Todas las artes en sensacional muestra
Podía suceder en la Modern Tate de Londres, el Palais de Tokio de París o en cualquier Kunsthalle alemana. Pero se inauguró en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, con miles de personas, preferentemente jóvenes, convertidos en creadores en su entusiasmo participativo. Nunca se vio nada igual. Lejos de las frívolas convocatorias espectaculares en AFE u otras similares, el jueves pasado, en el museo del Parque Rodó, los uruguayos tuvieron una extensa noche de comunión plena, en el ejercicio provocador del arte. Nada de sucesión de cuadros, esculturas o dibujos, sobrevivientes de una tradición varias veces secular. Nada de actitudes silenciosas de los museos o del respeto sacramental, distanciado, a las obras. Todo está para ser tocado, sentido, acariciado, golpeado, usufructuado, caminado, visual y auditivamente, incorporado a la experiencia personal y al disfrute colectivo. Al intercambio de roles entre espectadores y protagonistas de manera sucesiva y alternadamente. El museo ya no es lo que era.
Espacio y frecuencia, la sensación visual del sonido consiste en un trabajo conjunto, interdisciplinario, entre el Instituto Escuela Nacional de Bellas Artes, la Escuela Universitaria de Música, la Alianza Francesa, el Instituto Goethe y artistas nacionales y extranjeros, instrumentado por el curador Lukas Kühne, un alemán formado en la Universidad de Arte de Berlín, en el Instituto Muchina de San Petersburgo y la berlinesa Academia de Artes y Diseño de Weissensee, además de trabajar con el percusionista Robyn Schulkowsky en la elaboración de esculturas musicales monumentales.
Con esos sólidos antecedentes, Kühne trabajó durante varios meses en Montevideo con artistas del exterior y locales (conocidos y emergentes), elaborando ideas y propuestas, eliminando unas y puliendo otras en un amplio registro de posibilidades de concretarse en el espacio. Surgieron objetos extraños, ready mades inventados y reelaborados, instrumentos estrafalarios escapados de una vertiginosa mente futurista-dadaísta, del minimalismo, del budismo zen o el teatro kabuki en una mistura insólita pero de férrea unidad conceptual.
Aunar tanta diversidad de materiales, técnicas y sonido, de visualidad lineal (grafito, hilos de metal) en las paredes, el piso y el espacio con numerosas instalaciones, repercusiones sonoras variadísimas, incorporar diseñadores, músicos, dibujantes, arquitectos, compositores en un haz con sentido y convicción en la enorme planta baja del edificio es una hazaña de la inventiva y la inteligencia del curador Kühne.
El Museo Nacional de Artes Visuales alcanza su momento más brillante e intenso, más abierto a la auténtica participación popular sin conceder un ápice al populismo. Quizá sea el más perdurable hecho estético en su proyección de futuro, en el replanteo del destino museístico y la reflexión sobre la situación actual del arte con la desaparición de fronteras de géneros y el empleo audaz e integrador de las nuevas tecnologías y la manualidad artesanal. Los lustrosos antecedentes recientes de la principal pinacoteca del país (el conceptualismo de Yoko Ono, los videos de Bill Viola, el arte povera de Jannis Kounelis, la impactante fotografía alemana actual) son ampliados por la irrupción magnífica de todos los lenguajes artísticos potenciados y puestos en relación inextricable, con la precisión de un gigantesco instrumento de relojería y la participación espontánea, festiva del público, niños y adultos, de estamentos sociales disímiles.
Después de Espacio y frecuencia, la sensación visual del sonido, cualquier muestra parecerá tocada, inevitablemente, por la rutina y las convecciones. Hay que aprovechar las siete semanas en que permanecerá habilitada, de miércoles a domingo entre las 14.00 y las 18 00.
Pero la espléndida noche inaugural, ayudada por la agradable temperatura, la complejidad de la situación creada por la masiva y alegre participación del público (incluso en el jardín), aunque estuvo suavemente opacada por la infeliz proyección de la envejecida película Nosferatu, 1921, de Murnau, acompañada en vivo, actualizando las sesiones del cine mudo, en un intento fallido de contraponer a las imágenes música electroacústica, ajena a la muestra, queda registrada, para los que asistieron (con ausencia total de críticos y de algunas autoridades nacionales), como un hecho fundamental e inolvidable de la cultura en Uruguay por su removedora condición en sintonía con el Zeigeist, el espíritu del tiempo.
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