Paternoster: otra guerra del cerdo
No digamos hoy «deuda con antecedentes teatrales»: «Paternoster» no tiene originalidad alguna. La dialéctica del amo y el servidor, del dominador y del dominado, que cambian sus papeles ha sido usada y abusada hasta la caricatura. Ionesco en «La lección», Arrabal en sus obras completas, Camus en «El malentendido»… la lista es larga. Entre las obras locales podríamos mencionar «El huésped vacío» y «Los disfraces» de Ricardo Prieto y en el cine «El sirviente», «La señorita Julia» y aún «La secretaria».
Podría ocurrir que la pieza, con su trama de segunda mano, valiera por la creación de personajes, pero esto no ocurre, y no ocurre por el error más evidente de la mala literatura. Personajes unidimensionales, de una pieza: no hay personajes vivos. Los viejos (Bernardo, por Horacio «Bimbo» Depauli; Amalia, por Beatriz Massons), vulgares, pacatos y homófobos, son el Mal; el joven (Néstor, por Alvaro Armand Ugon), que reivindica el derecho a decidir por sí sobre su vida, es el Bien. Pero nuestro trato con abstracciones es difícil: difícilmente querríamos a nuestros amigos si fueran perfectos. La vida de los personajes es su debilidad: si Don Quijote está vivo es porque su valor aparece depreciado por su locura. Si al cortar una frase de Montaigne brota sangre, como decía Nietzsche, es porque confiesa sus vacilaciones, sus temores y contradicciones, sus arenillas del riñón y su predilección por las salsas. Eduardo, en «En familia» de Florencio Sánchez es inolvidable porque une lucidez con incapacidad de actuar.
Se ha querido encontrar en «Paternoster» un sentido político, que sería la lucha entre la fuerza y la razón: pero aparte de su autoritarismo y su extraño ánimo criminal, decretado en el escritorio del autor, ni los viejos son «la fuerza», entidad que todos parecen conocer pero que para nosotros es pura metafísica, ni el joven es «la razón». Si se trata de una alegoría de la sociedad uruguaya contemporánea, hay que decir que la visión es errónea. Habría que mostrar cómo nuestra sociedad destruye imparcialmente a los más jóvenes y a los más viejos en beneficio de la franja intermedia (de los 35 a los 55 años). No es una sociedad «envejecida»: es una sociedad expropiada por la edad madura, y ni los jóvenes ni los viejos son el problema.
«Paternoster» tuvo una repercusión, cuyas ondas llegan hasta hoy y aún motivarán nuevos reestrenos, que sólo puede explicarse por hablar, en voz muy baja, contra el autoritarismo y el crimen en plena era militar. Era como el fortissimo de «Â¡Tiranos, temblad!» cuando se cantaba el Himno: nada ni nadie tembló. Hoy la obra muestra que fue escrita sin ingenio, sin gracia y sin pasión. Es fría, remota, sin interés. Desvanecidos en el aire los préstamos y socorros de los ansiosos espectadores, el vuelco radical de la trama, donde los sumisos viejos pasan en un segundo a criminales en serie, resulta muy forzado; y hasta hay algo de mala fe en el planteo de Langsner, donde nada permite suponer, ni remotamente, lo que va a pasar.
La puesta en escena de Alvaro Ahunchain ha tropezado, además, con el espacio de La Colmena, que es demasiado grande. Hay tiempos muertos en todo entrar y salir de escena por la distancia a recorrer, lo que no beneficia al ritmo de la obra. Algunas actualizaciones, como la mención a la «pasta base» son irrelevantes; otra, como el semidesnudo del joven, corresponde a otra obra, más frontal, sobre la tortura, que no está escrita. La cópula final de los viejos es difícil de entender: que la libido puede ser excitada por la crueldad, es una observación justa, pero necesitaríamos el concurso de Sade como libretista. Amalia y Bernardo no tienen ni verdadera tontería, ni crueldad que mortifique, ni maldad que pueda temerse.
PATERNOSTER, de Jacobo Langsner, con Verónica O’Brien, Alvaro Armand Ugon, Horacio «Bimbo» Depauli y Beatriz Massons. Iluminación de Nacho Tenuta, música en vivo de Felipe Ahunchain, dirección general de Alvaro Ahunchain. En La Colmena, Maldonado 2182.
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