Klimt, dibujante erótico
Es un acontecimiento, además de la resonancia de un cuadro suyo trepar a la cifra más alta de todos los tiempos en una reciente subasta. Gustav Klimt (1862 1918) es conocido fundamentalmente como pintor, por retratos de damas burguesas judías de rostros realistas cubiertas de fastuosos vestidos decorativos, barrocos e intrincados, atravesados por un erotismo perverso y demoníaco. Es que Klimt vivió en la Belle Epoque de la capital austríaca, ese largo e irrepetible período de paz que conoció Europa, entre 1870 y 1914, cuando la creciente industrialización comenzó a modificar los paradigmas sociales, políticos, económicos y culturales. El impresionismo y Art Nouveau (tuvo otros nombres según los países: Jugendstil en Alemania, Sezession en Viena, Liberty en Inglaterra e Italia, Modernismo en España) impusieron, en forma sucesiva, un estilo rápidamente adoptado internacionalmente, en especial el Art Nouveau, un movimiento que aspiró a renovar la totalidad de los lenguajes (arquitectura, pintura, escultura, mobiliario, decoración, orfebrería, vidrio, ilustración, moda) con una incesante parafernalia de ondulaciones lineales, dinámicas y sensuales, anticipando el cinetismo y la abstracción.
Viena, capital del Imperio Austro-Húngaro, la monarquía dual de los Habsburgo, hecha añicos al finalizar la Primera Guerra Mundial en 1918, era, entre el fin y el comienzo de dos siglos, la capital bulliciosa, cosmopolita y uno de los centros culturales y científicos más importantes, con una constelación brillante de personalidades: Sigmund Freud, Semmelweiss, Karl Kraus, Hugo Wolf, Franz Wedeking, Adolf Loos, Otto Wagner, Joseph María Olbricht, Franz Werfel, Gustav Mahler, Arnold Schönberg, y los más jóvenes Egon Schiele, Oskar Kokoschka y el filósofo Ludwig Wittgenstein (su padre, un magnate del acero, favoreció a Klimt con numerosos encargos de retratos, entre otros poderosos amigos).
En ese clima cultural de excepción, surgió la avasallante figura de Klimt, un pintor apreciado y despreciado, por sus contemporáneos y generaciones posteriores, irritados por sus audacias eróticas o subyugados por la brillante ornamentación pictórica. Menos divulgado, es el creador de cerca de tres mil dibujos. Ahora, una exposición escuetamente titulada Mujeres, en la Fundación Mapfre, Madrid, recoge un centenar de ellos y es una auténtica revelación. Pues los compromisos que le imponían la fidelidad de los modelos pictóricos, en sus diferentes etapas estilísticas, le permitían a medias desenvolver su visión erótica de la mujer, de la mujer dominadora y castradora, demoníaca y psicológicamente neutras, distantes.
Como dibujante utiliza el grafito. Abandona los fulgores cromáticos bizantinos, deja atrás la suntuosidad espectacular y se revela un amante cariñoso que se «acerca con ternura al cuerpo amado para excitarlo en cada posición, y es el intento de retener un momento de éxtasis para hacer de él un algo de eternidad», escribió Gilles Néret. Algo de razón tiene, pero exagera.
Su poderío inventivo despoja esos desnudos femeninos de una emoción epidérmica y vital, ya que están transformados en objetos artísticos de enorme expresividad. De los tres momentos de la muestra, período académico, bocetos de obras mayores, es el tercero, dedicado al desnudo femenino, que la mano de Klimt recorre con vertiginosa energía en el papel las diferentes opciones de la temática que lo obsede, amparado en sus lecturas de Niestzche y Freud. De pie, acostadas, sentadas o dormitando, esos desnudos, algunos de mujeres grávidas o envejecidas, sorprenden no por la audacia de las poses, muchas veces provocativas en su autoerotismo en acto, sino por la maravillosa capacidad de expresión lineal del artista, la capacidad de inventar un trazo límite o abierto, unido o quebrado, con pequeñísimos empujes del lápiz, con ritmos lentos o apremiantes que evita siempre la brutal desesperación de Egon Schiele o la violencia destructiva de Picasso, para encontrar un sereno regocijo sensual similar al Rodin de las acuarelas o de Matisse, por la refinada mirada de voyeur que recoge como cercana a la sensibilidad de un clásico.
Las infinitas soluciones de cada trazo capturan la mirada del espectador, lo compromete con la creación, recrea la temática hasta convertirlo, a su vez, en voyeur de sublimada emoción estética. *
(Sexta de una serie de notas sobre un viaje a España y Portugal).
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