Tiene la palabra

Murió Oscar Omar Míguez

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

* El fútbol está de duelo. En la torre Olímpica de nuestro Estadio Centenario flamea majestuosa la Bandera Uruguaya a media asta. Acostumbrado a viajar, emprendió uno, que lo llevará a la absoluta inmortalidad. Partió otro gigante más de aquel viejo, añorado, recordado fútbol celeste de antaño. Se fue Oscar Míguez, ídolo indiscutible. Campeón entre campeones. De Uruguay, América y del mundo. Reliquia futbolera indiscutible. Casi nada. Hay que tener mérito para ser llamado «Reliquia». Dije se fue. ¿Será tan así? Creo, siguió el camino de la eternidad. Donde solo, los verdaderamente grandes, tienen acceso. Fue jugador de Sudamérica, luego de Peñarol, su cuadro. Para rematar este periplo, fue jugador del «Sporting Cristal de Perú» y «Rampla Juniors». Un futbolista de clase. Con estilo propio. Respetado y temido por el adversario. Se juntó y reencontró con compañeros que le procedieron anteriormente. Quien de los uruguayos futboleros no recibió regalos de alegría, del inolvidable Omar.

Uno de los «maracaneros» de aquella gesta heroica e histórica del 16 de julio de 1950, en Maracaná, Brasil. Aunque parezca un calco debo, necesito, así lo siento, ateniéndome a las reglas de juego de la «Ley de Vida», decir: «Chau, ídolo. Gracias». Paz y tranquilidad en tu eterno descanso. Murmullos futboleros, por vos conocidos, honran tu memoria. Me uno al aplauso que te acompañará por siempre. Mis bendiciones. ¡Viva la vida! Cordiales saludos.

CARMI RAUCH – CI: 866.784-6

 

Nos debemos una seria discusión sobre las drogas

Señor Director de LA REPUBLICA

Dr. Federico Fasano Mertens

* Tal vez sea hora de que nuestra sociedad asuma en forma abierta y franca la lucha contra el flagelo que significa la pasta base, no sólo en los jóvenes sino también en quienes dejan de serlo.

Hace algunas semanas un padre, acosado por los continuos desmanes de su hijo, asumió la atroz actitud de quitarle la vida. Quienes no tienen contacto cercano con dramas semejantes tal vez no lleguen a comprender a ninguna de estas dos víctimas.

El difunto no era un adolescente pues contaba con casi 30 años, tal vez de las más difíciles edades para recibir ayuda externa. Los hay aún de mayor edad y con hijos, a los que abandonan al hambre en pos de la obtención, necesariamente reiterada, de sus cinco minutos de felicidad.

La escasez de oportunidades, la desesperación y la pérdida de valores arrastran cada día a más compatriotas hacia el suicidio lento encarnado en la pasta base.

Son además enfermos contagiosos, ya que una de las modalidades para obtener sus dosis es propagando su mal. Los padres de menores adictos al menos pueden recurrir a centros de apoyo a la minoridad e intentar procedimientos sanitarios para combatir el problema; a los mayores casi con seguridad el drama los aguarda. No es un tema sencillo hallar los caminos adecuados para extirpar semejante absceso social. Las medidas debieran ser extremas, semejantes a las dispuestas ante focos epidémicos y optar tal vez por aceptar males menores. Creemos que en el caso de la pasta base debe legislarse penando también el consumo con castigos mínimos pero progresivos.

Tentemos un somero ejemplo: Detenciones a los consumidores de 24 horas en primera instancia, 36 la segunda, 48 la tercera, etc. Las detenciones se realizarían en las comisarías, donde al menos no estarían en contacto con la droga durante los lapsos sugeridos.

Allí gritarían, se desesperarían y golpearían contra los barrotes, pero al menos sus familias y la sociedad toda estaría libres de ellos. Sólo se les daría alimento y a solicitud, de otro modo lo desperdiciarían. Se debería tener en cuenta la impronta criminal del tráfico de pasta base incrementando las penas del mismo.

Aun así, en forma aislada estas acciones serían paños tibios, por lo cual se debe encarar la problemática en forma amplia y radical. El tráfico de drogas existe por ser buen negocio, por lo cual se debe atacar directamente a la industria del mismo modo en que se terminaron con los males creados por la Ley Seca yanqui: matando el negocio.

Ello significa liberar el consumo de drogas menos nocivas, pero no de cualquier forma sino organizando un sistema que permita un control relativo.

En estas reflexiones se torna necesario mantener la calma y la mente abierta; cuando se incendia un pozo petrolífero se apaga con una explosión que elimina el oxígeno que alimenta la llama.

Algo semejante se propone en este caso, pues nos referimos a legalizar la venta en farmacias de cocaína y marihuana o al menos la de ésta última.

Allí, además del dinero correspondiente y razonable, el consumidor deberá aportar documento y datos personales. Esto permitiría realizar un banco de datos y seguimiento de la enfermedad del drogadicto, la frecuencia de sus dosis y forma de ubicarlo.

El consumidor podrá estar tranquilo de no estar introduciendo veneno en su organismo: nos consta el caso de un adicto a la coca a quien vendieron fécula en lugar de la droga y la inyectó en su cuerpo. La fécula leudó obturándole las venas y salvó su vida por escaso margen.

La droga puesta a la venta, luego de los respectivos controles sanitarios, sería la incautada; el tráfico continuará existiendo al menos en forma de tránsito hacia otros países.

Asimismo, la recaudación de la venta lícita permitiría financiar el propio sistema y tal vez hasta comenzar un fondo nacional a efectos de abrir clínicas de recuperación para quienes estén dispuestos a curarse.

Lo fundamental de esta propuesta es evitar el acoso ejercido por los vendedores de droga en puertas de escuelas y liceos. No creemos que sean muchos los adolescentes que espontáneamente tengan la iniciativa de iniciarse en el consumo de estupefacientes: máxime, careciendo de incentivo, de ir por ellos a una farmacia. Afirmamos que de este modo siempre será menor la proporción comparada con los que hoy están cayendo por ser atosigados y empujados al consumo.

Todo el mundo puede hacerse de un arma para suicidarse o emplear algún otro método para hacerlo… ¿Por qué prohibirlo a quien prefiere morir de sobredosis? Al menos se sabrá quiénes están en ese rumbo, del cual es posible que algún día la sociedad esté en condiciones sanitarias de quitarlos.

Además, el resto del estamento social podrá estar más tranquilo.

No se puede dejar a la mano de Dios tan terrible flagelo y administrarlo es la respuesta. Por otra parte no hay razón para que estas medidas deban tomarse como permanentes: ante su fracaso se podrían mejorar o abolir, o podrían ser temporales y ser erradicadas en caso de tener la situación bajo control. Momento llegaría en el cual se sabría quiénes consumen y cuántos son, cerrando la canilla para el resto pero dejando saneada la sociedad.

Debemos madurar, quitarnos tabúes y avanzar sin miedo.

No pensar en costos políticos y tener plena conciencia de que careciendo de sentido común cada vez más nos hundiremos.

Sano sería, al menos, discutirlo.

FILOSO – [email protected]

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