Dos muertes luso-brasileñas
El domingo pasado en Lisboa falleció el arquitecto José Sommer Ribeiro. Tenía 82 años. Figura emblemática de las artes visuales en Portugal, personalidad rectora de la Fundación Calouste Gulbenkian, eligió la sede para su construcción en el ex Parque Santa Gertrudes, y principalmente, tuvo la difícil misión del montaje de exposiciones y de asesor artístico de la Gulbenkian durante cuatro décadas, poniendo de manifiesto un inusual talento e inventiva. Muchas de las muestras internacionales que realizó pudieron ser comparadas en el exterior y ninguna se aproximó a las suyas, en París o Madrid. Es que, su refinamiento y dominio del espacio (que supo compartir con otro talento, el pintor Fernando de Azevedo) supo adecuarlos a cada circunstancia en particular, ya fuera en el dieciochesco Palacio de Oeiras, sede primitiva de la Gulbenkian, la Sociedad Nacional de Bellas Artes, el Pabellón Ferial o el Museo Nacional de Arte Antigua/de las Ventanas Verdes.
En ese sentido, Los Tesoros del Museo de Bagdad y la monumental retrospectiva de Wolf Vostell, quedarán como ejemplos imborrables de su capacidad creativa.
De talante típicamente portugués, en el trato amable y cordial, refinado y atento en el dialogar pausado y cansino, como si todo el peso del mundo lo acompañara, pero que también sabía imponer su autoridad y convicciones al señalar a los mediocres y advenedizos que lo circundaban.
Quien esto escribe mantuvo una relación profesional, de crítico a director de la poderosa institución, y Sommer Ribeiro supo recibir elogios y reparos a su labor con elegante disposición. Un hombre de excepcionales contactos internacionales (en bienales y otras mega exposiciones), quizá sin arriesgar demasiada audacia en relación a los artistas contemporáneos y a las nuevas generaciones que pudo incidir desde el sitial de decisión privilegiado que mantuvo durante largo tiempo.
En 1981 orientó el Centro de Arte Moderno de la Fundación Gulbenkian hasta su jubilación en 1993, pasando a dirigir la Fundación Arpad Szènes, Viera da Silva, con indiscutible autoridad, acogiendo, entre otras muchas, una sensacional muestra del libro Jazz de Matisse. Fue desde allí y a solicitud de quien escribe, que envió una estupenda muestra de grabados de Maria Helena Vieira da Silva para el museo Torres García de Montevideo.
La última entrevista con él en la Fundación de la hermosísima y recoleta Plaza de las Amoreiras, en julio del presente año, mientras esperaba el taxi que lo conduciría a una periódica visita médica, se despidió de su amigo uruguayo sin disimular, en el extenuado físico y la voz susurrante, que era el definitivo adiós.
Antes, el 10 de setiembre, en su ciudad natal de Porto Alegre, falleció Tânia Franco Carvalhal. Presidenta de la asociación Internacional de Literatura Comparada (ICLA/AILC), fue la única estudiosa iberoamericana que accedió a ese alto cargo en el campo de los estudios literarios mundiales. Conocida en Uruguay por su participación en numerosos encuentros internacionales (Homenaje a Haroldo de Campos, Salto, 1991, Congreso de Profesores de Literatura del Uruguay, 1989), docente, investigadora, crítica literaria, ensayista, fue fundadora y primera presidenta de la Asociación Brasileña de Literatura Comparada (Abralic), la de mayor importancia continental.
Doctorada en la Universidad de San Pablo, era profesora emérita de la Universidad Federal de Río Grande del Sur, donde se desempeñó como profesora titular de Teorías y Crítica Literaria y orientadora del programa de posgraduación de Letras, además de realizar cursos y conferencias en las principales universidades de Europa, Asia, Africa y América.
De incansable actividad, creó grupos de investigación y estimuló emprendimientos editoriales, conferencias y coloquios, publicando numerosos libros. *
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