Marcados para siempre

Los horrores de la historia de la humanidad constituyen un estigma amargamente perdurable, que trasciende en el tiempo y permanece impreso en la memoria colectiva.

Sin necesidad de rígidas cronologías que no siempre coadyuvan a una mejor interpretación de los procesos en su globalidad, una minuciosa observación de la historia permite visualizar las causas y las consecuencias de la barbarie humana.

En la mayoría de los casos, la génesis de la violencia reside en los fundamentalismos laicos y religiosos, que recrudecieron contemporáneamente con renovada ferocidad.

No obstante, es indispensable no incurrir en visiones reduccionistas que limiten el razonamiento, atribuyendo el origen de la prepotencia a meras motivaciones filosóficas.

Las diversas relaciones de causalidad que percibimos en nuestro tiempo, nos permiten inferir que los peores fundamentalismos del siglo XXI no nacieron únicamente en las academias militares de elite, sino en las escuelas monetaristas.

Las nuevas teorías que engendraron el neoliberalismo como fase superior del modelo de acumulación capitalista, están provocando desastres sociales de proporciones.

Todas estas circunstancias dejan huellas indelebles en la epidermis de la historia, que seguramente, en el futuro, se transformarán en insumos de análisis para los investigadores.

Esa memoria siempre interpelante es la que nos permite recrear, por ejemplo, las aberrantes violaciones a los derechos humanos perpetradas por la dictadura uruguaya, así como también los crímenes cometidos por la Alemania nazi.

En «Marcados para siempre», el autor uruguayo Roberto Cyjon reconstruye el horror de los campos de concentración y el holocausto judío, a través de testimonios reales de sobrevivientes de esa experiencia de exterminio colectivo.

Esta novela evoluciona a partir de un relato de trazo bien cotidiano ambientado en nuestra entrañable Montevideo, que comprende a tres generaciones, incluyendo naturalmente a jóvenes de nuestro tiempo.

Aunque la obra no pretende ser un libro de historia ni nada que se le parezca, la recreación de un pasado sin dudas doloroso, sitúa los acontecimientos en el horizonte del presente.

Partiendo de la tesis de que el horror es una herida imposible de restañar, el autor asume un revelador ejercicio de memoria, con un sentido claramente aleccionante.

De las entrañas del propio relato va emergiendo una pesadilla subyacente, que el autor recupera con el claro propósito de reabrir el siempre vigente debate sobre el odio racial y la mesiánica alienación que, hace más de medio siglo, provocó el incalificable genocidio perpetrado contra millones de judíos, gitanos y opositores al régimen nazi fascismo.

Esos tatuajes impresos en las muñecas de los ex prisioneros sobrevivientes de los campos de exterminio, las cámaras de gas y los hornos crematorios, convocan a una unánime condena a los deleznables crímenes perpetrados por los verdugos del ayer.

Sin embargo, más allá de eventuales valores literarios y testimoniales, resulta ciertamente insoslayable ensayar una profunda reflexión sobre los horrores del hoy, que involucran a otros pueblos, otras víctimas y otros victimarios. *

(Ediciones de la Banda Oriental)

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