Los insondables laberintos del odio
En ese contexto, el dramaturgo británico William Shakespeare está intrínsecamente asociado a la historia de la cinematografía mundial, por la indudable intemporalidad de sus intensos y removedores retratos humanos.
Aunque sería inabordable repasar las numerosas versiones de la prolífica obra shakespeareana que se remontan a la era del cine mudo, parece ineludible evocar el aporte del inolvidable Lawrence Olivier y el también valioso esfuerzo de Kenneth Branagh, con prolijas recreaciones de Enrique V y Hamlet. Esta última llegó a nuestro país salvajemente mutilada para formato electrónico.
También es insoslayable aludir al realizador italiano Franco Zeffirelli, que concibió una correcta versión de Romeo y Julieta, y un Hamlet muy desteñido.
Aunque bastante menos difundida, La tempestad, adaptación bastante libre del maestro británico Peter Greenaway una película sin dudas de culto- merece también un sitial de privilegio.
El mercader de Venecia, de Michael Radford (El cartero), es otro intento por restaurar la inconmensurable herencia del gran William Shakespeare, en un tiempo histórico virtualmente monopolizado por el cine gastronómico de industria que apuesta únicamente a la taquilla, sin reparar en la calidad artística.
La obra ambientada en el siglo XVI cuyo argumento es naturalmente bastante conocido- narra la historia de un joven que, para cumplir con su sueño de casarse con la joven que ama, acude a un amigo, un mercader residente en Venecia, a quien le requiere apoyo económico.
Como el comerciante padece una grave situación de insolvencia, le solicita un crédito a un prestamista judío. Este le ofrece la asistencia financiera sin intereses, pero, a cambio de ello, le demanda una libra de la carne de su propio cuerpo si la deuda no es saldada dentro del plazo estipulado en el contrato.
Por entonces, la situación de los judíos en Venecia era sumamente compleja. Habitualmente segregados y acusados de prácticas inmorales de usura, eran condenados a vivir virtualmente confinados en guetos al margen de la sociedad.
El realizador Michael Radford saca inicialmente un buen rédito de la intrínseca riqueza del texto shakespeareano, construyendo, en la primera mitad del filme, un relato de correcta factura narrativa y casi sin fisuras.
Son muy plausibles los aciertos formales, particularmente en lo que atañe a la reconstrucción de época, los decorados y una música sugestiva y envolvente, que coadyuva a la creación de la atmósfera dramática.
Sin embargo, más allá de esas excelencias de recreación, el resultado de esta nueva adaptación no es parejo, por algunas caídas de tensión que desmerecen el producto final.
Al margen de estas ineludibles salvedades, el rendimiento actoral mejora considerablemente la calificación del filme. Es muy convincente la actuación de Al Pacino, quien encarna brillantemente a un prestamista judío exacerbado por el odio, mediante una actuación sobria y despojada de estereotipos.
También es muy correcto el trabajo interpretativo de Jeremy Irons como el atribulado mercader, en un reparto de desempeño ciertamente muy profesional.
Ambos parecen muy imbuidos del espíritu del texto, manejando con singular soltura el discurso de sus personajes y sus diversas inflexiones dramáticas.
Esta flamante versión del emblemático clásico shakespeareano es, pese a eventuales consideraciones, un producto bastante correcto y esmerado, que permite un renovado acercamiento a la producción literaria del dramaturgo británico, un auténtico retratista de las conductas, las pasiones y las más deleznables miserias humanas. *
EL MERCADER DE VENECIA (The Merchant of Venice). Estados Unidos 2004. Director: Michael Radford. Reparto: Al Pacino, Jeremy Irons, Joseph Fiennes, Lyon Collins y Kris Marshall. Duración: 148 minutos.
Compartí tu opinión con toda la comunidad