"EL LATIDO DE MI CORAZON": UN DRAMA OSCURO Y PROVOCADOR, QUE INDAGA ACERCA DE LAS DUALIDADES HUMANAS

Los subyacentes demonios interiores

Esa recurrente dualidad se traslada casi siempre a las conductas individuales, sorprendiendo incluso a los más avezados investigadores, que asumen -con estupor- que la psiquis humana sigue siendo aún un enigmático territorio.

Tanto el cine cuanto la literatura han sabido explotar adecuadamente esos demonios interiores. Como sería inabarcable evocar los filmes que transformaron a la psicología humana en materia prima temática, basta recordar a un título referente del género de suspense: el inolvidable y magistral Psicosis, del maestro Alfred Hitchcock.

En El latido de mi corazón, el realizador francés Jacques Audiard construye un filme oscuro, tenso e inquietante, que discurre entre el drama de trazo existencialista y el ejercicio policial.

Esta película, que cosechó nada menos que ocho Premios César -la máxima distinción que otorga la cinematografía gala- es realmente una remake de El precio de un hombre (1978), un título de culto del cine independiente norteamericano.

Esta nueva versión francesa es una obra osada y provocadora, que indaga en los tortuosos laberintos interiores de un solitario joven, quien padece una suerte de desdoblamiento de personalidad.

Condicionado seguramente por un pasado traumático, el protagonista de esta historia es un delincuente que se gana la vida junto a sus socios, en sucios negocios inmobiliarios.

Para ello, no duda en desalojar a golpes a ocupantes de viviendas ruinosas e incluso soltar ratas para lograr que los intrusos partan sin ofrecer mayor resistencia al lanzamiento compulsivo.

En el decurso de esta existencia despiadada y marcada cotidianamente por la violencia extrema, afloran un padre envejecido que también desarrolla actividades ilegales, una amante clandestina casada con un amigo infiel, el ex representante de su madre artista y una profesora china de piano, con quien sólo puede entenderse mediante señas.

La escenografía del filme se completa con varios sórdidos personajes menores, que integran esa fauna nocturna de hampones, mujeres de dudosa reputación y criaturas ignotas.

Bajo esa superficie cuasi apocalíptica, la imprecisa evocación de la madre pianista presuntamente malograda, restablecerá el vínculo entre el protagonista y su entrañable pasión por la música.

Aún en ese medio ambiente visceral, la historia apela a los sentimientos, a través de la frágil y a menudo conflictiva relación entre el joven y su agobiado progenitor, que tiene bastante más de piedad que de amor filial.

Jacques Audiard sitúa a sus personajes en una auténtica jungla humana en la que todos luchan por sobrevivir como pueden, mediante la violencia, la mentira y otros análogos subterfugios.

Para estos seres irredentos, la única norma de convivencia no escrita parece ser la ley de la calle.

Mediante una cámara inquieta que trabaja abundantemente con primeros planos, el realizador francés logra impactar los sentidos del espectador, que experimenta una doble sensación de estremecimiento y fascinación.

El cineasta sabe imprimir a su relato un firme pulso narrativo, que no soslaya la apelación al sobresalto, al erotismo y, cuando es menester, incluso al efectismo.

La sensación de desencanto que experimentan los protagonistas de la narración se condensa en las imágenes, en una formulación estética que transforma a la esplendorosa París nocturna en un óleo de trazos grotescos y surrealistas.

El filme otorga particular protagonismo a la música, con abundantes piezas de Bach y Debussy, que, lejos de reducir la tensión de la trama, acentúan la furia y el dramatismo.

Pese a la nutrida batería de recursos de seducción que Audiard pone al servicio de la historia, algunas ambigüedades del planteo central deslucen el resultado final.

En efecto, no está nada claro qué sucedió con la madre pianista del protagonista y cuáles son los traumas que éste arrastra de una infancia que sin dudas condiciona su presente.

También queda inconcluso un esbozo de reflexión sobre la pobreza y quizás la inmigración, apenas insinuado en algunas imágenes de familias alojadas en viviendas abandonadas.

No obstante, más allá de eventuales salvedades, El latido de mi corazón es un filme potente y de lenguaje despiadado, que intenta retratar y en general lo logra, los claustrofóbicos micromundos de seres atribulados y perdedores que buscan una imposible redención en una suerte de zoológico humano.

En un reparto actoral de muy correcto desempeño, sobresalen las interpretaciones protagónicas del joven Romain Duris y de Niels Arestrup. *

EL LATIDO DE MI CORAZÓN. Francia 2005. Dirección: Jacques Audiard. Libreto: Jacques Audiard y Tonino Benacquista. Fotografía: Stéphane Fontaine. Música: Alexandre Desplat. Reparto: Romaní Duris, Niels Arestrup, Jonathan Zaccai, Gilles Cohen y Linh Dan Pham.

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