En las orillas de la tragedia
El comienzo, con el atalaya cantando «Dicen que la distancia es como el viento…» nos sugiere una versión audaz, a lo Almodóvar, del texto clásico. Más adelante aparece el Coro personificado en Adhemar Rubbo y España Andrade, y ya no vemos la innovación, sino la vuelta al clásico, que no pide otra cosa. Un poco más adelante aparece la tragedia reducida a su trama, con una Clitemnestra (Isabel Schipani) de exuberante escote y sexualmente agresiva bajo un peinado de peluquería, que manipula a Egisto como a un pelele, y estamos en otras latitudes, muy lejos de Esquilo. Estamos en medio de un drama, sangriento sí, pero también irrelevante. Ha ocurrido lo que anticipó Murray: «…si se poda audazmente estas escenas» (los coros y las discusiones teológicas) «y se empieza por donde comienza la acción, se descubre que sólo queda un desagradable melodrama…. Hay toda la diferencia imaginable entre un relato de aventuras y un poema dramático, entre una obra de Dumas padre y una de Tolstoi…» («Esquilo», traducción de León Mirlas, Austral 1955, pag. 162). La grandeza de Esquilo, que luchó como hoplita en Maratón, estuvo en adoptar el punto de vista de los «Los persas», contra quienes había peleado por la causa de Atenas. La grandeza de Shakespeare está en hacernos compartir el alma de un criminal, cuando Macbeth y Ricardo III se yerguen contra el destino y nos descubren un coraje que no conocíamos. En La Orestíada el mérito del autor no está en el horror de los muchos crímenes y contracrímenes, que superarían el gran guiñol o Sergi Belbel, sino, en el caso de Orestes, en hacernos participar de los sentimientos filiales de un matricida. En el caso de Agamenón, el hombre que ha capturado a Ilión como con una red («Una red irrompible lanzaste sobre Troya…») Esquilo, un poeta atento a las rimas, nos invita a pensar en la fatal retribución cuando vemos que el rey muere, more geométrico, en varias redes («…como si fuera un pez»). La primera red es la amistad que finge su esposa; la segunda es la ropa con que ella lo envuelve e inmoviliza. Pero Agamenón ha luchado por años contra la fatalidad, lucha que comienza mucho antes de Aulide y del terrible sacrificio de Ifigenia, el crimen que no quiere cometer y que termina de destrozar su vida. Su pulseada con el Hado empezó cuando, ambicioso, se apoderó de Clitemnestra por la fuerza; luego de este gesto, que humilla y desvaloriza a la mujer, como irónica retribución Agamenón deberá apoyar a su hermano Menéalo en un rescate, que lleva a una guerra de diez años, por una mujer que no vale sus cuitas. Todavía, a su regreso, Clitemnestra alumbra, como las fogatas que de montaña en montaña le anunciaron la caída de Troya, un resentimiento que engendró hace años y que ya no puede ni debe sofocar. Pero, nueva vuelta de tuerca, aún después de consumado el crimen, Clitemnestra espera que Ifigenia reciba a su padre, también muerto, con un beso, que significará el perdón, «en las riberas del río del eterno dolor». Todo esto debe dejarnos, no la sensación de alejamiento y distancia ante crímenes que jamás cometeríamos, que es lo que nos produce la lectura de las novelas policiales, sino una más calma reflexión, a la vez inquietante y serena, de que si el destino así lo diagramare, aún nosotros podríamos exteriorizar ese grano de crimen, quizás de auténtica maldad, que albergamos a pesar nuestro en algún sótano del alma. Este acto de comunión en el crimen a través del arte, cuyo fin es librarnos de los demonios que nos habitan, fin tan hábilmente inducido por el clásico, es uno de los propósitos de «La Orestíada»; tal vez es, también, uno de los medios del psicoanálisis.
Aún con estos reparos, el sentido dramático de Goldstein nos ofrece un drama viable, que podemos comprender sin abandonar mentalmente nuestros asientos, y seguir hasta el fin; y entrevemos esas fuerzas sobrehumanas que han hecho polvo las voluntades de los agonistas. Pasa por el Victoria un soplo trágico, un viento que nos llega de entre los dientes de la Sibila. «Caerá un gran imperio», habría dicho antes de las batallas decisivas contra los persas; pero todos los imperios, grandes y pequeños, van a caer. En la interpretación, que estuvo en su totalidad a la altura de las circunstancias, nos pareció muy destacable Carla Grabino en el papel de Cassandra.
AGAMENON, de Esquilo, en traducción de Fernando Brieva Salvatierra y versión de Alfredo Goldstein. Con Walter Rey, España Andrade, Adhemar Rubbo, Isabel Schipani, Ernesto Liotti y Carla Grabino. Vestuario de Hugo Millán, música de Fernando Ulivi, luces de Andrés González, dirección de Alfredo Goldstein. En teatro Victoria. *
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