Mazúrquica moderna».
Nacida en el seno de una familia de artistas por allí deambula en Chile ese poeta entre anarco y ecologista que viene a ser Nicanor Parra. En algún momento, precisamente Nicanor acompanó con sus insolentes decires a esa voz del alma que es Violeta. Después animó a sus hijos Isabel y Angel Parra.
Violeta Parra había nacido en el pueblo de San Carlos, situado al sur de Chile, y su trayectoria como compositora y cantante la inició junto a su hermana Hilda.
En los compactos recientemente publicados puede recorrerse a la Violeta Parra rural, a la compositora contestataria y a la que amó hasta desangrarse. Tanto talento, en efecto, podía caber en una sola mujer. Tanta intensidad, tanta hondura y tanta ternura por sus semejantes: esa fue Violeta Parra, quien murió de amor y cantó por amor al prójimo en tiempos turbulentos, revulsivos, inolvidables y que ahora se recuperan porque nunca nada está perdido y porque el olvido, en el caso de Violeta Parra, no existe.
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