Marginados sociales del primer mundo
Esta progresión matemática que transforma a los indicadores macroeconómicos en una suerte de verdad de estatura bíblica, ha determinado la construcción de una cultura de convivencia cuyos ejes vertebrales son el lucro y el consumo.
Por más que se intente vender paraísos terrenales y presuntas igualdades de oportunidades, lo concreto es que esas visiones idílicas suelen transformarse en artificiosos espejismos.
El cine parece interesarse, cada vez con mayor frecuencia, en las graves consecuencias de la desigualdad social y la pobreza estructural, que no son un problema privativo de los países periféricos.
En efecto, aunque con menor rigor, las naciones del primer mundo o desarrolladas también padecen los devastadores efectos de la desocupación, la desregulación y la precarización laboral.
Hace apenas unos meses, cometamos, en esta sección cultural, el filme La corporación, el último opus del célebre y revulsivo realizador Constantin Costa Gavras.
La obra, que es un estupendo y revelador ejercicio de cine francés testimonial, describe el proceso de progresiva degradación moral de un exitoso ejecutivo desocupado, que no duda en recurrir incluso al asesinato para recuperar su espacio en la sociedad.
En El niño, filme galardonado con la Palma de Oro del Festival de Cannes, los cineastas belgas Jean Pierre y Luc Dardenne construyen un contundente ensayo sobre la marginalidad, cuya descarnada escritura conmueve la sensibilidad del espectador.
Los protagonistas de esta historia de ficción que seguramente abreva de la realidad, son Bruno y Sonia, integrantes de una joven pareja que convive en relación libre, quienes tienen un hijo de apenas una semana de vida.
Son dos seres errantes sin domicilio establecido, que suelen pernoctar en un improvisado refugio a la intemperie y subsisten gracias a los robos perpetrados por el joven y un grupo de niños igualmente marginales.
En esa suerte de epopeya existencial del día a día sin horizonte existencial visible, hay espacio incluso para los juegos pueriles, fruto de una inmadurez evasiva que parece indiferente a los desafíos de la realidad.
Mediante una narración morosa que elimina incluso hasta la música para no distraer la atención del espectador, el relato transcurre como una suerte de fatal inercia de imprevisible desenlace.
Ambientado el filme en la industrial localidad de Seraing, los realizadores belgas construyen una crónica de vidas a la deriva, que propone una visión agudamente desencantada de la posmodernidad europea.
La historia va pautando los encuentros y desencuentros entre ambos jóvenes, protagonistas excluyentes de la trama. Los restantes personajes, que aparecen como figuras casi fuera de foco por su participación meramente marginal, son los menores ladrones, un par de hampones traficantes de niños y la madre de Bruno, cuya efímera aparición demuestra la sideral distancia que la separa de su desorientado hijo.
La joven pareja se busca, se desea y se repele casi simultáneamente, como si la voluntad respondiera a impulsos meramente emocionales y a conflictivos vínculos afectivos que siempre penden de un hilo.
Aunque para estos personajes casi adolescentes el amor parece una asignatura pendiente aplazada en este caso por la inmadurez, un enojoso episodio que deviene en ruptura, corrobora que no todo es indiferencia.
Rodando con cámara en mano en una experiencia cinematográfica casi artesanal, los hermanos Jean Pierre y Luc Dardenne pincelan un desgarrador fresco de vida, que denuncia los claroscuros de las sociedades del primer mundo, en las que el bienestar, las certezas y la igualdad de oportunidades no son un patrimonio de todos.
La escritura cinematográfica de los realizadores registra minuciosamente un mundo sórdido y de excluidos sociales, en el que se mueve un grupo de seres irredentos, algunos de ellos pequeños niños, para quienes el destino es pura angustia e incertidumbre.
En esa ciudad de perfiles difusos y algo esfumados que las cámaras condensan con escrutadora atención, todos parecen circular apurados e indiferentes a los dramas humanos de otros, como si cada uno tuviera un mundo individual propio que no quisiera compartir con nadie.
El niño es una obra dura, provocadora y desencantada, que denuncia la convivencia entre dos sociedades paralelas en un país del primer mundo: la opulenta y la marginal.
También desarrolla una aguda observación de conductas de seres que viven al límite, proponiendo una profunda reflexión sobre las dualidades y miserias de la condición humana, la moral, el amor y los valores de un modelo que exhibe síntomas de agotamiento.
Este es, sin dudas, uno de los títulos mayores de la actual temporada cinematográfica. *
EL NIÃO (L`Enfant). Bélgica 2005. Dirección y guión: Jean Pierre y Luc Dardenne. Fotografía: Alain Marcoen. Reparto: Jéremie Rénier, Fabricio Rongione, Olivier Gourmet y Déborah Francois.
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