Canciones del que no canta
En «Canciones del que no canta», el emblemático escritor uruguayo Mario Benedetti, que a sus ochenta y seis años de edad sigue siendo un auténtico referente de la literatura nacional, construye un sensible itinerario poético, que discurre entre el desencanto de la soledad agobiante y el espíritu de compromiso.
Esta obra sintetiza, nuevamente, muchas de las inquietudes y tribulaciones emocionales del autor, urgido por la emergencia de condensar sus sentimientos en el verso, en tanto envase literario y esencial vehículo de expresión.
Sin soslayar su reconocida e ineludible militancia por la verdad, Mario Benedetti aborda, en esta oportunidad, temas bastante más íntimos, que registran certezas e incertidumbres y mixturan la pasión con la razón.
En ese contexto, el escritor pone todo su oficio al servicio de sus lectores, esos consuetudinarios compañeros de ruta que han compartido un largo periplo de desvelos y han admirado su inclaudicable conducta ética.
Sin embargo, aunque en este nuevo libro Mario Benedetti transita territorios bastante menos políticos o ideológicos, no desestima una visión crítica de la realidad ni una profunda reflexión sobre la caducidad de lo temporal, un tema recurrente y hasta obsesivo en su profusa producción creativa.
En el primer capítulo de esta obra intitulado precisamente «Canciones del que no canta», el poeta construye versos de trazo eminentemente melancólico, que refieren a un pasado distante y hasta remoto y a un presente fuertemente marcado por lo efímero.
Es en ese contexto que aflora la vejez como una sentencia inexorable, retratada en las arrugas que colonizan el rostro y las invisibles pero no menos tangibles cicatrices del alma.
Obviamente, la muerte es una presencia permanente, una sensación perceptible que se cuela a través de los intersticios del tiempo, las semanas, los días y las horas.
Ese permanente juego de temporalidades impreso en la escritura de Benedetti, no es un mero fruto de tribulaciones metafísicas, sino un indispensable ejercicio de reflexión personal.
Sin embargo, bajo esa superficie aparentemente desencantada, subyace el amor como eterno redentor, catarsis espiritual y emancipación de calvarios.
En el capítulo intitulado «Sonetos con destino», la poesía de Benedetti conjuga otros verbos tal vez más íntimos. Aferrado a las estructuras del soneto pero sin perder la espontánea libertad expresiva, el autor se abre paso a través de los intricados laberintos del tiempo y el espacio.
Retomando un rumbo cardinal habitual en su escritura, el escritor afina su batería crítica para fustigar a la guerra, a los enemigos de la pública felicidad, a la avaricia, la codicia y las miserias humanas que trascienden a todo derecho de propiedad.
En este tramo de su obra, hay nueva apelaciones a la memoria, a la fugacidad de lo efímero y, obviamente, a lo inevitable de la muerte anunciada.
Mario Benedetti confirma su compromiso con el presente, al observar, con renovado estupor, algunos de los problemas más traumáticos inherentes al destino de la humanidad.
En el capítulo intitulado «De amor y de vida», el verso del poeta se torna tal vez más entrañable y existencialista, porque ingresa en sus propias e intransferibles experiencias individuales.
En ese caso, irrumpe el lacerante tema de la pérdida irreparable que agobia al escritor y que sólo puede mitigar la poesía con su vivificante aliento reparador.
Nuevamente, aflora el amor como terapia del alma y como presencia permanente, que compite y lucha contra la despiadada condena de la soledad.
Como es habitual, Benedetti comparte su mundo con sus lectores. Esos territorios están construidos de la materia prima de la memoria, que no sólo interpela al pasado, sino también recrea los afectos y hasta las cicatrices del tiempo.
La voz poética del longevo escritor transita los fracasos y las dudas, la evocación de los orígenes y la vida, la caducidad y la perdurabilidad de todo.
Aunque su verso sea siempre joven porque está cargado de reminiscencias, gotean permanentemente las apelaciones a la vejez, al ayer impreso en el mapa existencial y a las verdades desnudas.
Esas asertóricas afirmaciones impregnan el discurso literario del autor, que adquiere cada vez una mayor frontalidad y despojamiento, cualidades indispensables para afrontar lo que viene o tal vez lo que queda por recorrer.
Las imágenes, que emulan fotos en sepia dibujadas en el horizonte de la memoria, son instantáneas impresas e impregnadas en cada átomo del autor, porque refieren a su historia y peripecia existencial.
Benedetti entable un imaginario coloquio con numerosos colegas escritores de ayer, de hoy y tal vez de siempre. Ese intenso y pasional soliloquio apunta a homenajear a plumas referentes, que le marcaron desde el amanecer de su vida hasta sus octogenarias soledades contemporáneas.
El poeta busca el «amparo» de su nutrida biblioteca, que atesora una multitud de letras, palabras, silencios, alaridos, romances y tragedias humanas.
En ese contexto, el poeta interroga a la milenaria historia del hombre, al Dios que no siente, a la violencia, a las guerras, a los asesinos del poder y a la irresistible seducción del dinero.
En «Más o menos», el último capítulo de esta selección poética, Mario Benedetti ingresa en los ambiguos territorios de la duda y la certeza, dos polos opuestos que se antagonizan pero se complementan, porque constituyen las claves de los grandes interrogantes del ser humano.
El escritor desnuda su verso y lo expone a la intemperie de la vida, del tiempo y de ese transcurrir incesante que siempre marca el rumbo cardinal de todo itinerario existencial.
Las tribulaciones del autor se deslizan nuevamente a través de diversos mundos interiores, poblados de ausencias pero también de presencias y una multitud de recuerdos.
El poeta reflexiona en torno a la fugacidad de todo lo conocido y a la invalidez de lo eterno, aduciendo -entre líneas- que se trata de un mero concepto filosófico sin sustento.
En medio de un océano de abigarradas incertidumbres, Mario Benedetti juega nuevamente con el tiempo en clave algo jocosa, sugiriendo que ningún decreto o voluntad humana que adelante o atrase las agujas del reloj, puede realmente modificar lo inmutable.
Ese tiempo que tanto le obsesiona está presente también en «Nunca», un poema que marca categóricamente la sentencia de lo definitivo, la siempre infranqueable frontera entre lo posible y lo imposible y el ayer y el hoy.
La poesía del escritor está construida de fragmentos de vacío, de soledades inclementes y de recuerdos coagulados en la memoria, que son pasado pero también presente, por la siempre perentoria y compulsiva emergencia de recuperar lo perdido.
La pluma del autor abre un nuevo cauce rumbo a la posteridad, hacia un futuro tal vez sin futuro, como si se tratara de una multitud de imágenes definitivamente congeladas.
Sin embargo, aún en medio de ese abismo de nostalgias y tristezas no restañadas, la voz del autor se rebela para denunciar los falsos apocalipsis del discurso de los mentirosos, los reales apocalipsis de la guerra, la agresión imperialista, el genocidio y la ciega codicia.
También condena la falacia contumaz, rescatando, sobre el final, su conocido discurso militante por la dignidad humana, la justicia y la solidaridad.
Mario Benedetti corrobora el compromiso ineludible que nutrió su extensa obra literaria y le ha permitido cosechar la adhesión de quienes se sienten identificados con su prédica.
Más allá que la calidad literaria diste de la alcanzada en el período de mayor auge creativo, estas «Canciones del que no canta» atesoran, como pocos libros precedentes, el mundo más íntimo d
e un escritor siempre consecuente con sus más aceradas convicciones éticas.
Si bien en esta oportunidad el verso político está casi siempre ausente, la materia prima de la obra da cuenta de rotundas definiciones filosóficas y hasta ideológicas, en torno a interrogantes siempre cruciales de la condición humana.
Paseando su pluma por todas las estructuras poéticas, Benedetti elabora una dialéctica de la emancipación, que coadyuva a exorcizar dolores, soledades y agobiantes ausencias.
En este libro, el célebre escritor construye un discurso literario tal vez más asordinado e implícito, que apela más a las emociones propias que a las ajenas, en una suerte de autobiografía de trazo poético con estatura de legado literario. *
(Edición de Seix Barral)
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