Para ponerse a llorar
Hablan del tiempo, si el visitante trajo paraguas, de los consumos de Antel (a la que atribuyen las facturas de luz eléctrica), de los nombres de los huracanes del Caribe, del Fondo Monetario Internacional, de mujeres y sus partes anatómicas, de las papeleras; miran un álbum de fotos y uno exhorta al otro a traer pan o picar queso; suponemos que también hubo morcillas (3. fig. y fam.: añadidura abusiva de palabras o cláusulas de su invención, que hacen los comediantes». Pero la obra misma de Preziosi es pura cháchara sin gracia ni picardía. Para el autor nuestras vidas son vacías y sólo puede rescatarlas alguna salida, alguna broma pesada, algún chiste obvio. No hay una obra, por más que se ofrezca en un teatro, por más que nos den un programa con un título.
El director Juan Graña nos habla desde el programa. Pronto dice que lo que al espectador le resultará evidente: que no hay tal director, («… si al director alguna buena nota le cabe habrá de ser por haber dejado a dos grandes artistas como Walter Reyno y Enrique Alvarez crear» (sic.) «con la comodidad necesaria…» Pese a que la obra es tan simple que no necesita dirección, Graña encuentra al autor maduro y profundo; nos asegura que nos lleva «…por una ruta teatral sólida» (sic)… en el sendero hacia el nudo dramático». ¡Horror! ¡Dijo «dramático»! Graña, prudentemente, da marcha atrás no bien advierte que escribió «dramático», y no aclara que los ingredientes de Preziosi, que «nadie puede resistir» son «la actualidad más inmediata y el humor»: el espectáculo es «cómico». Todos respiramos aliviados. Apareció aquello. Hemos visto que cuando el director o algunos actores de dignas comedias y aún de obras dramáticas, aparecen en un adelanto para la televisión, se sienten obligados a decir, aunque mueran todos los personajes, que la obra «tiene mucho humor». Lo oiremos, seguramente, a propósito de «Tito Andrónico».
Todo esto es frívolo. Vivimos una atmósfera cultural de frivolidad.
Es frívola la apoteosis de la murga, que ya tiene, más que sus apóstoles sus fedayines, «música» la que hay que creer no sólo un arte sino un arte capaz de redimir a cualquier presidiario. Es frívola la carnavalización de la vida, con las «Llamadas de otoño», que mostraron el triste espectáculo de la mujer semidesnuda que se bambolea sin gracia y sin Eros. Es frívola la complaciente exposición periodística de la degradante prostitución, masculina y femenina y es falsa y agraviante para los verdaderos trabajadores la divisa de «trabajo sexual».
Esta frivolidad, esa devoción por la risa es negación de la realidad. Es el reverso de la realidad; y sobre todo es el reverso de la muerte. La realidad nos ha sobrepasado. Los ataques que padecimos fueron superiores a nuestras defensas. Somos tan hipócritas que espanta y parece de mal gusto cualquier alusión a lo más natural e inevitable que puede sucedernos, la muerte, a la que expulsamos de nuestras casas y ocultamos en los hospitales y en los velatorios. Morimos de cara a una pared que nunca vimos, un respirador entre los dientes y ríos de calmantes, si no de algo peor, entre las venas. Somos tan frágiles que cualquier muerte nos horroriza y hasta nos deprime. En ocasión de cierto accidente con una locomotora, en lo que debió ser una diversión y donde concurrían niños, para nuestro asombro, las maestras de la escuela clamaban porque los padres les taparan los ojos a sus hijos y de inmediato se proveyó a todos los afectados, antes que de cualquier otra cosa, de asistencia psiquiátrica (léase «tranquilizantes»), otro tapaojos, otra máscara para la realidad. Somos niños, quizás adolescentes, abandonados. Se prohíbe la pasta base; pero se receta a mansalva diazepan y antidepresivos. Somos hipócritas. Los uruguayos se pican de alzar las cejas ante las corridas de toros, a las que hemos oído calificar de «espectáculo inhumano», pero se alimentan gozosos con «asados» de novillos y vacas cuya muerte en los mataderos, que organizamos al mayor, no soportaríamos ver.
La tentación para todo artista es lo imposible, y algo de esta fascinación puede explicar la presencia de Walter Reyno en «Llorones».
Se interpreta a sí mismo; Walter, el hombre y no ya el actor, siempre o casi siempre tiene gracia; una gracia peligrosamente repetida. Pero también hay una responsabilidad social. El Teatro Circular, como El Galpón, recibe una subvención del Estado. El teatro de arte debe ser apoyado por todos; y oímos demasiado a menudo la queja de que a los teatros nacionales no va público, que los argentinos, cuando vienen, se lo llevan todo. Es posible que el público local que puede ir a al teatro decrezca luego de «Llorones», si es así, a no llorar. *
LLORONES (INDUSTRIA NACIONAL) de Leonardo Preziosi, por el Teatro Circular, con Walter Reyno, Enrique Alvarez y Javier Mas. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Verónica Lagomarsino, iluminación de Pablo Caballero, ambientación sonora de Fernando Ulivi, dirección de Juan Graña. Estreno del 21 de abril, teatro Circular, sala 1º.
Compartí tu opinión con toda la comunidad