La vestimenta: un código subliminal
Traducido a términos populares, podría afirmarse que casi todo lo que nos rodea, además de su función específica, supone un valor simbólico y representativo. Así como el habitat de una persona nos habla de las características peculiares del ocupante, de la misma manera un atuendo, por ejemplo, puede darnos determinado tipo de información sobre el usuario. No se trata de decir «dime qué te pones encima y te diré quién eres» en forma simplona pero no cabe dudas que existen algunas pautas codificadas sobre la vestimenta desde los mismos comienzos de la historia del hombre. (Estar a la moda, de alguna manera, supone el propósito de integrarse a una corriente determinada, sea cual fuere). El ya citado Medina Vidal terminaba agregando que «el ser humano se viste y se desviste con connotaciones ideológicas, sociales, económicas, religiosas, mágicas, etcétera», lo que no deja de tener su veracidad. En este sentido, cabe señalar a James Laver quien, en su libro «Breve historia de la moda», afirma que las modas juveniles de los últimos tiempos surgieron, de manera contestataria al esquema burgués y como una suerte de contracultura sobre el sistema establecido, a partir de la ropa deportiva, el atuendo callejero de los indigentes, los mamelucos obreros y de ciertos uniformes de bandas militares.
Más allá de su valor inmediato de abrigo o finalidad pudorosa (recordemos la bíblica hoja de parra que cubría los genitales de Adán), la indumentaria también constituye un signo que incluso erotiza o asexualiza según la prenda y la parte del cuerpo que cubra dicho ropaje (no es lo mismo una súper minifalda que el hábito de una monja y un sombrero no posee el mismo valor significante que un soutien, claro está). En este sentido, todo depende de las aberturas o espacios vacíos que deje la tela sobre el cuerpo y lo que verdaderamente se pretenda insinuar porque, en otros casos, la barrera indumentaria busca cancelar directamente cualquier tipo de suposición imaginativa. De todas maneras, resulta fácil advertir que todo aquello relacionado con tajos y aberturas (braguetas, escotes, etcétera) poseen un valor connotativo que se vincula con la sexualidad y facilita el chiste escatológico. Además, lo que uno hace con su ropa también puede delatar determinado tipo de actitudes éticas y/o morales (el exhibicionista abre su gabardina a la vez que otras personas, por diversos motivos, se «bajan los lienzos»).
Cabe hablar, además, de la denominada ropa «extraordinaria»; aquella que, entre otras cosas, representa la función de quien lleva determinada vestimenta. Aquí, el valor asignado se sobreentiende a través de diversos códigos cuya heterogeneidad va desde la liturgia hasta la función pública. De esta manera la túnica impecable del médico nos avisa de su higiénica condición de tal así como el sacerdote (de)muestra su vocación religiosa en forma inequívoca y el policía se representa en su uniforme.
Este borrador no estaría completo si se dejara de lado el carácter esencialmente económico-social que descubre la vestimenta en sus niveles básicos. Una esencialidad que se traduce en el valor selectivo de las marcas registradas delatando, más que gustos, el estrato social del usuario, algo que también puede proyectarse a perfumes (Givenchy, Coco Chanel, Paco Rabbane), automóviles (Mercedes, BMW) y otras obviedades costosas como un calzado deportivo Nike de trescientos dólares («Â¡Qué llantas, flaco!»). En estas última líneas, evidentemente, el tema se desplaza hacia una noción de consumismo elitista que establece diferencias pero que no deja de estar presente en la idea general del tema tratado. (Un abrigo de pieles marca una idea explícita de jerarquía social que toma distancia de las alpargatas «Rueda»). De esas diferencias parece estar hecho el mundo, aunque hay algunas personas que resultan mucho más diferentes que otras. En fin. *
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