Arte

El lastre de las convenciones, todavía

La moda se impuso en los cursos multiplicados y las entrevistas en vivo también. Con variaciones de nombres y títulos, más de lo mismo. Ajenos a las auténticas innovaciones de Espacio y frecuencia, la sensación visual del sonido, ese admirable collage auditivo-visual (Museo Nacional de Artes Visuales, en uno de sus mejores momentos) transcurre con un extraño silencio, ya no crítico, sino informativo. El imperio de lo efímero en la sociedad del espectáculo, injertando material intercambiable, como la vertiginosa ronda crítico-curador- artista expositor-montajista-director de galería o de alguna institución oficial u oficiosa, según sea la función dependiente del tintineo de la caja registradora. Aunque el tierno optimismo instalado desde plataformas prometedoras de tiempos venturosos choquen con la tozuda realidad (económica, asesora) de todos los días que sigue esperando, con divina ingenuidad, la aprobación de la pérfida ley del mecenazgo.

 

Grandes ambiciones, modestos resultados

La escasa repercusión del Espacio Pedro Figari del Banco Central, es un síndrome de patética incapacidad para relacionarse con la sociedad en que se inserta. En la segunda muestra monográfica del año encuadrada en el XIª Premio Figari, la muestra de Nelbia Romero es significativa. La primera impresión, el primer recorrido de la mirada propicia el entusiasmo por el profesionalismo de la presentación y el catálogo, en contraste con la anterior de Rodolfo Uricchio que ojos miopes e inexpertas no supieron reconocer sus falencias varias.

Una segunda re-visión, acusa una percepción diferente. Hay un buen aprovechamiento del espacio, la lectura es cronológica y casi lineal, a partir de 1975, descansando en su mayoría en elementos gráficos (fotos, grabados) y proyección de videos o registros auditivos. Todo es muy correcto, con asientos para seguir las proyecciones y vitrinas para observar pequeñas instalaciones. Algunos cuadros (del sector izquierdo) están colgados demasiado altos, pero es un detalle mínimo en una pulcra, aséptica propuesta curatorial.

Pero Nelbia Romero está ausente. Se evaporó (y no hay registro foto o videográfico que lo sustituya) la vitalidad, la vehemencia del compromiso de la artista con la realidad de su(s) tiempo(s), con el pasado y el presente del país, con la urgencia corporal de marcar posiciones, de revelar aspectos postergados o deformados de la historia oficial, de comulgar con los otros y congregar audiencias. Faltó el pulso vital de sus performances callejeras, de las potentes instalaciones, de la singularidad de su voz y de su presencia física. Cualquier antología debe suscitar, por lo menos sesgadamente, algo de las convenciones visibles u ocultas del creador. Es cierto: las instalaciones y performances son irrecuperables. Sin embargo, un toque iluminador, un quiebre de la impostación excesivamente racionalista del montaje, podía haber instaurado un soplo existencial, erótico, a la antología, de mayor espesor referencial al que está indisolublemente vinculada Nelbia Romero. Los textos del catálogo (cambiar la letra, de monótona tipografía) son avaros en esas referencias, o anotar, por lo menos, esas limitaciones para exhibir, propias de una creadora que, como sucede con los dadaístas, futuristas y surrealistas, dejaron pálidos testimonios para mostrar un accionar más profundo y cercano a la vida. En la serie Natura+memoria=eros, se asoma, en la crispada caligrafía, la atmósfera que debió presidir esta antología, que a pesar de todo, vale la pena visitar.

Alfredo de Simone se formó en el Círculo de Bellas Artes y allí recogió las lecciones de intensidad cromática de los planistas (Cuneo, de Arzadun, Pesce Castro, Bazurro, Laborde), de quienes adoptó aspectos temáticos (retratos, paisajes urbanos) pero prefirió la opulencia matérica de Pedro Blanes Viale, en sus jardines restallantes de flores multicolores. Pocos uruguayos alcanzaron la grandeza (y grandiosidad) pictórica de Blanes Viale, su refinamiento para observar la realidad inmediata con gloriosa sensualidad.

Entre esos maestros se sitúa Alfredo de Simone. Las 40 obras, en su mayoría de pequeño formato, muy espaciadas y de lectura dispersa, son reveladoras de un talento que siguió los cánones naturalistas y de la perspectiva, encubiertos (no siempre con hallazgos logrados), por la vitalidad de la superficie, amasando el color con diversos ingredientes de sólida consistencia y la intervención de la espátula y los dedos de la mano en varias ocasiones. El perdido y recuperado Retrato de Emilio Frugoni (Propiedad del Palacio Legislativo, perteneció a Casa del Pueblo) es la pieza más significativa de su estilo en la sutil alusión a Karl Marx, y su vital construcción cargada materia, al igual que Naturaleza muerta del Museo Blanes, con la representación de una cerámica que parece surgida de la experiencia de Figari en la Escuela de Artes y Oficios. En el enorme espacio del Centro Cultural de España, la pintura de Alfredo de Simone surge achicada, discreta, en la persistente paleta baja, surcada por algún aislado estallido de color puro, aunque faltan obras vigorosas de muestras anteriores que potenciarían la obra. Es, sin duda, un gran artista, sin trepar a la categoría de los maestros del arte uruguayo, como los arriba mencionados en esta nota, que abre un paréntesis de insularidad y otorga a sus cuadros un sesgo metafísico, de angustia bronca y pesimismo, testigo del lento, implacable deterioro de las cosas, emparentando su pintura espesa y de tesituras anímicas sombrías con El pozo de Juan C. Onetti, editado en 1939 y del existencialismo sartreano (La náusea, 1938).

En una investigación realizada, in situ, Juan Antonio Varese, en un artículo publicado en 1º de noviembre de 1992 en El País de los Domingos, dejó establecida, de acuerdo a la información recogida en la Comuna de Lattarico, ciudad natal de De Simone, la fecha de 1º de noviembre de 1892, como el año de nacimiento. Ya no quedan dudas y la discusión está terminada.

 

Con diferentes impulsos

En el mismo Centro Cultural de España continúa habilitada Dibujos infantiles uruguayos (1945-55), dibujos escolares de una experiencia pedagógica, Educación por el arte, de las entusiastas maestras Bell Clavelli de Oliveras y María Mercedes Antelo, que supieron orientar las inquietudes estéticas a través de la revista El Grillo. El pequeño muestrario, encantador, es suficientemente ilustrativo de la espontaneidad del trabajo comunitario, siguiendo los postulados establecidos por Herbert Read en un famoso libro.

Haroldo González, desde la lejana salita Dodecá, encuentra el punto exacto para un proceso de elaboración perceptual inteligente. Partiendo de una escenografía pequeña e inventada, la fotografía posterior y el análisis siguiente, contrapone el registro fotográfico y el dibujo similar, en un ensayo serio de relaciones técnicas y visuales disímiles.

Mercedes Bustelo y Gustavo Tabares son directores de Marte Upmarket, una galería que abrió espacio a formas experimentales fuera de las convenciones estatuidas. Allí mismo han expuestos sus obras y ahora lo hacen desde ámbitos diferentes. Bustelo, desde Meridiano, un despliegue de dibujos  signos, que pautan el soporte de papel con sensibilidad y convicción, caracterizados por la levedad y la gracia, el susurro íntimo de vívidas emociones. Tabares, en cambio, desde el Centro Municipal de Exposiciones y como lo anuncia el prólogo de la curadora, se sumerge en un ecléctico expresionismo abstracto, que sólo en dos grandes telas recientes adquiere interés. Es curioso, que Tabares, creador de numerosos objetos e intervenciones de objetos de
felices resoluciones, propiciador de transgresoras propuestas, exhiba Remix, pinturas relacionadas a asociaciones musicales de estricto consumo personal. Un excelente libro-catálogo de diseño tradicional, acompaña la muestra.

Olga Bettas exhibió un nuevo aspecto de su producción tomando imágenes pictóricas famosas (la Carlota de Blanes, la Gioconda, Frida Kahlo, Duchamp, Klimt) bordeadas de alfileres plateadas y doradas con un ingenio inventivo pleno de humor (el mejor Klimt), encerradas en viejos marcos ovales y cuadrados. Un hallazgo, realmente.

Las esculturas de José M. Pelayo en el Museo de Arte Contemporáneo, maderas pintadas de colores cálidos y agresivos, fueron en su mayoría, con algunas más decorativas, una irrupción bienvenida en el flaco panorama de la escultura contemporánea uruguaya. Una, sobria, cemento y madera, demostró otra orientación sólida y legítima. Algo que no sucede en las esculturas de J.J. Núñez, madera pintada y alambre, repetidas, salvo cuando incursiona por el paisaje con recortes planos. El artesano Mauricio Kolenc trabaja la madera con extrema habilidad en el torneado y consigue superficies ricas de color, sacando provecho de la diversidad de vetas contenidas en olmos, paraísos o fresnos (Acatrás del Mercado).

El alemán Ingo Fröhlich recubre suelo, paredes y paneles del Centro MEC con expansivos dibujos (tiza, grafito) de un poder obsesivo en una interminable melodía diseñada con rigor interior y dominio del espacio aunque sin igualar la hazaña formidable que actualmente documenta en el Museo Nacional de Artes Visuales, en Espacio y Frecuencia. La intervención de Germán Di Pierro en la sala dedicada a Emergentes, es inexistente.

Por su parte, Sergio Porro, en la Colección Engelman Ost muestra, junto a dos excelentes cuadros ya conocidos en colectivas, otros de recientes factura (en dos recrea obras del curador pero mejoradas, lo que es relativamente fácil) sin la densidad y la incisiva apropiación iconográfica de pinturas del pasado, más obedientes a la arbitrariedad que a la reflexión pictórica. Algunos jóvenes españoles que allí mismo expusieron experimentaron una temática similar.

Más convencionales son los tanteos pictóricos de Elena Porteiro (Discount Bank), de Felipe Secco, salvo un recorte de madera de laca pintada (Sala Carlos F. Sáez) y las reiteradas visitas anuales de orfebres peruanos, virtuosos del oficio al servicio de copias de otros tiempos y concesiones al kitsch folclórico, mientras las pinturas cusqueñas y limeñas de los siglos XVIII y XIX, apenas si se mantienen en el límite de lo aceptable, como el grabador ecuatoriano Carlos Monsalve M. (Museo Zorrilla). Por única vez, se presentó en el Teatro Victoria, Re-creación, siete actos basados en la Creación del Antiguo Testamento. Dirigido por Jorge Curi, la intervención de la cantante María Teresa Montenegro y la coordinación de Myriam Assi, el resultado de media hora, pecó de abrumadora solemnidad, con relámpagos de dramatismo y mucha superficialidad. Un mero entretenimiento colectivo, cuando se imponía un enfoque paródico (lo amagó Alejandra del Castillo, pero sin avanzar en esa línea y que no se hizo extensivo a los restantes participantes). El esfuerzo se diluyó rápidamente en la bruma del recuerdo, un elegante fracaso, salvo el caso de Mario D’Angelo, brutal en su interpretación, separándose nítidamente del resto, pero sin integrarse a una deseable unidad de concepción. *

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