El (im)pulso del baladista
En el principio fue el rocanrol. Alejandro Lerner asomó, a la luz de los observadores calificados de la vecina orilla, prácticamente como un prodigio: gratificante fraseo y coloraciones en el piano, voz ganchera, letras interesantes y hasta insolentes.
Y esa medida estilística, o más concretamente esa curva discursiva fue acentándolo y otorgándole un porte y un temperamento como cantautor hacia la década del 70: un joven más que promisorio ingresando al territorio de la cultura del rock y en donde fue dejando ver la hilacha o su predilección por las inflecciones baladísticas, las que de algún modo definen su aquí y ahora. El asunto es que más allá de aciertos –que los hay– y desaciertos, Lerner fue consolidándose como un artista pop en el que las tramas líricas de sus materiales, de sus construcciones melódicas trazaban un puente con una textualidad de puño amoroso no exenta de comentarios mordaces, punzantes y hasta si se quiere ingeniosos.
Si alguien quiso ver en Lerner una versión regional de Billy Joel, en todo caso hubo meramente una intencionalidad del pianoman argentino. Si otros pretenden delatar rastros de James Taylor en su época más despojada, habrá que leerlo como una influencia entre tantas. Su corpus compositivo no revela tales dimensiones en este caso en el performer argentino. La saga de discos diseñados por Alejandro Lerner deja una estela, una perspectiva y un resultado: un transparente y progresivo trabajo de producción artística y expositivo donde la conducta estética en todos estos años no se ha modificado demasiado.
Y una línea de composición que si bien no se alejó del todo del rock, sin embargo fue recostándose a esas texturas baladísticas que recogieron (y requirieron) intérpretes tan disímiles como Luis Miguel, Mercedes Sosa y otros, además de autogestarse una mayor incidencia popular a partir de que algunas de sus canciones sirvieron de cortina musical para algún segmento televisivo.
Lerner nunca va a hacer la música que propone La Renga o Los Piojos, por citar dos variantes de rock, acaso porque su espíritu creativo transcurre por la superficie a veces confesional de ese universo donde la voz, respaldada por melodías envolventes, posee sus méritos y sus derrapes, en ocasiones estos últimos porque no logran contener esas densidades melodramáticas, edulcorantes de más.
El nuevo disco, Si quieres saber quién soy, alcanza la madurez de quien por años ha venido trabajando bajo los presupuestos ejecutivos y estilísticos antedichos. El oficio de Lerner, en esta oportunidad, supone lograr materializar una contagiante propuesta: Una serie de baladas de estirpe amorosa –con la excepción de la comprometida canción que da nombre al disco–, y que de alguna manera refleja claramente su ser y estar, su modo expresivo en temas rigurosamente ejecutados, muy expresivos en ejemplos como «Inevitable», «A usted», o «Se ríe de mí», entre otros.
Lerner no oferta novedades, pero sus fans estarán más que gratificados con esta propuesta de baladas solares, nunca desgarrantes, siempre apostando a una velada musicalidad light.
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