Una temporada en el infierno

Estrella Laurta ha intentado una versión escénica de «Une saison en enfer» de Rimbaud, uno de esos autores «malditos» mucho más admirados que leídos. La obra, una de las últimas que escribió Rimbaud, ocupa unas 58 páginas en la edición de Mercure de France, 1913; es muy difícil decir de qué se trata. Cuesta reconocer en esta obra, escrita a fin de su corta carrera literaria, al poeta de sus primeros versos o aún al de «Les illuminations»: junto a fragmentos en verso, donde apenas hay destellos de la poesía que supo inventar, como «Se la ha reencontrado/ -¿Qué?- La Eternidad: /Es la mar unida /Al sol», encontramos una prosa distendida, libre y feliz, que trata gran variedad de tópicos, por lo general muy poco infernales.

«Une saison en enfer» comienza con Jesucristo en la piscina probática y contiene fragmentos que justifican la presentación de Claudel, siempre apostólico, cuando escribe que Rimbaud fue un «místico en estado salvaje». Ciertamente pesan más, en «Une saison en enfer», las invocaciones a Dios, al Cielo y a Jesucristo que las menciones a Satanás. Su redención post mortem parece especialmente justificada por este fragmento: «Â¡Oh pureza!, ¡pureza! ¡Este minuto lúcido me ha dado la visión de la pureza! ¡Por el espíritu se va a Dios! ¡Infortunio desgarrador!»

La puesta en escena de Estrella Laurta, sin embargo, parece restringir el elemento luminoso al vestuario de los actores, rigurosamente blanco, en tanto presenta al texto como si fuera un desarrollo estricto de su sulfúreo título. La directora y adaptadora cede a la tentación de la anécdota e incluye reiteradas alusiones a Verlaine, cuya relación con Rimbaud, que prefigura la recurrente relación entre Alfred Douglas y Oscar Wilde (y la de los imaginarios Vorge y Quinette, de Jules Romains), se pobló de borracheras, desórdenes y peleas que culminaron en dos atentados contra Rimbaud, cuya vida salvó la mala puntería de Verlaine. Todo esto es anécdota; pero el teatro no debe demorarse en los hechos.

No es suficiente material la literatura en bruto. Por refinado que sea el artista ha elaborado su obra según ciertas convenciones y cierto lenguaje; todos los primores de realización no impedirán que presentada en otro arte, resulte tosca, en estado de naturaleza, como todo lo que existe en los hechos antes de la elaboración artística. El teatro puede utilizar la poesía, cuya necesaria construcción dramática le es afín; pero este sentido dramático del poema debe convertirse en otro sentido y en otra idea, también visible, organizada de otra manera. Es posible que con «Une saison en enfer» se puedan hacer dos o tres piezas de teatro; pero debe haber un cambio de lenguaje, debe llegarse al muy particular lenguaje que habla desde la escena, como observó Heiner Müller, el actor, un hombre que agoniza ante un público que agoniza también. Las meras transcripciones, la selección y aun el hábil montaje de fragmentos poéticos, por valiosos que sean considerados de a uno, no conforman por sí solos teatro, que es un arte distinto y, como todos, unitario. *

UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO, sobre la obra del mismo nombre de Arthur Rimbaud, adaptación y dirección de Estrella Laurta, movimiento escénico de Antonio Soubiron. Con Carolina Aita, Javier Estévez, Rafael Martínez, Susana Llamasales, Noemí López, Gabriela Pelenur, Leonor López, Analía Falero, Fabiana Arzuaga, Francisco Freyre, Federico Torrado, Marcelo Pérez, Edinson Torres, Verónica Felicetti, Valentina Gancio, Maximiliano García, Luis Rodríguez, Ernesto Alba y Paolo. Estreno del 2 de junio, en Nuevo Arteatro   Canelones 1136   Tel. 9012632.

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