Medio Oriente: la guerra que no cesa
No es para menos, ya que esta coproducción le hinca el diente a un tema realmente espinoso: la inmolación de los comandos suicidas palestinos en una lucha en la que la religiosidad y política juegan un papel clave. El largometraje nos ubica en medio de un conflicto tristemente célebre, cuya historia conviene repasar a grandes trazos. En la región conocida hoy como Palestina, ya existían comunidades agrícolas en el período neolítico. Miles de años después, el proceso histórico incluyó una incorporación al Imperio Romano (A.C.), su posterior vinculación al Estado Otomano y, mucho más adelante, la constatación de los primeros asentamientos sionistas a fines del Siglo XIX. Estas complejas secuencias de hechos políticos también abarcaron la denominada «Declaración Balfour», por la que Inglaterra apoyó la consolidación del estado judío, motivando el enérgico rechazo de los palestinos, e iniciando el principio de un choque que continúa hasta nuestros días. Las cosas nunca han sido fáciles en estos territorios. A modo de ejemplo baste señalar que por el año 1936 los palestinos ya realizaban una huelga general como protesta por las confiscaciones de sus tierras. Con el paso del tiempo, las confrontaciones militares se hicieron comunes hasta que, a mediados del pasado milenio, Cisjordania quedó bajo el control de Jordania mientras la Franja de Gaza pasaba a ser controlada por los egipcios. Unos años después, por 1964, surgía la Organización para la Liberación de Palestina y ya nada sería igual. (Diez años después, la Cumbre Arabe ratificaría a la OLP «como legítima representante del pueblo palestino», e Israel incursionaría en el Líbano intentando neutralizar dicha organización). Desde hace más de veinticinco años, las Naciones Unidas vienen intentando mediar en el conflicto, pero la espiral de violencia ha resultado verdaderamente imparable. Si bien la OLP renunció a la lucha armada, otros movimientos como Hamas han reivindicado la lucha. Esta colisión ha supuesto infinidad de reclamos, marchas, contramarchas y, sobre todo, mucha sangre derramada en ambos bandos. Una realidad que ha empeorado en los últimos años (léase Intifada, elección de un gobierno de extrema derecha en Israel; incumplimientos de acuerdos de paz, millones de refugiados y un último estallido bélico que tuvo al mundo en vilo durante dos semanas aunque, por ahora, parece estar en relativo suspenso). Esta tragedia histórica de pueblos enfrentados es en definitiva el marco temporal en el que se desarrolla Paraíso ahora, del director Hany Abuu Assad. Un filme que, si bien reivindica la resistencia palestina, intenta una lectura objetiva del problema y se alza como vigoroso llamado de atención sobre aquellos fundamentalismos que arrastran generaciones enteras hacia un proceso de destrucción. Para eso, utiliza el simple argumento de dos jóvenes que han sido reclutados por la guerrilla con el fin de perpetrar un atentado suicida en Tel Aviv. El operativo cuidadosamente planeado falla, sin embargo, desde un principio, y deja a uno de los voluntarios en el medio de la nada y con varios kilos de explosivos pegados a su cuerpo. Pero antes de que esto ocurra, el relato también se toma su tiempo para explorar en la mente y el corazón de estos seres dentro del contexto que les rodea. A partir de esta atenta mirada, el filme desliza las dudas, los conflictos internos de estos futuros mártires y hasta la banalización de supuestos momentos heroicos que devienen en situaciones patéticas y hasta tragicómicas.
Es una película polémica pero radicalmente honesta en su mirada. Quizás pueda achacársele cierto carácter expositivo en el diálogo, donde algunos personajes parecen pararse sobre una plataforma ideológica demasiado obvia, pero resulta un detalle menor frente al impacto de su mensaje. Un contenido simple, elocuente e irrefutable, en verdad. Se sabe que el rodaje en las localidades de Nablus y Nazaret supuso una peligrosa experiencia (los realizadores fueron amenazados de muerte por comandos palestinos que consideraban que la historia no los reflejaba adecuadamente y varios técnicos renunciaron al trabajo luego de un bombardeo que destruyó zonas cercanas a donde se encontraban filmando). Un riesgo que habla a las claras del auténtico compromiso entre arte y realidad que demostraron los hacedores. Merece verse, sí señor.
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