"HAMLET", DE SHAKESPEARE, EN EL TEATRO SAN PEDRO DE PORTO ALEGRE

La eterna juventud del príncipe

Era toda una aventura, por el radical cambio de ambiente y hasta de idioma; era también un regreso a sus comienzos, porque ya había dirigido la misma obra en Porto Alegre. Pero no sólo era un regreso al pasado, para relanzarse con su repaso hacia delante: era su regreso a la dirección de teatro, al arte, casi imposible, de la puesta en escena.

Luciano cree que un orden cósmico, más allá de nuestros necesarios esfuerzos, encamina nuestras acciones mejor que nosotros mismos. Cree a la vez en el orden, un orden dinámico y vivo, y también en el azar que ha de fecundarlo. Cree que en el arte, como en la vida, es bueno sacar partido de las circunstancias, sean buenas o malas: así su aprendizaje del teatro nació de un error al inscribirse para el «vestibular» o examen de ingreso a la enseñanza superior.

Nuevamente el azar lo puso en contacto con la obra de Thomas Bernhard, cuando vio en Buenos Aires «La fuerza de la costumbre», por Pompeyo Audivert, en el teatro Calibán de Norman Briski. Thomas Bernhard fue para Alabarse una revelación; pero la chispa promovió un incendio. Luciano no se conformó con admirar a Bernhard: lo leyó exhaustivamente y hasta viajó a Viena para conocer los lugares en donde había vivido; sólo después puso en escena en Porto Alegre, sucesivamente, «Almuerzo en casa de Ludwig W.», «La fuerza de la costumbre» y finalmente «Heldenplatz».

Entre tanto desarrollaba esta trilogía de Bernhard, Alabarse puso su mirada en los clásicos griegos. Es posible que en esta zona de la literatura teatral esté su máxima ambición; pero comenzó el acercamiento como por las orillas, con la tragedia más «moderna», más fácilmente asimilable por nuestra conformación mental: «Antígona» de Sófocles con su alusión a la lucha del individuo y sus derechos contra la opresión fundada en la «razón de estado».

Más tarde apareció «Hamlet» pieza a la que dedicó los estudios y análisis de rigor. A mitad de camino pareció atravesarse el décimo aniversario de la muerte de su amigo Caio Fernando Abreu, que lo llevó, este año, por caminos en apariencia distintos, y volvió a poner en escena, con un brillante elenco juvenil, la pieza de Abreu «Morangos mofados». Este homenaje le permitió nuclear y desarrollar un valioso elenco juvenil con el que finiquitó los ensayos de «Hamlet» de Shakespeare.

Como en las anteriores puestas en escena de Alabarse, «Hamlet» se dirige al equilibro, al ritmo y a la armonía. Luciano admira el teatro flamígero de Zé Celso Martínez Correa, pero su línea se aproxima a la más clásica de Antunes filho. La dificultad a ser vencida fue la fantástica sobrecarga emocional que tiene «Hamlet», una pieza que trepida y despide relámpagos en cada escena. En este sentido Alabarse enfrentó aquí dificultades más considerables que con Sófocles, ya que «Antígona» es una pieza que avanza con la grandeza de una procesión y con un ritmo uniforme que envuelve e incluye las pasiones más intensas en una pulsación uniforme.

También como en sus puestas en escena anteriores, Luciano ha admitido una chispa del Hades o de la fragua de Hefaistos como un homenaje a Dionisos, como esa semilla de irrealidad o de locura, con que la realidad o la cordura son fecundas. En la lectura escénica de «La misión» de Heiner Müller, que habla de la esperanza perpetua de la revolución, incluyó fugazmente al Che Guevara; en «Antígona» incluyó el dato, apoyado en los textos, de un posible amor incestuoso entre Antígona y Polinices; en «Almuerzo en casa de Ludwig W.» una escena de esgrima aludió con fuerza a la tensión, casi intolerable, entre los hermanos; en «Heldenplatz» aludió, con la siniestras banderas del final que caen sobre una muerte, a una perpetuación del nazismo, por otros medios, en nuestros días, tesis paralela a la de Heiner Müller en su puesta en escena de «La resistible ascensión de Arturo Ui». En «Hamlet» ese elemento de inquietud, necesariamente removedor, creemos encontrarlo en la magnífica escena en que Hamlet (Evandro Soldatelli) maltrata a su madre, la reina (Ida Celina) en una forma que llega a sugerir nuevamente el deseo sexual insatisfecho y el incesto.

Otra aparente innovación sobre el texto clásico fue comenzar la obra con la escena final, en que Hamlet encomienda a Horacio que cuente su historia. En realidad no es tal innovación, porque cuando comienza la tragedia todo se ha consumado y los héroes han muerto. Lo saben todos los espectadores; con esa misma lógica comenzó Alvaro Ahunchain su puesta en escena de «Macbeth» con los féretros alineados de los agonistas. Pero, como en las dos versiones de la pieza de Treplev en «La gaviota» de Chejov, como en las dos veces que canta Barbra Streissand en «Nace una estrella» la canción de Paul Williams «Watch close me now», en dos registros dramáticamente distintos, la escena final de «Hamlet» es la misma del comienzo, con la misma posición de los actores, pero con la marcha militar de fondo que crece y anuncia la llegada de Fortimbrás y el resurgimiento del orden, transido pero real, más allá de todas las muertes.

Toda la interpretación luce el estilo ceñido y sobrio de las puestas en escena de Luciano. Evandro Soldatelli, un actor experto pese a su juventud, dio el Hamlet que surge de la lectura: un joven cuya exigente consciencia lo cuestiona a cada paso, atormentado por deberes que nunca imaginó y como caído a contramano en situaciones de difícil o imposible resolución. En cierto sentido «Hamlet» anuncia a la juventud de hoy, por donde es una obra especialmente actual: el príncipe de Dinamarca y nuestros jóvenes pueden decir con Valéry, «llegamos demasiado tarde a un mundo ya viejo». Evandro, un actor con carrera y experiencia, ha anastomosado su juventud a la de Hamlet, con el resultado de una impecable interpretación. Menciones especiales merecen Marcelo Adams, en el difícil papel de Laertes, al que hace una especie de réplica menor o de sombra de Hamlet, un Hamlet dentro de otro Hamlet, del mismo modo que la escena del crimen es representada ante Claudio. Ida Celina muestra su arte de intérprete, todo mesura y justeza de expresión, en la reina; Alexandre Silva es un magnífico Horacio, con verdadero peso y gravitación en la tragedia.

La escenografía de Sylvia Moreira, que ha realizado todas las notables escenografías de las puestas en escena anteriores de Luciano, logra situar con sobriedad y eficacia todas las escenas de la pieza. En particular son de gran efecto los escalones, que el director ha sabido utilizar magistralmente. La banda sonora, de Pompeo do Brasil y Luciano Alabarse, más la curiosa Orquesta de Sartenes, capaz de sonar marcial y heroica en el desenlace de la pieza, completa con felicidad una obra maestra. *

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