Más sobre Calatrava
El público uruguayo viene respondiendo en forma masiva a la muestra Santiago Calatrava. El tórrido verano no es impedimento para asistir a uno de los hechos culturales de mayor envergadura de los últimos tiempos.Es que disfrutar, en tiempo y forma, de los trabajos de una personalidad de Calatrava es desplazarse por la audacia constructiva de la tecnología contemporánea. Uruguay ya no es lo que era en materia arquitectónica. La rutina y el comercialismo, la repetición y las convenciones más aplastantes dominan el panorama urbano de Montevideo y Punta del Este, frivolizadas por la adopción de lo más negativo de la posmodernidad, por la rastacuera y confusa solución renovadora que crece en plazas y jardines, monumentos y edificios.
La exposición de Santiago Calatrava en el Museo Nacional de Artes Visuales (miércoles a domingo de 16.00 a 20.00, entrada libre) está disenada con rigor y sensibilidad por el curador Manuel Blanco, autor también del largo y lúcido ensayo que figura en el catálogo, de indispensable lectura para una comprensión íntima de la obra del arquitecto valenciano. Que además se puede seguir a través de dos videos que se proyectan en la sala informando sobre una síntesis de su producción y una entrevista al autor. Al parecer, la muestra fue concebida con la intención de atraer al especialista y al gran público a la vez, de no dejar de informar (y formar) correcta y exhaustivamente al visitante sin necesidad de guías adicionales, a menudo improvisados. El cometido del curador se cumplió a la perfección y la sensación es de enorme gratificación al final del recorrido.
Es que pocas veces un creador puede reunir, a la manera renacentista, muchos hombres en un solo hombre. Santiago Calatrava enlaza con la misma facilidad y flexibilidad operativas diferentes lenguajes: arquitectura, ingeniería, escultura, dibujo, pintura. Domina los materiales que utiliza como soportes y en sus manos el hormigón armado parece una dócil arcilla que se pliega a sus designios estructurales y expresivos. Para eso hunde sus conocimientos en el pasado de la historia del arte. La salas hipóstilas egipcias, sus bosques de columnas, las cúpulas nervadas del gótico, las paredes inclinadas del barroco Diezenhofer en Praga, las soluciones de Baltard, Eiffel, Labrouste, Joseph Paxton, Víctor Horta, Héctor Guimard, Auguste Perret, Maillart, Tony Garnier, Luigi Nervi, Candela, Antoni Gaudí, Alvar Aalto, todos esos nombres que irrumpieron con audacia y quebraron los cánones establecidos en el último siglo y medio, con la dinamización espacial desfilan, como citas secretas y eruditas, por las obras de Calatrava. Así, tradición y actualidad, referentes históricos e invención permanente definen un estilo. Un estilo organicista renovado, optimista, afirmativo, propio de un nuevo humanismo, diferente del neoplatónico e individualista del siglo XV, que procura un entendimiento con la naturaleza y sus habitantes para establecer una armonía urbana y comunitaria. En el fondo, Calatrava es un sociólogo que apunta a resolver los problemas de la polis. Con imaginación. Con originalidad. Con seducción. El interior y el exterior, el volumen exterior y el espacio interior en su arquitectura pierden las habituales fronteras. Todo se convierte en esqueletos, cúpulas nervadas invertidas, alas de pájaros, cajas torácicas de animales, abanicos gigantescos, arpas monumentales, filigranas metálicas, tensionados y móviles, fluctuantes, transparentes, blanquísimos encuentros de hormigón, acero y cristal. Nada permanece oculto al espectador, todo se muestra con claridad meridiana, esa constante mediterránea.
La imponencia de su arquitectura, si bien es llamativa, jamás es impositiva u opresiva. Es una invitación al disfrute de un puente peatonal, de una estación ferroviaria o de metro, de un museo, todos temas eminentemente colectivos y de comunicación (y hasta de comunión). Quienes han podido estar en Lisboa, Bilbao, Valencia o Barcelona habrán experimentado la liviandad de la Estación Oriente, la ligereza del puente sobre el río Nervión, el fabuloso emerger de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, las emblemáticas torres de comunicación. Obras que resplandecen durante el día y adquieren un aura mágica durante la noche.
Como escribió Eduardo A. Folle en 1994, «Calatrava no puede ser clasificado o asociado a ningún estilo arquitectónico en particular, sino que confluyen en él los aportes de importantes períodos de la historia de la arquitectura contemporánea.» Y agregó: «El proceso creativo demuestra también una gran capacidad práctica. Del croquis al boceto inicial, se pasa al trabajo en maqueta, pero quizá la pieza fundamental de trabajo es el corte. En el corte están presentes tanto los elementos arquitectónicos como los estructurales, también la escala de las construcciones y las interconexiones entre los diferentes elementos, con sus respectivos detalles. Si pasamos revista rápidamente al conjunto de sus proyectos, veríamos que éstos se generan mediante la multiplicación de una sección que puede ser paralela a sí misma (definición del volumen por extrusión) o girando en torno de un eje (volumen por revolución)». Esas agudas observaciones sirven para afinar la visión de la arquitectura de Calatrava y aumentar el entendimiento y el goce. Vale la pena insistir: es una exposición que hay que ver, indispensablemente. Incluso, varias veces.
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