Informaciones malhumoradas
Parafraseando a Groucho Marx, «Yo encuentro la tele muy instructiva. Cada vez que alguien la enciende, voy a la biblioteca y leo un buen libro». Claro que no es así pero hay que pensar que la televisión tiene sus reglas. Que como comunicación mediática suele empobrecer, por lo que cualquier intento para quebrar la mediocridad es bienvenido. Suele frustrarse pese a tener detrás lo que podría ser una buena idea. Claro que esto es una aproximación, apenas a un primer programa, «Los informantes» (Canal 4 Monte Carlo, miércoles 6), que inició su salida en pantalla y su visión dejó un saldo flojo, desflecado, desanimado, como si el entusiasmo fuera exclusividad de los conductores.
El humor en televisión, para peor, es más exigente porque requiere un ritmo acelerado pero compartido, disfrutado, sin tiempo para pensarlo, por el televidente. La ironía, el doble sentido, la broma debe estar asentada y sustentada por la imagen y un audio que se entienda. No basta creer que alcanza con llevar amigos o a los técnicos a reírse en estudios y que agregar sonidos de carcajadas ya es la panacea, ya es suficiente. Los yanquis han cansado con sus comedias donde las risas grabadas pretenden hacernos sentir que ese es el momento indicado porque como infradotados que somos los humanos necesitamos que alguien llegue con su librito y nos haga pensar que estamos ante un chiste y así acompañarles en esa mentira. Y en este caso concreto el jolgorio resultó chocante, rechinante, ya que hizo con su ruido perder los remates de los dos informadores, que, quizás, podrían ser buenos, pero así, solamente fueron inaudibles y se perdieron en nada. Culpa también de los dos responsables, Leo y Salvador, quienes no mostraron una vocalización clara y con ella la fuerza suficiente en sus finales para superar esos momentos, cosa que, por supuesto, es salvable en el futuro con un poco más de experiencia y de silencio en el estudio. A veces, la pausa y el silencio son más efectivos.
Otro enfoque equivocado es pretender que el ingenio en la información sobrevive en el tiempo, sin envejecer en horas. La salida semanal es atentatoria para cualquiera que busque frescura en la información y de ella surja la humorada. Por lo general resulta apenas una reiteración muy atrasada de otros comunicadores hablar de Botnia, de la reina de Gualeguaychú, de la ocupación de la casa de citas, de los disparates supuestamente recogidos por periodistas al presidente Lula -agregando una voz muy borracha, lastimosa, pobre de imaginación, innecesaria-, de la muerte de Plutón, de los pedidos de libertad de los Peirano, de los Rupenian y una mala imitación de uno de ellos o del nazi de Cabo Polonio en ese gritar hitleriano, quizás un poco mejor que lo otro.
Vale admitir que hubo integraciones válidas de videos con figuras políticas conocidas, donde se remarcó el sin sentido de hablar sin decir nada concreto. Pero no fue suficiente, porque el saldo es apenas de un programa radial con cámaras que están registrando a dos personas que, todavía, carecen de gancho suficiente para llegar a la complicidad, lo que no significa que será un imposible.
El uso de carteles con algunas propuestas ingeniosas fue otro traspié ya que ello suele ser material trabajado con asiduidad por los medios gráficos. Todo ello deja apenas un sabor a poco, al que falta sazonar con una pizca de inmediatez o cercanía de las noticias ya que la vetustez es peligrosa compañera de una sonrisa aprovechada antes por otros medios.
Como recién se les vio pudo encontrarse, ya sea solo casual, un airecito, un tufillo a críticas simples y dirigidas al oficialismo, porque ser opositor siempre es redituable, aunque también puede ser objetable si se juega a un doble sentido y se pierde el equilibro, el balance, y se cae en la facilidad de la parcialidad. No se registraron ataques a políticos no oficialistas, por ejemplo, pero el humor suele ser alimentado por los gobernantes, lo que, la práctica lo enseña, no está mal, si no es mal intencionada.
No debe pensarse que todo sea irremediable, que no haya mejoras cuando se superen.
Como es una primera impresión, valdría esperar. Y en esa espera que se encuentre el camino adecuado, hasta el de un mejor horario, porque no es cosa de hundir ese programa a una franja horaria casi sin teleaudiencia. ¿No hay confianza en el Canal?
Persevera y quizás triunfarás, puede decirse. Y como dijo Charles Chaplin: «Al fin de cuentas, todo es un chiste».
«La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor los consuela de lo que son.» *
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