EL CODIGO DA VINCI: "UN PRODUCTO DE MERCADO ANTES QUE UNA REALIZACION CINEMATOGRAFICA"

María Magdalena, llena eres de gracia

Pero, ¿qué hay detrás de esta propuesta celosamente custodiada por la distribuidora multinacional e hipertrabajada a nivel de marketing? ¿Con qué se encuentra el espectador que accede a la pantalla grande ya sea que haya leído, o no, el bestseller de Dan Brown, con decenas de millones de novelas vendidas en todo el mundo?

En primer lugar podría decirse que dicho público topa con un producto de mercado antes que con una realización cinematográfica propiamente dicha. (Si vamos al caso, en términos estrictamente fílmicos, la producción dirigida por Ron Howard es bastante pobre y ni siquiera la presencia de Tom Hanks y/o Jean Reno logra elevar la temperatura del auditorio). A pesar de algunos cambios se nota el mismo esmero que han manejado, por ejemplo, todas las versiones de Harry Potter para no defraudar al lector tratando, precisamente, de satisfacer a ese supuesto público cautivo que desea un fiel traslado del polémico texto. También puede hablarse de una búsqueda por reavivar dicha controversia, estrategia que obviamente logra buenos dividendos porque ya se sabe que lo prohibido y censurado genera mayor curiosidad. En este sentido, el malestar que ha generado en la Iglesia esa mezcla de religiosidad, «secreto histórico» y supuesta relación entre Jesucristo y María Magdalena que nutre la narración de Brown, continúa y se traspasa a la película de Howard, por cierto. Aquí aparecería otro componente interesante ya que esta traslación reafirma esa visión negativa sobre aspectos fundacionales del Cristianismo, deja mal parado al mismísimo Vaticano y pega duro al Opus Dei, más allá de probables inexactitudes que tampoco vienen al caso cuando hablamos de una ficción. (Este tipo de críticas, en realidad, son las más débiles ya que Brown solo especula con una hipótesis como punto de partida para su novela y jamás se propone abordar una investigación ensayística). El problema de la adaptación fílmica, a juicio de quien suscribe, radica tanto en los tiempos algo estirados del largometraje como en una dinámica narrativa en la que la intriga y el suspenso brillan por su ausencia. Los medios ya han hablado hasta el hartazgo del argumento (la verdad oculta del Santo Grial y una conspiración criminal, financiada por ciertos sectores de la Iglesia, que termina involucrando a un especialista de símbolos religiosos con los descendientes de Cristo, entre otras vueltas de tuerca bastante rebuscadas.) Esos rebuscamientos y otros aspectos anecdóticos que funcionan «aceptablemente» en el texto gracias al consabido gancho al final de cada capítulo y el progresivo desciframiento de las claves, no logran acomodarse con soltura en la película de Howard. Por el contrario, la decodificación inicial de algunos anagramas pasa a velocidad crucero por la pantalla y muchos espectadores (sobre todo los que no leyeron el libro) pueden experimentar cierta desorientación a la hora de relacionar un asesinato con Leonardo Da Vinci, la Mona Lisa, el Priorato de Sión y la tumba de María Magdalena entre otras piezas de un enigmático rompecabezas. El resto es pura fórmula, algo de oficio y un esquema bastante convencional que va remando penosamente hasta el desabrido final en el que apenas se logra un pequeño vuelo gracias a la banda sonora y la estupenda fotografía de un impresionante París nocturnal.

De todas maneras la maquinaria ya comenzó a rodar. De nada valdrán críticas adversas o comentarios tibios, ya que la gente quiere experimentar El Código Da Vinci en carne propia. Está en su legítimo derecho de hacerlo aunque corra el riego de aburrirse a la mitad de la proyección y advertir que dicho título es nada más que un modesto trhiller de connotaciones místicas. Non plus ultra. *

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