Fuera de cuadro
Sobra, por cierto, el agregado «teatro dentro del teatro», con los insufribles preparativos, los dimes y diretes insignificantes que se cruzan en los ensayos, las discusiones ociosas, el director autoritario, la actriz que no vino y es suplantada por la infaltable limpiadora y más que nada los chistes de entre casa, accesibles sólo a un reducido número de espectadores; textos adventicios nutridos generosamente por la televisión en episodios.
A través de toda esta maleza, curiosamente, un actor dice:
«El público quiere placer que no se haga esperar». Gran verdad; pero para lograr ese placer inmediato habrá que instituir un premio especial al espectáculo que arranque sin perder un segundo en esos trámites de caminar hasta el centro del escenario, encender un cigarrillo, enderezar un cuadro o un alfombra, saludar a otro personaje, siempre con efusivo palmoteo, etcétera.
El siciliano o el amor pintor narra una historia de seducción y engaño situada, a juzgar por la vestimenta, en el siglo XVII, época que, según las convenciones teatrales en las que debe creer el director Saravi, la gente hablaba con errados acentos españoles o franceses, todo el mundo era tonto o ridículo o ambas cosas a la vez y los hombres se dividían en dos grandes categorías: los que caminan balanceándose con las piernas abiertas y hablan a gritos, como el siciliano don Pedro (Gustavo Zidán), y los que viven en una especie de ballet continuo o mal de San Vito y tienden al falsete, como el galán Adrasto (Díaz Marshall).
Llegamos a preguntarnos, dada la insistencia en el punto, si el enamorado heterosexual es forzosamente risible y si existe algún decreto real o imperial o algún ucase de algún zar que ordenen que la comedia deba decirse fuera del registro vocal medio del habla común.
Como se comprenderá, estas características despegan al teatro de su carácter de acto social, ocurrente en el mundo de hoy, lo enajenan del espectador y lo desplazan al frío limbo del museo o la colección. No es extraño que el público deje de ir al teatro, o que cuando vaya prefiera a Gasalla y Perciavalle en Broadway o, en nuestro medio, a las obras de Eduardo D’Angelo, porque, sin ninguna duda, pese a Molière o quizás a causa de estos Molière, son espectáculos muy superiores.
Pintó Molière, obra basada en fragmentos de «La improvisación de Versailles» y «El siciliano o el amor pintor» de Molière, por el grupo teatral La Fragata. Con Bernardo Trías, Gustavo Zidán, Miche Cor, Aníbal Díaz Marshall, Valentina Dumich, Lucía Sommer y Alejandra Domínguez. Escenografía de Hugo Millán, vestuario de Soledad Capurro, coreografía de Bernardo Trías, música de El Cabra, dirección de Juan Antonio Saravi, en Teatro Alianza, Paraguay 1217.
Compartí tu opinión con toda la comunidad