OBRA DE DE GOLDONI EN EL TEATRO VICTORIA

Arlecchino, servidor de dos patrones

La «Commedia del’arte» parece haber surgido de farsas locales: como un homenaje a ellas, el original de Arlecchino está poblado de voces del dialecto bergamasco, al punto que se edita con un diccionario de las locuciones regionales empleadas. La «Commedia…» designaba a un grupo reducido y por lo general itinerante, de versátiles actores; la consiguiente necesidad de hacer cada intérprete más de un papel, explica la presencia de las máscaras. Siempre había dos hombres mayores (aquí Pantalón, por Nubel Espino y el Doctor, por Dardo Delgado), un enamorado y su amada, dos o tres sirvientes (Arlecchino, Smeraldina) y algún personaje extra (Brighella, por Charly Alvarez, aquí un posadero). La nueva comedia, culta e ingeniosa, sustituyó a la antigua y nunca más hubo «Commedia dell’Arte» y es un error del programa la afirmación de que la «Commedia…» «determinó en Occidente el comienzo del oficio de comediante», que existía desde tiempos inmemoriales. Todas las intrigas sobre una mujer disfrazada de hombre (Beatrice, por Pelusa Vidal), su amante Florindo (Daniel Bérgolo) los dos patrones de Arlecchino y el final feliz con el reencuentro de las tres parejas pertenecen al refinado ingenio y a la energía laboriosa de Carlo Goldoni.

Sea como homenaje al teatro popular desaparecido, sea como tributo a un populismo artístico cuya moda pasó, Giorgio Strehler intentó revivir la «Commedia del’arte» y para ello no encontró nada mejor que su negación, el Arlecchino de Goldoni. Así incluyó en su puesta en escena con el Piccolo Teatro de Milano más elementos de la «Commedia dell’arte» que los que ya contenía el texto del escritor veneciano. Desde entonces, por ese incoercible sentido de la imitación acrítica que padece nuestro teatro, parece imposible poner en escena en nuestro medio Arlecchino (que se repone hoy, una vez más, en el Piccolo Teatro de Milano) tal y como la escribió Goldoni, que ya durante su vida debió defender su obra de vulgarizaciones y abaratamientos.

Sin duda para hacer la obra más popular, y quizás «a la uruguaya» (?) Ismael Da Fonseca ha recurrido a varias adiciones que en vez de sumar restan. Así le inserta a la obra todos los falsetes, carreritas, saltitos y repeluznos que, craso error de nuestra parte, creíamos desterrados de nuestras tablas; pero además le añade parlamentos propios, algunos tan sutiles como un «Â¡Váyase a la mierda!» cuya inmediata hilaridad, todos sabemos, es la piedra de toque de la buena comedia; todavía añade el director alguna observación de su saber en dietética, y le atribuye colesterol al aceite de oliva.

Sin duda Da Fonseca posee un entrenamiento gimnástico muy considerable; pero todos los movimientos, rítmicos o sacudidos, con que adorna a Arlecchino nada tienen que ver con el ballet y sí con la gimnasia, por lo que no obtienen sino el desconcierto del espectador. Hay también, desde el punto de vista de la actuación, un cultivo de la distorsión fonética sumamente molesto: no se sabe qué quieren decir una serie de efectos vocales, como bisbiseos, resoplidos, chasquidos de lengua, gallos, gorgoritos y masculleos, amén de movimientos arbitrarios como brincos, azacaneos, zapatetas, sacudidas, estremecimientos, temblores y lances de karate, que tampoco tienen sentido alguno. Fue tal la cantidad y la impertinencia de los agregados, que en los hechos impidieron ver y seguir la obra con normalidad, tal cual la proyectó su autor. *

ARLECCHINO, SERVIDOR DE DOS PATRONES, de Carlo Goldoni en versión de Ismael da Fonseca. Con Nubel Espino, Leticia Scottini, Dardo Delgado, Pablo Isasmendi, Pelusa Vidal, Daniel Bérgolo, Charly Alvarez, Pilar Cartagena, Ismael da Fonseca y Jorge Lepra. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Carlos Pirelli, luces de Eduardo Guerrero, selección musical y dirección de Ismael da Fonseca. En teatro Victoria.

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