SER DIGNO DE SER: UN FUERTE ALEGATO DE SESGO HUMANISTA CON ALGUNOS DESLICES SENSIBLEROS

Hijos de la tragedia y el desarraigo

El alineamiento en torno a dos bloques liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética tuvo también una influencia determinante en los países satélite del denominado tercer mundo, potenciales cotos de caza de ideologías antagónicas y prácticas neocolonialistas.

Una de las regiones más conflictivas y afectadas por esta confrontación planetaria entre la coalición capitalista y la socialista fue nuestra América latina, devastada, particularmente durante la década del setenta, por terribles dictaduras genocidas auspiciadas por la Casa Blanca y el Pentágono.

Sería redundante repasar los atropellos perpetrados contra los derechos humanos en nuestro balcanizado continente, cuyas heridas, en muchos casos, se han perpetuando en el tiempo.

Aunque resultaría una visión meramente reduccionista atribuir todos estos males a la guerra fría y no a la acción de los cipayos promotores del modelo de acumulación capitalista, esa enconada lucha por el poder tuvo  en muchos casos- trágicos desenlaces.

En Ser digno de ser  filme que cosechó galardones en el Festival de Berlín y otras importantes muestras internacionales- el cineasta Radu Mihaileanu construye un desgarrador cuadro del desarraigo social y cultural, ambientado en la Etiopía de mediados de la década del ochenta del siglo pasado.

Entre 1984 y 1985, miles de judíos etíopes migraron rumbo a Israel, en un puente aéreo tendido por Israel y Estados Unidos.

Sin embargo, otros nativos, que intentaron abandonar el país por sus propios medios, murieron en el intento, víctimas de la violencia política, la pobreza y la desnutrición crónica.

Eran tiempos de la dictadura de Mengistu Ail Mariam, y de cruentos conflictos derivados de enconados odios y voluntades separatistas en la región, alimentadas, en parte, por la lucha de supremacías entre las potencias de la época.

En sus primeras secuencias, el filme impacta por la poderosa sugestión visual y testimonial de algunas imágenes, que reconstruyen el tortuoso éxodo de miles de refugiados judíos negros, muchos de los cuales perdieron la vida en procura de alcanzar la utopía de llegar a su tierra prometida.

En medio de ese paisaje de devastación de trazo realmente apocalíptico, una madre cristiana que ya ha perdido a casi toda su familia, falsifica la identidad de su hijo de ocho años, con el propósito de salvarlo de un triste destino.

En ese contexto, tras aleccionarlo debidamente para que se mimetice entre los judíos emigrantes, entrega al pequeño a otra mujer que ya tiene reservado su lugar en un avión que partirá rumbo a Israel.

La dolorosa despedida impregnada de dolor provoca en el espectador una sensación de amargo desencanto, por la compulsiva ruptura de los lazos filiales y afectivos. Sin embargo, es claro que ese gesto de desprendimiento es, a la sazón, un acto de amor.

Con ese trasfondo histórico, Radu Mihaileanu construye una historia de supervivencia en condiciones paupérrimas, que recorre toda la peripecia del protagonista, desde su infancia hasta su edad adulta.

El filme observa la realidad a través de los azorados ojos de ese pequeño vulnerable y temeroso, que se parapeta permanentemente detrás de una falsa identidad, para no ser deportado y enviado de regreso a su martirizada Etiopía natal.

La existencia del niño se torna una experiencia tortuosa, desde su inicial inadaptación al colegio hasta su compleja inserción en el seno de una familia sustituta, integrada por un matrimonio de judíos socialistas y antibelicistas y sus dos hijos.

El realizador, que también es autor del guión, propone una obra ambiciosa por sus alcances, que discurre entre el testimonio de sesgo humanista y el alegato político.

Por debajo de esa superficie a menudo discursiva aflora la tragedia de la violencia, la intolerancia y el desamparo, en un planteo que no se limita meramente a las víctimas de este doloroso episodio histórico.

El filme denuncia la xenofobia y el racismo que padecieron estos etíopes emigrantes, que pese a ser judíos, en muchos casos fueron brutalmente segregados por el color de su piel.

También plantea  sin eufemismos- el terrible drama de los refugiados, condenados a una traumática vida trashumante, a la humillación, al desprecio y a la aberrante pérdida de identidad.

Sin embargo, más allá de sus valores intrínsecos, en su último tramo, el filme se desdibuja y padece ciertos excesos de sensiblería, más propios del cine comercial hollywoodense que de una obra con pretensiones testimoniales.

De todos modos, pese a esos altibajos, Ser digno de ser es un trabajo valioso, que indaga, con particular sensibilidad y un elocuente retrato de la realidad, en la tragedia de los parias de la modernidad. Vale. *

 

SER DIGNO DE SER. Francia, Bélgica, Israel, Italia 2005. Dirección: Radu Mihaileanu y Alain Michel Blanc. Guión: Radu Mihaileanu. Música: Armand Amar. Fotografía: Rémy Chevrin. Reparto: Yael Abecassis. Roschdy Zem, Moshe Agazai, Mosche Abebe y Sirak Sabahat.

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