Tiene la palabra

Canal 12 nos dejó sin la Polla

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

* Quienes somos veteranos y ya no podemos concurrir al Hipódromo por falta de «divisas», vemos los domingos la información turfística por TV.

El domingo luego de correrse la «Polla de Potrillos», nos prendimos a Canal 12 esperando que el periodista Tuana nos diese dicha información y las imágenes del clásico. ¡Todo un fiasco! Se dio el resultado, pero lejos de pasarse la «Polla» (se mostró una prueba común, dejándonos con las ganas).

Luego de pasado el informativo llamamos al canal y (¡Oh, casualidad!) nos atendió el propio «favorito» Tuana, quien nos pidió disculpas por la omisión, pero aclaró que no fue suya, sino de los camarógrafos que deben tomar la información, y agregó que con la ida al fútbol de muchos de ellos, el turf se deja un poco en segundo plano.

Es lamentable que en un evento tan importante como la «Polla de Potrillos», primera prueba de la «Triple Corona», el jefe de informativos de Canal 12 no tome las providencias del caso. Además, pensamos que Hípica Rioplatense, también debería tomar cartas pagando, si se le exige, para que las grandes competencias de Maroñas se difundan como se debe.

SSS – MENDIZABAL

 

Un aniversario más de la batalla de Carpintería

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

* El 19 de setiembre se conmemoró el 170 aniversario de la batalla de Carpintería, librada el año de 1836 a orillas del arroyo homónimo- un tributario del Río Negro en el departamento de Durazno- entre el ejército gubernista comandado por Ignacio Oribe y el revolucionario al mando de Fructuoso Rivera.

Dicho encuentro cobra trascendencia histórica por ser el escenario donde nacen a la luz pública nuestras divisas tradicionales, blanca y colorada.

Nacida la primera merced a un acto gubernativo, decreto fechado el 10 de agosto de aquel año, donde se imponía su uso a todos los jefes y soldados del ejército, a los empleados públicos y, en general, a todos aquellos ciudadanos no enrolados, «como una señal de su adhesión a las leyes e instituciones de la República», según rezaba, en su parte medular, aquella ordenanza. Sobre fondo blanco debía lucir la inscripción «Defensores de las leyes»; de ahí el mote de «blancos» o «blanquillos» que a los soldados del gobierno atribuyeran los revolucionarios.

Nacida la colorada por imposición de las circunstancias, pues, como es sabido, el ejército de Rivera -titulado constitucional- venía usando el color celeste de la escarapela nacional, el que sería desechado debido a que devenía blanco por acción del desgaste y los elementos atmosféricos, y sustituido por el encarnado de las bayetas y los forros de los ponchos gauchos. (Una versión, recogida por Eduardo Acevedo, indica que algunos de ellos milicianos crudos, usaron, a modo de divisa, «una tierna -y colorada- flor de ceibo).

Escribía hace algunos años el profesor Carlos Cigliutti al respecto: «En rigor, el choque primero (en Carpintería), definió los partidos. Porque la divisa blanca habría tenido el mérito que su autor buscaba, si su uso hubiera sido espontáneo y desinteresado. Pero no fue una invitación la de su uso: fue una imposición. No por solidaridad sino por obligación, la gente usó la divisa uniformadora y anticipó así la homogeneidad igualitaria del mandato. En cambio, Rivera usó la divisa del símbolo y lo usó con orgullo recordando sin duda, el vigor de la sangre derramada por la libertad nacional».

De modo tenaz lucharon aquel día blancos y colorados, partidarios del presidente Oribe y del general Rivera, en entrenamiento civil que excedió los límites de lo meramente político para expandirse a lo profundamente social.

Pues de un lado, junto al primer mandatario, militó lo más selecto y rancio del patriciado- especialmente el ligado a la gran propiedad rural- tan amigo del orden como contrario a los caudillos, sean estos los de 1811, 1825, 1832 o 1836, siempre depredadores de haciendas.

Mientras en el otro bando, junto a Rivera, a «Don Frutos» -así lo llamaba familiarmente el pueblo liso y llano que le seguía con devoción casi mística- se congregaba la porción más numerosa de los desheredados del país. No en vano don Juan Pivel Devoto diría de él, que se trataba de un «hijo auténtico de la revolución (independentista) que se daba sin tasa sólo a los humildes».

Baste recordar que en 1821 fundaba, a orillas del Río Yi, la Villa de San Pedro del Durazno con los «huérfanos de la Patria», es decir, con las familias de los veteranos de la gesta artiguista que erraban por la campaña las más de las veces sin un magro pedazo de tierra donde vivir. Su querida y tan cargada de historia Villa del Durazno, sitio desde donde ejerció por prolongados lapsos la primera magistratura, centro de sus recursos, como le definió, escenario de amoríos, cuartel general y lugar de peregrinaje del pobrerío rural.

Fue también por aquellos pagos duraznenses que fundaría en 1833, con indígenas guaraní-misioneros provenientes de Bella Unión, el poblado de San Borja del Yi. Pues fue Rivera, y está hoy harto comprobado, caudillo de los indios Tapes que constituían parte sustancial del caudal democrático de nuestra campaña- especialmente en la parte septentrional del Río Negro-, así como porción sustancial del primer ejército patrio, y de las peonadas pobres de bienes y solemnidad, de las estancias cimarronas del lejano norte.

No en balde es que sería definido por Reyes Abadie y José Claudio William, en su conocida obra «La economía del Uruguay en el siglo XIX, como un «militar guerrillero de legendario prestigio y caudillo de la plebe campesina».

Cumplamos, entonces, en recordar, la fecha de Carpintería y a través suyo a la revolución que culminaría dos años más tarde con la victoria de Rivera -y cuyo tratamiento excede los límites brevísimos de esta carta- desde una perspectiva poco explorada: la que observa, más allá de la contienda política desatada entre ambos bandos, la guerra social entre el Estado patricio y el caudillo dilecto de las masas, fundador del Partido Colorado. Aquel «Patriarca de los tiempos viejos, caudillo de nuestros mayores, grande y generoso Rivera», al decir de uno de los uruguayos más universales, José Enrique Rodó.

NELSON DELLEPIANE BRANDA – C.I: 1.636.592-3

ATILIO CONDE FAGUNDEZ – C.I: 2.769.338-8

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