SHAKESPEARE, GERTRUDE STEIN, PERRAULT Y OTROS AUTORES

Sigue la fiesta teatral en Porto Alegre

La puesta en escena de Roberto Lage sigue razonablemente al texto original y, salvo un beso fuera de contexto, no tiene ninguna relación, Dios sea loado, con los impromptus de Eimuntas Nekrosius en «Othelo»,

La obra se comunica bien, y Lage ha tenido el tino de acercar los actores al público, con una luz de sala casi permanente y diversos «apartes», muy shakespeareanos, donde los agonistas se dirigen al público para comentar la acción o narrarla. Lo que sigue puede ser un error de nuestra parte, pero la idea que tenemos de Ricardo III (que extrajimos de la memorable puesta en escena de Sergio Blanco, en su primer trabajo de dirección) no es el desarrollo de la vida, pasión y muerte de un malvado: lo que distingue a Ricardo III de tragedias isabelinas como «La tragedia del vengador» de Tourneur, es que está armada para el momento en el que Ricardo, al borde de la derrota, nos muestra su valor y, nos guste admitirlo o no, nos identificamos con él y somos Ricardo. Pero somos Ricardo porque lo hemos comprendido a partir de nuestro conocimiento de la maldad, conocimiento que no podría existir si no tuviéramos (como algunos siglos después nos mostraría el psicoanálisis; como algunos siglos antes nos mostraron los trágicos griegos) algunos recovecos del infierno en nuestro ser. Y la grandeza de Shakespeare, aquí, está en cuestionarnos hoy, con palabras de antaño, escritas en un contexto histórico y social muy diferente del de nuestros días. Creemos que Ricardo III debe despedir más horror, más repulsión, casi espanto ; pero también debe dejarnos una lección de humildad, al reflejar, sin esperanza ni desesperación, nuestros abismos.

Mención especial merecen, no sólo la actuación de Frateschi, sino el vestuario y la escenografía de Sylvia Moreira. Al concluir la obra Frateschi se dirigió al público, que lo aplaudió de pie, con cuatro acertadas frases de agradecimiento que deben anotarse: para el director de la obra, Roberto Lage, para su escenógrafa y vestuarista (y esposa) Sylvia Moreira, para Eva Sopher, líder de la reconstrucción y ampliación del teatro San Pedro y su equipo, y para el director del festival, Luciano Alabarse.

Ricardo III de Shakespeare, por Agora Teatro de San Pablo, con Celso Frateschi, Ricardo Homuth, Renata Zhaneta, Plinio Soares, Patricia Gaspar, Angelo Brandini, Paulo Vasconcelos, Bel Teixeira, André Frateschi, Anahi Rubin, Eduardo Gomes, Flavia Milioni, Hermes Baroli y Sheila Friedhofer. Escenografía y vestuario de Sylvia Moreira, dirección de Roberto Lage. En teatro San Pedro.

 

La ambición de Inés Saavedra es admirable, pero excede sus posibilidades. Tiene en sus manos el tema de la inmigración, pero no le alcanza con retratar a los inmigrantes gallegos: los mismos actores que representaron a republicanos españoles deben hacer de inmigrantes judíos que huyen de los cosacos. La escenografía quiere contener todo: un barco, el frente de batalla en la guerra civil española, un vestuario. Una vez que se apodera del tema de la inmigración, Saavedra quiere añadir a su pieza el teatro del absurdo con sus idiosincrasias insensatas, gestos inexplicables, sorpresas, mayormente al comienzo de la obra. Los dos propósitos no llegan ni a integrarse ni a realizarse sucesivamente, cada uno por su lado, como tampoco se integran entre sí las dos historias de los dos pueblos migrantes. Al final, la cuerda sentimental, pulsada por el sector español de la pieza, conmueve y redefine la obra, sacándola de su evidente confusión a costa de anular su múltiple sentido. La escena final, con el tambor y la gaita, tuvo un impacto excesivo, no suficientemente preparado por un acopio previo de observación o de ideas.

Los hijos de los hijos, de Inés Saavedra, con Ricardo Merkin, Susana Pampín, Marcelo Xicarts y César Rojas, dirección de Inés Saavedra y Damián Dreisik. En sala Carlos Carvalho, Casa de la Cultura Mario Quintana.

 

La prosa de Gertrude Stein es muy apreciada por la crítica literaria; por nuestra parte, sin negar en absoluto sus valores, hemos sucumbido a su lectura in extenso víctimas de un mortal aburrimiento. Algo parecido debe suceder con el texto, altamente especulativo y referente al teatro, que el intrépido actor Luiz Paetow trata de parar sobre las tablas. El resultado, en el mejor de los casos, es una animada lectura de Stein; anotamos que a menudo el actor, para variar un poco la dicción, emplea volúmenes de voz que no concuerdan claramente con lo que dice. Como a Stein, se lo puede admirar.

Pecas, de Gertrude Stein, por Luiz Paetow, en Armazem «A» dos Cais do porto (muelles del puerto).

 

En Buchettino hay sólo una mujer que lee el cuento y una banda sonora. El teatro está en la platea: a los espectadores se les ubica en camas, se les sugiere acostarse, cubrirse con la frazada, apoyarse en la almohada, cerrar los ojos en la oscuridad y escuchar el cuento que preludiará el sueño de un niño. La encantadora Mónica Demuru obró el prodigio de una actriz italiana hablando un portugués perfecto, que convenció a no pocos espectadores de que la Compañía Raffaello Sanzio de Cesena, Italia, había contratado una actriz brasileña.

Buchettino es la triste historia de Pulgarcito, con todos sus horrores, registrados implacablemente entre la narradora y el sonido. No se nos ahorra ni las niñas degolladas ni los menores gruñidos y ronquidos del ogro. Espectadores generosos encontraron ternura, gracia, originalidad ; nosotros sólo pudimos repasar el cuento de Pulgarcito, ahora potenciado por los amplificadores, que no nos deleitó cuando niños y que hoy parece inadecuado para adultos.

Buchettino, sobre «Pulgarcito» de Perrault, por la Compania Societás Raffaello Sanzio (Italia). Narradora Mónica Demuru, dirección de Claudia Castellucci, en «Armazem A» dos Casi de Porto.

 

La adaptación del drama Estado de sitio (espectáculo fuera del festival) de Albert Camus, con tema similar a «La peste», por los alumnos de «Oi nois aquí travéis» muestra algunas constantes del grupo de maestros: la utilización adecuada de la música, el buen vestuario artesanal, la escenografía urdida con materiales de desecho pero original y eficaz, la acertada composición plástica de las escenas, el buen trabajo gestual y de dicción, el dominio del espacio, la brillante iluminación. El obstáculo para hacer de Estado de sitio una obra maestra está en el libreto, que tras un planteamiento apasionante -la lucha contra los poderes, a cargo de un hombre solo- vuelve y revuelve sobre sus premisas sin crecer ni remontar vuelo ni arribar a claras conclusiones. No bien comienza el drama presentimos el final : lo que hay en el medio, como decía Oscar Wilde que sucede con los amores, es relleno.

«Oi nois aquí travéis» está ensayando «La misión» de Heiner Müller, que se estrenará a fines de octubre, con Tánia Farías como Sasportas, Paulo Flores como Debuisson. El 27 de noviembre comenzará, con una conferencia a cargo del autor de estas líneas, un seminario sobre Müller.

Estado de sitio, de Albert Camus, adaptación de la Escola de Teatro Popular con la coordinación de Tánia Farías, Paulo Flores y Clelio Cardoso, con Cristina Salib, Damiana Bregalda, Dórian Hertzog, Edgar Alves, Eugénio Barboza, Iurqui Pinheiro, Judit Herrera, Leandro Vargas, y Marci Leandro. Música de Douglas Fortunato, Iurqui Pinheiro y Rafael Salib dirección de Paulo Flores, en teatro Elis Regina, Usina do Gasómetro. *

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