El tanto de los diferentes
Por Forlán Lamarque
Todo el asunto parte de un asalto al capomafia de la cuadra. El individuo con el fajo de dólares recibe la asistencia de una prostituta callejera que lo esconde de la furia de los ahora perseguidores en el apartamento de su amigo travesti (Philip Seymour Hoffman). Pero el refugio dura lo que un suspiro; los sicarios encuentran al pobre diablo y a la prostituta y los despiden del mundo de la marginalidad en la que habían vivido hasta el momento. Pero, ¿y el dinero? Habrá que seguir revolviendo.
Lo cierto es que el barullo que se arma en ese desvencijado hotelucho neoyorquino, pone en posición de alerta a un oficial de policía retirado (todo un héroe con medallas, plaquetas y otros etcéteras compuesto por Robert De Niro) que toma su vieja Magnum para impedir esa expansión de violencia y, en el intento, desafortunadamente para este concurrente a los salones de baile de tango, sufre una desafortunada embolia cerebral que le paraliza parte de su cuerpo y lo deja con notorias dificultades en el habla.
Nunca Joel Schumacher, cineasta prolífico y solvente en filmes de historias tan disímiles como las de Línea mortal y Un día de furia o la más cercana Ocho Milímetros, había incursionado en una true-storie que posee desde veteados sórdidos y desoladores en la exposición de las respectivas miserias privadas o íntimas de los personajes hasta un progresivo territorio solidario, cómplice, que llega literalmente a conmover sin que se acudan a parlamentos lacrimógenos o a la elaboración de secuencias previsiblemente melosas.
Todo es descascarado en Nadie es perfecto (Flawless). Todo es descarnado y sin dobleces de discurso. El relato o la narración tienen un gesto de balada rota o si se quiere de tango arrabalero, como los que degusta el personaje de De Niro. Una historia si se quiere de sobrevivientes que se funden en el anonimato de la gran ciudad sin mayores incidentes y con un marcado grisado en la postura del ex detective y un revoloteo subido de tono en los gestos y en los atuendos de los travestis.
El personaje de De Niro es, por supuesto, homófóbico, y los pocos cruces que ha mantenido con el travesti han sido crudos y verbalmente violentos. Pero nadie es perfecto, así es; esos polos opuestos, por un accidente, se irán aproximando –De Niro aceptará tomar las clases de canto que brinda el travesti para mejorar su habla– hasta fundar una relación al principio distante, luego calurosa y más tarde subrayada por la solidaridad y el humanismo, y en donde el mayor mérito de Schumacher es la contención que deliberadamente coloca en los parlamentos y en los vaivenes de ambas criaturas, para que la anécdota no se vaya de control.
Duelo actoral mayor entre De Niro y Philip Seymour Hoffman (quien ya había comprobado su virtuosismo tanto en Boogie Night como en Magnolia, ambas de Paul Thomas Anderson), Nadie es perfecto es factiblemente el mejor filme de la trayectoria de Schumacher y, a la vez, una de las mejores películas de esta temporada con tantos altibajos.
Todo funciona en el filme: la pintura exterior e interior de los personales, las escenificaciones abigarradas en el cuarto del travesti, los bordes dramáticos y al mismo tiempo punzantes y hasta mordaces, como así también esa química de marginales o diferentes que se ven tan lejos, tan cerca que en definitiva iluminan con su equipaje anímico y emocional a los espectadores. Excelente.
Compartí tu opinión con toda la comunidad